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Lecturas poco edificantes

Catalina Holguín recomienda Noviembre de Gustave Flaubert, una novela sobre la juventud desperdiciada y la búsqueda del Amor.

2010/08/05

Por Catalina Holguín





Lo peor de leer a Flaubert es que termino subrayando todo el libro, lo cual no tiene mucho sentido, pero es que todo es memorable, emocionante, inteligente y divertido. Me acabo de terminar Noviembre en una traducción en inglés publicada por la editorial Hesperus, que se dedica a editar títulos curiosos de autores clásicos. Las ediciones son muy cuidadas y el catálogo apetitoso (más de 300 títulos).


Noviembre
es una novela breve que escribió Flaubert cuando tenía 20 años (tenía 36 cuando publicó Madame Bovary) pero publicada tiempo después. Desde ya se adivina su cuidado por las palabras, las metáforas perfectas, la desilusión. La novela, una de esas lecturas que yo recomendaría a lectores entre 18 y 22, es una suerte de monólogo sobre el tiempo que se va, la juventud desperdiciada; es la acidez y refunfuños de alguien que nunca se siente a gusto, que termina haciendo nada, que nada le place, víctima de sus ideales y de tenerlo todo.


Un joven sin nombre (el narrador) busca El Amor. Con mayúsculas. Está enamorado del amor, es virgen y espera encontrar la salvación en El Amor. Termina, como es de esperarse en una historia de Flaubert, en la cama de la prostituta del pueblo, sintiendo una cosa parecida al amor pero que nunca se acerca a la idea que él tiene en mente sobre El Amor. Ella, la prostituta, sufre del mismo problema. Como dice el traductor Andrew Brown en la introducción, “ella se pasa toda su vida buscando a un amante verdadero; él en cambio busca sin cesar un objeto (o una actividad) que conforme con su ideal. En sus respectivas búsquedas, ambos agotarán los recursos del mundo sin encontrar lo que buscan; el uno se convierte para el otro simplemente en el peldaño de una escalera eterna que no lleva a ningún lado”.


Después del breve romance, ella desaparece y él continua una vida insatisfecha: “He saboreado enormemente mi vida desperdiciada; me he dicho alegremente que mi juventud ha terminado—pues es una verdadera dicha sentir el frío meterse en tu corazón, revolcarlo como una fogata que aún humea, y poder decir ‘ya se apagó el fuego’ ”.


Ya. De eso se trata Noviembre. Pero esto es Flaubert. Todas las frases suman con delicado cuidado sentimientos muy modernos de inevitabilidad, mediocridad y malestar. A cada frase también se adivina al Flaubert de Mme Bovary, y al Flaubert de La educación sentimental, e incluso el más tardío, el de Bouvard y Péchuchet con su eterna búsqueda de nada y todo.


Si transcribiera lo que subrayé, terminaría reescribiendo la novelita en este blog, entonces me limito a trascribir un par de pasajes un poco dramáticos, un poco irónicos :


“¿Qué es esta angustia que no nos abandona? Nos enorgullece así como nos enorgullece nuestro genio, y la escondemos como si fuera un amor secreto. No hablamos de ella con nadie, la cuidamos en silencio, la abrazamos a nuestro pecho y la cubrimos con besos llorosos. Pero, ¿de qué nos quejamos? ¿Qué nos hace sentir tan tristes a una edad en la que todo nos sonríe? ¿No tenemos amigos que nos quieren? ¿Una familia que nos considera su orgullo y su felicidad, botas de cuero y un bonito abrigo? Todas estas tristezas sin nombre son rapsodias poéticas, memorias de lecturas poco edificantes, figuras hiperbólicas—pero, ¿será que la felicidad también es una metáfora que alguien se inventó en un día tedioso? Antes lo dudaba, pero ahora no guardo dudas. Nunca he amado nada, ¡pero tenía tantas ganas de amar!” (18)

“Hasta entonces no nos conocíamos, pero ahora el destino nos unía; estábamos en la misma cama, amarrados por la misma fuerza sin nombre; nos separaríamos y nunca nos volveríamos a ver; los átomos que giran y flotan en el aire tienen encuentros más duraderos que aquellos que disfrutan en la tierra los corazones que se aman” (56)

“¡Ocurrió hace tanto tiempo! ¿Estaba vivo en aquella época? ¿Era yo? ¿Soy yo ahora? Un abismo separa cada minuto de mi vida; entre ayer y hoy hay una eternidad que me llena de terror; cada día siento que era menos miserable el día anterior y, sin poder explicarme qué era lo que entonces poseía, siento que cada vez soy más pobre, y que cada hora pierdo una parte de mí. […] Si me hubieran preguntado qué era lo que me hacía falta, no habría podido contestarles; mis deseos no tenían un objeto específico, y mi tristeza no tenía una causa inmediata; o quizás había tantos objetos y tantas causas que no habría podido nombrarlas una a una. Todas las pasiones se amontonaron en mi corazón y quedaron atrapadas; se encendieron la una a la otra, como si fueran espejos concéntricos” (21)



Comentarios: llena.cerebro.leer@gmail.com


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