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Esa cosa llamada Armero

Catalina Holguín comenta el nuevo libro de Juan David Correa "El barro y el silencio"; una crónica personal y de largo aliento sobre la tragedia de Armero.

2010/11/05

Por Catalina Holguín

Los despertó el ruido


enorme de las montañas. Los gritos


de la gente en la oscuridad. Ya bajaba


el brazo grande del agua levantando las paredes


de barro y de piedra congelada.


¡Salgan, niños! ¡Corran hacia el cerro!



(Fragmento del poema 13 de noviembre de 1985, de Gonzalo Mallarino)

El libro se llama El barro y el silencio, es del periodista, novelista y ex editor de Arcadia Juan David Correa y cuenta por medio de la voz de su mamá Consuelo y de otras personas la tragedia que fue Armero. Es una crónica de largo aliento, o lo que los gringos llamarían más cómodamente un libro de “non-fiction”. Aunque el impulso de la prosa es periodístico, el corazón es muy personal. Los abuelos de Juan David murieron en Armero hace 25 años, y de esa pérdida esencial la madre de Juan David, Consuelo, nunca habló y Juan David nunca preguntó. Eso contó él anoche en el lanzamiento de su libro.

La dedicatoria del libro indica claramente dónde están los afectos de este libro, que no es una investigación periodística ni una denuncia tardía a la ineficiencia estatal, la desidia y la corrupción: “Para Luis y Otilia, mis abuelos perdidos en el barro. Para mi mamá, Consuelo, liberada del silencio”. El poema de Gonzalo Mallarino, “13 de noviembre, 1985”, refuerza la intención del libro, que es una crónica, pero también una elegía, un testimonio íntimo, una denuncia (porque también hay de eso, claro) en un tono—como recalcaron en el lanzamiento Eduardo Arias y Gonzalo Mallarino—sereno. El adjetivo es apropiado pues acá todo se hace con pasión, los olvidos, los recuerdos, los gobiernos.

El relato se alimenta de voces de sobrevivientes de un pueblo que fue y dejó de ser para convertirse en barro y luego en silencio. El barro es uno, como la muerte, pero los silencios son múltiples y muy complejos. Está el silencio de Consuelo, la mamá del autor, quien elabora su pérdida con ayuda de su hijo; luego el silencio sobre la responsabilidad del Estado y de los gobernantes de turno; el silencio sobre la corrupción y el despilfarro de las ayudas a los damnificados; y luego el silencio de un pueblo arrasado por completo. Entre todos esos silencios, está el silencio de la noche de la avalancha, una noche que como explica el autor, pocos podían recordar con claridad. Esa noche a la que Juan David, como confesó en el lanzamiento, tuvo miedo de acercarse, pero pudo hacerlo gracias al testimonio vívido, violento, detallado, absurdo, y brutal del doctor Juan Antonio Gaitán, sobreviviente del desastre. Este testimonio, en el que se conjugan barro, ruido y silencio, completa el libro y las historias de Consuelo y su amiga María Eugenia y todos los otros que desfilan por el libro. Gaitán recuenta segundo a segundo cómo el barro, "esa cosa", lo ataja a él y a su familia dentro de la casa, cómo los sacude, los sube, los aplasta, los baja y los desmiembra hasta dejarlo a él (eso, esa cosa) literalmente desnudo y solo. Anoche Gaitán estuvo en el lanzamiento y es difícil adivinar en su cara cómo fue que “eso” pasó.

Todos los lanzamientos de libros tienden a ser iguales: obligatoriamente elogiosos, pasivos y cargados de una palpable inquietud por el vino y el schmoozing. Éste fue distinto por muchas razones. La primera: que el libro era una crónica personal y muchos de los involucrados y protagonistas estaban sentados ahí; los que no estaban es porque quedaron enterrados en Armero. La segunda: las intervenciones de Eduardo Arias y Gonzalo Mallarino fueron honestas y apasionadas; ambos fueron tocados por el libro, ya sea porque les recordaba lugares y olores y gentes borradas en el barro, o porque les recordaba omisiones, silencios, vacíos. La tercera: porque el público participó con preguntas, con movimientos de cabeza, lágrimas y comentarios en voz alta y muchos más en voz baja. De una u otra forma, todos los que estábamos sentados ahí sentíamos el libro como algo propio.

 Ruinas de Armero

Santuario impromptu de Omaira

Barro en el hospital

2010

Comentarios: llena.cerebro.leer@gmail.com

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Anotación a la entrada anterior de este blog sobre la novela de Jonathan Franzen, Freedom:

Sí, es buena. Me la pasé pegada al libro el fin de semana, redescubriendo el placer de abandonar toda actividad física y mental por una historia. El abanico de personajes es breve y al principio se siente apretado el mundo de la novela. Pero a fuerza de una narración impecable, de introspección inteligente y afilada, de cambiar el ángulo de narración de un personaje a otro (de Patty, a Walter, a Richard, a Joey, a los vecinos) y de enfocarse implacablemente en cada persona, Franzen revela el mundo en un grano de arena. Ese grano de arena es una familia clase media norteamericana.

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