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Una viajera en el encierro

Arcadia encontró a una de las escritoras más famosas del mundo francoparlante en París, en su estudio de la editorial Albin Michel. Belga, criada en Japón y marginal aunque best seller, esta mujer publica un libro cada año y se ha convertido en un fenómeno editorial. Entrevista exclusiva.

2010/03/15

Por Ricardo Abdahllah

“No había nada de particular en ese domingo de septiembre de 1997, tenía un buen libro para leer y me pregunté qué pasaría si intentaba pasar el día como una persona normal, es decir, sin escribir una sola línea. Eso hice, tomé un desayuno ligero y volví a meterme en las cobijas. Al final de la tarde me sentí mareada y en media hora estaba vomitando y con la cabeza llena de ideas autodestructivas como cuando tenía trece años. Así me convencí de que no podía dejar de escribir y nunca volví a intentarlo”.

Salvo esa excepción, desde que en 1991 el fracaso de su sueño de integrarse a la sociedad japonesa la convenció de regresar a Bruselas, Amélie Nothomb ha escrito alrededor de cuatro horas diarias siguiendo un ritual que consiste en levantarse a las 4:00 de la mañana y beber en ayunas y de golpe medio litro de té negro. Dice que prefiere un té keniano muy fuerte, pero que cuando no puede conseguirlo en París se conforma con té hindú bien cargado. “Entonces siento que me inflo, que me explotan el vientre y la cabeza. Luego tomo un lapicero normal, me botó a mis cuadernos y escribo hasta las 8:00 de la mañana”.

Según sus cuentas, el efecto del té le da para llenar sus cuadernos con “alrededor de 3,7 novelas por año”. Esa cifra hace parte de una serie de ideas con las que se le suele asociar como su afición por el Japón, el hecho de que se declare “embarazada de sus libros” y su indumentaria que combina casi siempre el negro y el rojo y que rara vez excluye algún sombrero. A las 9:00 de la mañana, Nothomb sale de su casa llevando un sombrero, tiene un aire de bruja de cuento, pero al caminar, con una falda que toca el suelo, se diría que disfruta el hecho de saber que podría más bien ser una princesa; va sola, pero cuando camina acompañada va en el centro y los demás van medio paso atrás. A las 9:30, Nothomb se sienta en una oficina que ha tomado en la editorial Albin Michel y pasa el resto de la mañana contestando las cartas de sus lectores. Las obras de Amélie Nothomb se han traducido a 30 idiomas y desde la publicación de Higiene del asesino todas han tenido un éxito significativo de ventas. Higiene contaba la historia de Pretextat Tach, un premio Nobel de Literatura misántropo a quien todos los periodistas del mundo quieren entrevistar cuando se hace público que morirá de una forma extraña de cáncer. Eso fue en 1992. Nothomb ha publicado un nuevo libro cada uno de los siguientes 15 septiembres en el marco de la rentrée littéraire, esa temporada de cuatro semanas cuando la mayoría de las editoriales francesas reciben a los lectores con lo mejor de su cosecha. La comparación no es gratuita, el columnista Simon Marty dijo en una ocasión: “Hay dos eventos mayores en septiembre, las vendimias y la nueva novela de Amélie Nothomb”.

En 1996, en Péplum la escritora descubría un secreto incómodo para los hombres del futuro y durante una operación del apéndice fue raptada al siglo XXXVII. En el 2001, en Cosmética del enemigo, un viajero y un asesino se encontraban en un aeropuerto y buscaban eliminarse a partir de decirse lo que cada uno sabía del otro. En 2002, apareció Diccionario de nombres propios, la biografía novelada de la cantante RoBERT. En 2005, Ácido sulfúrico, donde un reality basado en los campos de concentración rompía todos los récords de audiencia. En 2006 Diario de golondrina, la historia de un hombre que, tras una pena de amor, se obsesiona con la música de Radiohead y se convierte en asesino a sueldo.

Esa puntualidad exige un calendario preciso. Cada invierno, entre Bruselas y París, Amélie revisa lo que ha escrito durante el año y escoge una de sus novelas que entrega a su editor hacia finales de enero. “Luego comienza un proceso de negociación en el que tengo que lograr que nada fundamental cambie. Ahora que soy un best seller tengo cierto poder para que ese combate sea menos arduo, pero hay un punto y es que soy belga y no francesa. Cuando mi editor encuentra construcciones extrañas me dice ‘eso es belga’, y tengo que convencerlo de que no es belga sino Amélie Nothomb”.

Amélie solo vivió en Bélgica desde los 17 años. Se educó en varios Liceo Francés alrededor del mundo. En Biografía del hambre (2004) la novelista contó su vida como hija de diplomático. Su padre fue funcionario en Japón, donde Amélie nació en 1967, y luego Nueva York y varios países de Asia.

Sin embargo sus novelas son cualquier cosa menos relatos de viaje, pocas escenas ocurren en exteriores, parece privilegiar los ambientes claustrofóbicos, la isla de Mercurio, la oficina de Estupor y Temblores…

Tengo la impresión de haber vivido en ambientes carcelarios. Yo pasé varios años de mi infancia en la China de Mao y aunque Blangladesh era una democracia y tenía el derecho de salir, afuera estaban la muerte y el hambre y viví algo parecido en Birmania y Laos. Desde esa época nada me interesa tanto como los seres humanos forzados a esos últimos estados de atrincheramiento sicológico que son fascinantes a observar.

En Bangladesh conoció el culto de la diosa Viviente, esa niña escogida por los dioses y adorada hasta su pubertad que luego es arrojada a la calle. ¿De ahí ese tema recurrente del fin de la infancia como la pérdida del paraíso?

