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Palabras piedras

2010/05/12

Por Catalina Holguín

Al montarme en el vuelo Bogotá-Lima hace unos días descubrí que mis compañeros de excursión tenían el mismo libro que un gran amigo lector me recomendó para mi viaje al Perú: Los ríos profundos, de José María Arguedas. Claramente, la profesora de español de la excursión de alumnos con la que recorrí durante cuatro días el camino inca opinaba lo mismo. Logré leerme en el avión el primer capítulo entre las telarañas del sueño y el cansancio. No entendí mucho: “¿Acaso no podría decirse ‘yawar rumi’, piedra de sangre, o ‘puktik, yawar rumi’, piedra de sangre hirviente? Era estático el muro, pero hervía por todas sus líneas y la superficie era cambiante, como la de los ríos en el verano, que tienen una cima así, hacia el centro del caudal, que es la zona temible, la más poderosa”.

Hasta que pisé el Cuzco y luego Machu Picchu.



Entonces, las descripciones de Arguedas de los muros y los ríos y montañas cobraron vida: “Caminé frente al muro, piedra tras piedra. Me alejaba unos pasos, lo contemplaba y volvía a acercarme. Toqué las piedras con mis manos; seguí la línea ondulante, imprevisible, como la de los ríos, en que se juntan los bloques de roca. En la oscura calle, en el silencio, el muro parecía vivo, sobre la palma de mis manos llameaba la juntura de las piedras que había tocado”.




Digo vida porque solo hasta recorrer los últimos kilómetros de un camino perfectamente empedrado con túneles labrados en roca, hasta apreciar en silencio el espectáculo de las terrazas de Machu Picchu y hasta percibir el eco de cada piedra en su entorno entendí finalmente, realmente, el primer capítulo de la novela de Arguedas.

Pero luego vienen los siguientes capítulos—no me he acabado el libro, advierto—en los que el narrador, ese niño sensible, hijo de un abogado errante, captura los sonidos de las aves, el curso de los ríos, la textura de las montañas y la temperatura del aire. Creo que apreciar esos capítulos sería difícil sin haber antes caminado por los Andes peruanos. Pero también sería difícil cristalizar los recuerdos del viaje mismo sin las palabras de Arguedas como referente. Supongo que ése es el propósito de la literatura: servir como una suerte de manija para aprehender la realidad, libros como piedras para construir el mundo.










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