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Leer llena mi biblioteca

Catalina Holguín habla sobre bibliotecas y lectores, a propósito del libro "Bibliotecas llenas de fantasmas" de Jacques Bonnet.

2010/07/29

Por Catalina Holguín



Siento que llevo toda mi vida cargando libros. De trasteo en trasteo, a una bodega y luego otra, los libros han estado presentes en su dimensión más física. Ya sea por su omnipresencia (ahora tengo libros en el comedor, el baño, la cocina, la sala, las bibliotecas, las mesas de noche), o por su ausencia. Recién llegada a Canadá, sin mi biblioteca, me vi obligada a leerme Rayuela de a un capítulo diario, no más, solo dentro de la tina, en honor a Franny and Zooey de JD Salinger. Ahora la biblioteca suma libros comprados acá y allá, y por eso están organizados por idioma (inglés y español) y luego por orden alfabético, dejando un par de repisas para los pendientes, y la mesa de noche para los urgentes.

La organización de los libros es uno de tantos temas que toca Jacques Bonnet en su libro Bibliotecas llenas de fantasmas, una belleza breve (130 páginas) publicada por Anagrama en abril de este año. Bonnet tiene una biblioteca de más de 10.000 títulos, y este librito es la oda más bonita que uno pueda leer sobre libros y lectura. Los lectores empedernidos más que los coleccionistas (dos categorías que Bonnet identifica) se sentirán muy a gusto en estas hojas, que sin pretensión ni alardes hablan de la experiencia de un lector sensible. Fiel al propósito del libro, el epígrafe dice: “Después del placer de poseer libros, poca cosa hay más dulce que hablar de ellos” (Charles Nodier).

La distinción entre el empedernido y el coleccionista es básica, y no la entendí hasta hace una semana que tuve que recorrer librerías de viejo y hablar con sus dueños para un artículo de Revista Credencial. El dueño de Torre de Babel, por ejemplo, me mostró una primera edición de Los funerales de la Mama Grande que costaba como mil dólares. En Templarios, los hermanos Gamboa me hablaron de joyas europeas que costaban 10 dígitos. Pombo, dueño de la ya extinta librería El Carnero, me contó divertidísimos cuentos de la caza de raros y curiosos de extravagantes precios por todas las esquinas del país.

Entonces me acordé de la biblioteca Julio Paredes, escritor y sobretodo buen lector (y de los que prestan libros, de ahí el libro de Bonnet). A los ojos de un cazador de “joyas” la biblioteca no sería un gran plato. No para un coleccionista. Pero para un lector empedernido, sí. Estos son lectores que, según Bonnet, “los mueve un voraz apetito de lectura y una curiosidad que dispara en todas las direcciones. El bibliómano lector desea conservar el objeto, tenerlo a su disposición. El libro es la valiosa materialización de una emoción, o la posibilidad de sentirla algún día, y separarse de él sería correr el riesgo de crear un grave vacio”.

La biblioteca del empedernido, según Bonnet, es una biblioteca generalista precisamente porque lo mueve la curiosidad, el vaivén de sus gustos e intereses, y no la especialización del animal de caza que es el coleccionista. Por eso una biblioteca de lector, como la mía, está llena de libros subrayados, libros leídos o sin leer (unos que aún tengo en una estantería aparte y otros que ya me resigné a no leer, como los premios de ensayo del distrito), libros académicos comprados en el furor de la universidad (Adorno, o una historia de la literatura en el exilio), y luego están los libros que me recuerdan épocas de lectura, modas de mi cabeza: muchos títulos de Antonio Lobo Antunes que tiene la dicha de escribir siempre lo mismo; el periodo japonés que incluye todo Murakami, muchos de Kawabata, Akutawaga, Oé, Kobo, Soseki, Mishima (a quien nunca pude leer completo); los contemporáneos norteamericanos de los que aún sigo prendada (Wallace, DeLillo, Franzen, Saunders, Safran Foer, Eggers); el periodismo de largo aliento o non-fiction en inglés, un largo etcétera de cuadernos de todo tipo, Orwell, viajeros contemporáneos, en fin.

Luego están las mañas. Bonnet las tiene para ordenar, para leer, para recordar. Desde hace unos años, por ejemplo, agarré la maña de escribir en la primera página del libro mi nombre, lugar de compra, lugar y fecha de lectura, y en algunos casos circunstancias particulares y personales. Sumado a esto el marcalibros debe ser un objeto hallado (boletos de avión, tarjetas personales, fotos, recortes, etiquetas, etc.). De manera que si cada estantería o grupo de libros recuerda una época y una moda mental, cada libro en particular, como objeto, se convierte en una mini cápsula del tiempo que me devolverá, años después, una fugaz memoria perdida.


Comentarios: llena.cerebro.leer@gmail.com

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