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Una obra maestra desconocida

El escritor y periodista ruso Vasili Grossman estuvo en las campañas rusas durante la Segunda Guerra Mundial. De su experiencia quedó una excepcional novela que solo 50 años después fue redescubierta por el mundo en español.

2010/05/20

Por Antonio Muñoz Molina

A principios de septiembre del año pasado un pequeño grupo de escritores y los editores de Galaxia Gutenberg nos reunimos en Madrid para presentar a los periodistas la nueva traducción al español de Vida y destino, de Vasili Grossmam. Estaba también con nosotros su traductora joven y entusiasta, Marta Rebón, que nos contó la dificultad y la maravilla de adentrarse en ese libro de la manera más clarividente, que es la de traducirlo. El traductor es el lector elevado al grado máximo: el que presta al libro una atención que a veces ni siquiera el autor le ha dedicado; el que lo convierte en parte de su alma, igual que hace todo buen lector, hasta el punto de llevar su escritura a la de su propio idioma.

En realidad, la traducción de Marta era la primera, porque la que se publicó en España en 1984 venía del francés. Para complicar más las cosas lingüísticamente, yo tuve que confesar que había leído Vida y destino en su traducción inglesa, comprada en Nueva York algo más de un año antes. También confieso que la primera edición española la había tenido sobre mi mesa y luego en un estante de mi biblioteca, y nunca la había mirado. Esa negligencia me parece muy significativa: tener delante una obra maestra y no verla es un descuido grave para alguien que se dedica a la literatura; peor es no verla no por falta de atención, sino por una predisposición hostil, más dañina porque es inconsciente. En los primeros años ochenta Vida y Destino había sido un éxito enorme en varios idiomas europeos, pero en España, en ese momento, las cosas no estaban maduras para recibirla, y las razones creo que pueden extenderse a América Latina. En nuestro provincianismo intelectual e histórico no creíamos que las cuestiones relativas al Gulag y al Holocausto tuvieran mucho que ver con nosotros. Y la esclerosis ideológica que la mayor parte de nosotros padecía en mayor o menor grado nos alejaba instintivamente de una literatura que atestiguaba el horror no solo del nazismo, sino también del comunismo. Por esa época Solzenitzin estuvo en España, y yo recuerdo con vergüenza no mitigada por los años las cosas inmundas que se publicaron sobre él en la prensa progresista: un escritor célebre escribió que el único fallo del Gulag había sido permitir que individuos como Solzenitzin salieran vivos e indemnes de él.

Hubo almas independientes que no se dejaron corromper, sin embargo. Esa mañana del pasado septiembre estaba en la mesa junto a mí el novelista Luis Mateo Díez, hombre de modales tranquilos y alma independiente, y nos dijo que él sí, que él había leído el libro y se había entusiasmado por él, pero que no había encontrado a casa nadie para compartir ese fervor.De modo que la presentación era un motivo de alegría, pero también de embarazo: era como presentar una montaña de los Alpes tan alta como el Montblanc pero en la que nadie había reparado hasta ahora, un océano que no estaba en nuestros mapas; una obra maestra de la que casi nadie entre nosotros tenía noticia. Y lo hacíamos, recuerdo, con una voluntad de militancia apasionada, con esa necesidad que tiene todo buen lector de compartir lo que le ha entusiasmado. Éramos conscientes de la dificultad: una novela de casi mil páginas, con doscientos cincuenta personajes, cada uno de ellos no solo con sus peripecias personales, sino con ellos patronímicos y diminutivos rusos que a uno siempre lo despistan; una novela sobre batallas y campos de exterminio. Les decíamos a los periodistas: “Ustedes, por favor, difundan la noticia”, y ellos anotaban con un poco de extrañeza, con la desgana anticipada de hacer frente a un libro tan cuantioso, y tal vez con la sorpresa de ver a unos escritores hablando con entusiasmo y sinceridad de un libro no escrito por ninguno de ellos. Joan Tarrida, el excelente editor de Galaxia Gutenberg, sonreía con una especie de tranquila astucia: “Yo espero que vendamos unos cincuenta mil”.

A todos nos parecía una expectativa insensata. La edición americana que yo había manejado no creo que hubiera vendido más de unos pocos miles. Pero el libro, de entusiasmo en entusiasmo, de boca en boca, se fue difundiendo, sin aparato de publicidad ni gran lanzamiento, y unas semanas después estaba en las listas de los más vendidos. Aún sigue en ellas.

Las razones son varias, pero no complicadas, creo yo. La primera, que es una novela maravillosa, escrita con ambición y a la vez con amor por el detalle, bajo la inspiración doble de Tolstoi y de Chéjov, con una escritura limpia y una técnica de montaje y simultaneidad que tiene la virtud de explicar lo muy complejo sin hacerlo complicado y de manejar con idéntica maestría los grandes escenarios históricos y los matices en las vidas de las personas. La segunda es que, además de contener un retrato de las atrocidades del mundo, de la maquinaria demente que ponen en marcha los fanáticos para aplastar la vida y la libertad humana, también contiene una hermosa afirmación moral, implícita en cada página, clara y explícita en esos capítulos en los que los personajes hablan o escriben sobre el Bien y la Bondad sin miedo a parecer blandos ni banales. La tercera tiene que ver no con la novela, sino con los lectores: en España, lo mismo que en América Latina, los dogmas que han atenazado durante tanto tiempo a tantas personas progresistas ya se han derrumbado, o se están derrumbando. Hemos aprendido a mirar el mundo con los ojos más abiertos; nos hemos desprendido de la mentalidad cultural de la Guerra Fría, en la cual el mundo estaba dividido entre un Ellos monolítico y un Nosotros en apariencia solidario pero profundamente irracional, y también deshonesto, y hasta cínico. Vida y destino trata de la primacía del individuo sobre las grandes causas colectivas que prometen el paraíso sobre la Tierra y acaban propagando el infierno. Nos explica que los seres humanos no somos casi nunca ni buenos del todo ni malos del todo, de manera que las circunstancias nos pueden empujar en una dirección o en otra, pero no hasta el punto de borrar nuestra responsabilidad. Y también que la novela, como la vida humana, es el arte de las cosas concretas, de los detalles, de las experiencias únicas, de lo que no puede ser sometido ni a la planificación ni a la generalización.

Vasili Grossman moriría pensando que había sido derrotado, que su novela secuestrada no la leería nadie, que sus enemigos eran indestructibles. Qué injusticia sin remedio, que él no pudiera ni sospechar que su novela iba a ser más perdurable que el sistema que quiso borrarla y aniquilar al hombre que la había escrito.

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