No es que esa imagen fuera la causa, pero me permitió tomar conciencia de que ese fenómeno no pertenecía solo a mi imaginario. Fue a partir de allí que pude regresar a ese tema que en la literatura precedente había sido generalmente descrito como algo maravilloso y que yo para nada había vivido así. Cuando publiqué Higiene del asesino muchas personas me escribían diciendo que para ellos había sido también una experiencia horrorosa. Eso me hizo pensar que había aportado a la literatura algo que existía en la conciencia humana. Por supuesto otras obras, empezando por Peter Pan, se ocupan de ese horror que es el final de la infancia, pero casi nunca había sido tratado de la manera violenta como yo lo he hecho.

Sus heroínas son hermosas y virginales y ajenas a la corrupción del mundo, un poco como Esmeralda. En Atentado usted hace un homenaje a Nuestra Señora de París

Victor Hugo es uno de mis maestros, al punto que, como pasa con Esmeralda, o con Ofelia, otro personaje que adoro aunque no he leído todo Shakespeare, siempre señalo la ambigüedad, algo que rompa con la perfección de los personajes femeninos. La belleza no es algo tan simple y creo que hay una buena muestra en Zebda, la capo del campo de concentración de Acido sulfúrico. Ella tiene comportamientos espantosos, pero es el personaje más importante del libro porque finalmente salva la humanidad, aun si es gracias a su encuentro con ese personaje más ‘Esmeralda’ que es Panonique.

El malo que debe existir para la salvación, no deja de sonar un poco cristiano…

Es cristiano, pero también es taoísta; el taoísmo habla de ver lo horroroso en el bien más puro y lo magnífico dentro del mal. Creo que mi religión es “paleojudeocristianosintoísta”. Mis padres venían de una tradición católica, pero perdieron la fe cuando yo nací (no sé si perdieron la fe porque yo nací) y en casa siempre se decía que la religión era algo ridículo. Sin embargo, yo tenía por instinto una naturaleza mística con la que me creé solita una religión a partir de lo que me enseñaba mi niñera japonesa del sintoísmo y el budismo y a partir de la Biblia, que fue el libro donde empecé a leer. La polaridad bien/mal puede parecer una reducción y ya Nietzsche se había ocupado de eso, pero pone en escena un combate que existe, una tensión que vivimos en nuestras vidas. Solo que en la vida de todos los días el bien soy yo y el mal son los otros, y en la literatura tenemos la posibilidad de pensar lo contrario, de jugar como si el mal fuera uno mismo y así poder explorarlo desde el interior.

En Peplum usted plantea ese combate en términos más políticos. ¿Cree que, como en la novela, el Norte terminará por eliminar al Sur?

Simbólicamente esa eliminación ya ha comenzado, al igual que Philip K. Dick, en Peplum utilizo la narración futurista para explicar lo que pienso del presente. Eso no debe ser más importante que la historia que se cuenta, pero tampoco debe estar ausente y es cierto que el “norte”, es decir el Primer Mundo, pareciera haber programado la negación de la existencia del sur y finalmente su destrucción. Soy una de esas personas que piensan que ese mundo que llamamos Tercero es a todo nivel la cuna de la humanidad y que destruirlo, es decir, continuar destruyéndolo, sería destruir lo que nos queda de humanidad.

Usted se ha “comprometido” con un buen número de causas, la campaña contra las pruebas de ADN para los inmigrantes, por ejemplo.

Soy de izquierda. No me considero una escritora comprometida ni pertenezco a ningún partido político, pero si me preguntan mi opinión estoy contra Nicolas Sarkozy y su política de expulsión de inmigrantes y a favor del alcalde socialista de París, Bertrand Delanöe, y a ratos me parece que Bush es una excepción a lo que dije hace un momento del bien que existe dentro del mal.

En sus novelas hay una visión ambivalente de Japón que muestra un lado muy rígido y una preocupación enorme por la estética. En cambio no hay una visión así de la China.

En parte porque viví en la China de Mao, una nación donde el misticismo estaba oficialmente prohibido, algo que me parece horroroso y sobre lo que nunca podrá decirse lo suficiente. También porque claramente le di mi corazón a Japón, a pesar de todas las críticas que pueden hacerse y que yo he hecho, y no es posible entregarse al Japón y a la China.

Amélie Nothomb jamás contradice ninguno de los mitos en torno suyo y uno se acostumbra a una cierta imagen de marginal que, a pesar de las críticas, no impidió que Estupor y Temblores (septiembre de 1999) recibiera el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa.

Uno de los personajes de Ácido sulfúrico dice que los realities son peores que el campo de concentración nazi...

Una cámara nunca es inocente porque cambia el comportamiento no solo de quien es filmado sino de quien ve del otro lado, la mayoría de las veces una cámara instala entre los dos un muro de poder y desprecio y ese muro es recíproco, eso no puede olvidarse. Muy raras veces, la mayoría de la gente que me reconoce en el metro o en la calle apenas me saluda o me dice alguna cosa amable. No soy Madonna o algo así, así que mi éxito sigue siendo un logro humano, y me siento halagada de que desde que dije que mi obsesión era el chocolate soy la persona en el mundo que recibe más chocolate por correo. Pero en las entrevistas de televisión sé que soy observada y no puedo observar, por eso les tengo pánico y las hago lo menos posible. El sueño de mi vida es ser tan famosa como Stephen King para ya no tener que dar entrevistas a la televisión. Cuando llegue ese momento con gusto me pasaré de todo esto.

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