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Ventas brutas

Nicolás Morales comenta la poca (casi inexistente) lectura de textos de intelectuales en Colombia

2010/03/15

Por Nicolás Morales

A propósito de la disparada en ventas de Hegemonía o supervivencia, de Chomsky, en los Estados Unidos (veinticinco mil ejemplares sólo en la décimocuarta edición), vale la pena intentar un paralelo colombiano para saber si aquí se leen o no se leen textos de intelectuales. En las listas de los más vendidos del periódico El Tiempo, este tipo de publicaciones escasean. Y aunque hace mucho que esa lista despierta sospechas, nos da pistas de lo poco que se leen todos aquellos libros que proponen en este comienzo de siglo lecturas desde la no ficción del devenir de la nación.

Incluso cuando intelectuales sin mucha tradición de novelistas se lanzan al ruedo con la ficción, les va mucho mejor que en el terreno que les es familiar. William Ospina, lo sabemos, no es muy popular en algunos círculos universitarios. Creen que es un divulgador con problemas serios en sus fuentes. Y, sin embargo, de Ursúa, su novela, se han vendido más de treinta mil ejemplares. Cierto, hay intelectuales que venden en el largo plazo. El dúo Palacios-Safford con su Colombia, país fragmentado, sociedad dividida puede que haya superado los seis mil ejemplares. Y es bien conocido que Colombia hoy de Jorge Orlando Melo vendió treinta mil ejemplares. Pero estos longsellers, vendidos durante años, son notables excepciones. 

Por el lado de los intelectuales académicos la morosidad reina en casa. Los tirajes son pequeños (quinientos ejemplares) y, a pesar de algunas excepciones como la serie antiuribista de los embrujos autoritarios (cinco mil ejemplares el primero), no logran calar en el espíritu de muchos lectores. Hace algunos años, por ejemplo, el ICANH sacó un libro titulado A sangre y fuego, La Violencia en Antioquia (1949-1953) que aborda uno de los periodos más turbulentos del siglo XX. Mary Roldán, su autora, obtuvo tres premios de la Academia Norteamericana y un premio nacional de ciencias sociales. Buena campaña de prensa y gran lanzamiento para un resultado increíble: 543 ejemplares vendidos en cuatro años y, óigase bien, sólo sesenta libros en Medellín.

Los intelectuales comprometidos que trabajan en las esferas oficiales tampoco se libran de los bajos tirajes. Nuestro comisionado de paz, otrora bestseller con sus reflexiones sobre la ternura, no logró vender más de tres mil ejemplares de su libro Mas allá del terror. Y el profesor Gonzalo Sánchez, presidente de la Comisión Histórica, va apenas por los dos mil ejemplares de Guerras, memoria e historia, quizás la mirada más lúcida que se les haya dado en el país a cuestiones como el perdón, el olvido y la construcción social del duelo y la memoria. Y no estamos propiamente hablando de textos sobre el problema del tiempo en Heidegger.

Ser columnista de un gran periódico ayuda pero no garantiza nada. Posada Carbó debió de imprimir no más de dos mil ejemplares de La nación soñada. Alfredo Molano irá, con suerte, por los mil ejemplares de su Tierra del caimán. Y Florence Thomas no venderá más de cuatro mil ejemplares de su Violeta. Los políticos no lo hacen mejor, aunque Rafael Pardo haya superado los cuatro mil ejemplares del muy publicitado Historia de las guerras. Democracia de papel, de Jorge Enrique Robledo, pudo estar por los dos mil ejemplares. Y sospecho que el libro de Pastrana resultó, como cabría suponer de entrada, un verdadero fiasco en ventas.

“Intelectual, nombre masculino, categoría social y cultural muerta en París a finales del siglo XX”. Puede que la definición del filósofo francés Alain Finkielkraut se aplique adecuadamente al caso colombiano, que no es distinto al de muchos países donde la intelligentsia ha perdido influencia en la vida pública. O puede que el libro ya no sea el mejor vehículo de transmisión de ideas y los intelectuales colombianos estén tratando de adaptarse a los nuevos modelos de difusión. Sin embargo, no lo parece. Escasean en la televisión, ya no los entrevistan en la radio, como ocurría en los noventa, y son tan desconocidos en las casas de los colombianos como Sandokán para los niños de hoy. La gran excepción podría ser el guardián matinal de la historia política y cultural de la nación, Alberto Casas Santamaría (¿Tres millones de oyentes?). Es el intelectual más popular de Colombia, duélale a quien le duela.

Y es que nuestros intelectuales están lejos de ser tan populares como los autores de márketing, autosuperación, esoterismo, sexo y a veces una “novela-teta” o el libro de cómo las prefieren los caballeros. Y, claro, debe de querer decir algo para un país como Colombia que un libro como el de la Santodomingo supere unas quince veces en ventas a uno tan esencial como Cuatro décadas de historia política (mil ejemplares), de un pensador como Daniel Pécaut. Quizás lo más triste de todo sea que en el fondo debamos concederle la razón a Santodomingo cuando afirma que en Colombia las preferimos brutas.

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