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En busca del audiolibro perdido, parte I

Catalina Holguín relata su experiencia escuchando el audiolibro de Anna Karenina.

2010/07/07

Por Catalina Holguín



Por mucho tiempo estuve reacia a eso de los audiolibros, porque lo asociaba con lectores impedidos y con una tía que los oye con loca pasión. Entonces mi espíritu más académico se sublevaba: ¿Cómo subrayar frases? ¿Y las notaciones al margen? Entonces descubrí en Open Culture, una página web llena de recursos online gratuitos de muy alta calidad, un nutrido listado de audiolibros gratuitos. Consulté la lista pensando que este formato podía ser útil para ayudarme a “leer” monstruos clásicos que jamás iba a leer en mis próximas vacaciones. Me decidí por Anna Karenina, de Tolstoy. Bajé el zip con los archivos, los metí al ipod, conecté el cacharro al radio del carro y tomé carretera. Fue así como descubrí que esto del audiolibro, para su pleno goce, requiere de un número de condiciones básicas.

Iba ya por el cuarto capítulo de esta fantástica novela rusa—mientras tanto el trancón de Soacha me pasaba y no me pasaba, mientras tanto la voz de Cristina Ferrari me protegía del stress, el tedio y el ruido—cuando empecé a no entender nada. No había cambiado el idioma ni de libro, pero por algún motivo, me sentía perdida. Al siguiente semáforo revisé el ipod y constaté que la máquina había saltado al capítulo treinta. Moraleja: quítele el shuffle al ipod cuando oiga un audiolibro.

Ya había salido y regresado de la ciudad el fin de semana y me enfrentaba a un lunes de tráfico para llegar a la oficina. No me preocupé, de veras, por primera vez en meses, de la demora en el carro. ¡Podría oír mas capítulos! Iba en el capítulo veinticinco de Anna Karenina: ya conocía las vanalidades y egoísmos de Vronsky, ya me había enamorado de la inteligencia, la sencillez y el idealismo de Konstatine Levine, ya percibía por dónde iba a caer Anna, esta hermosa mujer atrapada en un matrimonio gris. Llegué a la oficina y el portero no entendió muy bien por qué me quedé estática dentro del carro sin bajarme. Estaba oyendo el final del capítulo. Moraleja: las novelas con capítulos breves son más fáciles de oír segmentadamente.

Por la tarde, ese mismo lunes, me escabullí sin ofrecer llevar a ninguno de mis compañeros de oficina, a quienes llevo mientras oímos La luciérnaga y hablamos de cosas que pasaron durante el día. Pero entendí que poner Anna Karenina sería un desgaste inútil. Moraleja: el audiolibro, como el libro de papel, requiere mutismo, soledad y aislamiento.

Ayer acabé la primera parte de la novela. Ya Anna volvió a San Petersburgo con su esposo y su hijo. Nada le agrada y un nuevo espíritu crítico tiñe su relación con Aleksei, su marido. Mientras tanto, Vronsky, también en San Petersburgo, vuelve a su estilo de vida habitual de juergas, trago y mujeres. Es claro, en este punto de la novela, que esta sociedad acepta sin pestañear las infidelidades masculinas. Hasta la misma Anna, durante su viaje a Moscú, media entre su hermano y su cuñada. Él le había sido infiel con la niñera, su esposa había descubierto una carta. Pero, ¿qué será de Anna si sucumbe a los encantos de Vronsky y a sus propias pasiones? Se sabe que le va mal como mal le fue a Madame Bovary.

Con esta intriga vuelvo a la página web para descubrir que la segunda parte del libro ya no la lee Cristina Ferrari sino una colección de voluntarios, hombres y mujeres, y que para colmo de males, la tercera parte la terminan de grabar ¡EN NOVIEMBRE DE ESTE AÑO! Moraleja: Aunque el proyecto Libervox es muy pulido e interesante (Libervox distribuye libros en el dominio público leídos por voluntarios), cuando se trata de un libro excesivamente largo es INDISPENSABLE fijarse que lo haga un solo lector. Que el lector sea agradable. Que su voz resalte las cualidades de la narración. Que acompañe, que entienda las sutilezas de la narración. Mejor dicho, gracias Cristina Ferrari. Por lo pronto, continuaré la búsqueda del audiolibro perdido.

*Comentarios: llena.cerebro.leer@gmail.com



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