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Volver, volver, volver

Publicado hace un mes, el más reciente libro del escritor cartagenero supone el regreso del autor de La Ceiba de la memoria al cuento, un género poco valorado por los editores, pero muy querido por los lectores y escritores.

2010/03/15

Por Juan David Correa U.

Roberto Burgos Cantor se encerró tres meses en Barranquilla para retar a su vocación. Era 1981. Antes había escrito cuentos desde la adolescencia. Había publicado muchos en revistas de ocasión. Había recibido elogios sinceros. Había estudiado derecho en la Universidad Nacional. Había tenido dos hijos. Y quienes lo trataban se referían a él como “el escritor”.

Esta historia comienza más atrás, en 1965, cuando Burgos tenía 17 años y su padre le encontró escondido un cuento y, sin decírselo, se lo mandó a Manuel Zapata Olivella, quien lo publicó: se llamaba “La lechuza dijo Réquiem”. Salió en la edición de la revista Letras Nacionales de ese año. En 1967 Burgos llegó a estudiar Derecho a Bogotá. Pasó esa década y la siguiente leyendo y escribiendo mucho. Y publicando aquí y allá.

Así que si hacemos cuentas, tuvieron que pasar veinte años para que Burgos decidiera pedirle prestado el apartamento a su hermana y probar su vocación lejos de Bogotá. Burgos no pudo sino regresar a la infancia. No quiso recoger lo ya escrito. Y arrullado por la brisa de Barranquilla, pudo volver a Cartagena. Regresar a las calles de su infancia y adolescencia para componer un libro que fue celebrado, en ese año de 1981, como uno de los mejores. Se llamó Lo Amador. Lo Amador como el barrio de los boxeadores. El recodo del maleante y el rebusque en Cartagena.

De ahí en adelante, se acabó para él eso de “el escritor”: ahora, de nueve de la mañana a tres de la tarde, todos los días, se sienta a escribir en un apartamento en el último piso del barrio Belalcázar, en Bogotá, a solo dos cuadras de la Ciudad Universitaria. En ese estudio de paredes azules y naranjas han ocurrido muchas cosas: se han escrito novelas, libros de cuentos, memorias y conferencias. Se ha levantado el teléfono para recibir premios. Se ha ido cocinando una personalísima obra, escrita a fuerza de tozudez. De allí han salido cuatro novelas: El patio de los vientos perdidos, El vuelo de la paloma, Pavana del Ángel y La Ceiba de la memoria. Cuatro libros de cuentos: Lo Amador, De gozos y desvelos, Quiero es cantar y Juegos de niños. Y un libro de testimonio: Señas particulares.

Hasta el año pasado Burgos vivió encerrado en el siglo XIX buscando en la historia de Cartagena los motivos de una novela que le valió este año el Premio Casa de las Américas. La Ceiba de la memoria resultó, además, nominada al Rómulo Gallegos. Agotado, pues la novela se devora todo como un río de aguas tumultuosas, hace un año comenzó un libro lanzado en la pasada Feria del Libro de Bogotá.

Siempre él mismo

Los cuentos de Una siempre es la misma son de un altísimo vuelo literario. Son cuentos a los que se les nota el trabajo. Que funcionan como instrumentos de precisión. Cada uno de los siete relatos, además, está concebido desde una idea de lenguaje y tono bien diferente al de las novelas. Y de paso, me parece, suponen un viaje de regreso a su primer libro, aquel Lo Amador que se sigue reeditando y comentando como uno de los libros más importantes en la Colombia de los últimos treinta años.

Cuando le pregunto a Burgos por esa sensación, me dice que él había caído en la cuenta de eso cuando iba por la mitad del libro. Y no es por los temas. Aunque en Una siempre es la misma también hay un cuento sobre un boxeador que deambula en un amanecer por las calles de Cartagena, acompañado de una prostituta, mientras recuerda el pasado glorioso; y también está la muerte encarnada por un viejo pescador que perece en los brazos de su hijo en una mañana de faena, y habría muchas más coincidencias temáticas, pero es el tono, un tono escueto lleno de poesía, el que supone ese regreso.

Estos siete cuentos son capaces de reconciliar al lector con un género que temido por las editoriales y obviado por los escritores con afanes de fama literaria. Y a pesar de eso, ha sido una de las insistencias de Burgos. Tal vez porque, como él dice, no soporta la idea de creer que la literatura tiene una extensión o una idea predeterminada. “El cuento no es un paso necesario ni de entrenamiento para llegar a la novela. A quienes empezamos por el cuento nos dijeron siempre, ¿y ahora cuándo sale la novela? Eso impregna al escritor de una presión falsa. No hay tal. Un cuento es quizá, diciendo una cosa que es pura concepción sencilla, es el relato breve de un hecho significativo”.

Así que uno no tiene que ser corredor de cien metros para llegar a la maratón.

Y hay en estos cuentos, además, una poderosa indagación que hace de este nuevo libro de Burgos uno de los estandartes de su obra: las voces femeninas. El cuento que abre el libro “Uno dice que...” es la voz de una mujer desplazada de Chengue que pasa los días atendiendo citas sexuales por teléfono. Burgos supo no caer en la tentación de escribir parrafadas y diálogos coloquiales tratando de imitar la voz de una mujer popular —con el riesgo de caer en la caricatura colombiana— sino que omite, precisamente, esos diálogos sugiriendo antes que indicando. Si repasara cada uno de los relatos, podría pensar algo similar: Roberto Burgos es un extraordinario observador de las mujeres.

Así Burgos ha vuelto, sin duda, al tono de Lo Amador. Y sesenta y un años después de su nacimiento ha seguido volviendo, día tras día, a la idea que lo rondó desde que escribió, en la casa paterna de Manga, en Cartagena, su primer cuento: que se escribe para conjurar las propias encrucijadas así sea a través de los ojos y pensamientos de otros.

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