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Una cuestión de medios

Catalina Holguín aprovecha el boom editorial de Libertad, la nueva novela de Jonathan Franzen, para poner sobre la mesa el debate sobre el sexismo en la industria editorial.

2010/10/27

Por Catalina Holguín

La nueva novela Libertad [Freedom] del autor norteamericano Jonathan Franzen ha pasado por todos los estados de la recepción. Pareciera que el autor, para bien y para mal, siempre está en el medio de una controversia mediática típicamente americana. Con su novela anterior Las correcciones, el autor fue objeto de un intenso debate sobre el lugar de la Literatura (con L mayúscula) en la cultura popular. Oprah Winfrey  lo había invitado a hacer parte de su club de lectores (lo que significaba no solo mucho cubrimiento en medios sino un aumento sin precedentes en las ventas) para luego des invitarlo en medio de más controversia. Al parecer Franzen había hecho comentarios snobistas sobre Oprah y su club. La pequeña batalla Franzen vs. Oprah descubrió la clásica falacia norteamericana. A pesar de que se crean que viven en la tierra de la Igualdad y de las Oportunidades para Todos, hay gente menos igual que otra, no sólo a nivel educativo y cultural sino también a nivel económico y social.

Esta vez, con su nueva novela, Franzen volvió a generar una controversia que muestra otro matiz de la gran falacia norteamericana. A pesar de que en EEUU se inventaron el feminismo y la discriminación positiva y hasta tienen un presidente negro, la crítica literaria favorece a los hombres blancos, el gobierno no llega a atender a los ciudadanos negros de Nueva Orleans cuando los arrasa un huracán y hay gente que cree seriamente que Obama es el anticristo. La controversia la inició la escritora Jodi Picoult quien escribió en su Twitter: “El New York Times se desvivió por Franzen. ¿Alguien está en shock? Me encantaría ver que el mismo periódico se desviviera por autores que no seas su hombres blancos consentidos”. Franzen acababa de aparecer en la portada de Time (que lo nombró uno de los mejores escritores vivos de los Estados Unidos), mientras que el New York Times Review dijo que la novela era una “obra maestra” norteamericana. Un reseñista del diario inglés The Guardian dijo que Franzen era un “genio”.

El comentario de Picoult generó toda una discusión sobre la “igualdad” de la cobertura en las reseñas del New York Times, no sólo una poderosa fuerza cultura sino también el bastión del liberalismo gringo. Las estadísticas revelaron que de los 545 libros reseñados entre junio 29 de 2008 y agosto 27 de 2010, 62% fueron escritos por hombres . Más allá que un problema numérico, el debate iniciado por Picoult (debate que luego continua la escritora Lioner Shriver en la última Arcadia en su artículo “El sexismo en el mercado editorial”) pone en evidencia que quizás la Gran Novela Norteamericana no pueda ser adjudicada por la crítica a una mujer. La competencia es desigual.

¿Y la novela? Empecé a leerla este fin de semana. Voy en la página 150 y confieso que me hace falta un grupo de personajes más amplio. Libertad se enfoca en la familia Berglund: Patty, Walter y sus hijos Joey y Jessica. La novela abre con un capítulo extenso en el que presenta a la familia a través de la mirada crítica y plana de sus vecinos de suburbio y continua con un extenso “diario” personal de Patty es en el cuenta su vida y la de su familia. Las correciones también se enfoca en una familia, los Lambert, y los sigue en sus derrotas, humillaciones y escasas alegrías con humor y cinismo, con una pluma ágil y aguda. Pero esta novela se siente más ágil, quizás porque los capítulos son más breves así como la rotación de los personajes en el escenario de la trama. En Libertad el enfoque narrativo en Patty (por ahora) es excesivo y obsesivo casi. Su versión de la historia es crítica y en su versión de sí misma va descubriendo capas y más capas de su carácter. Nadie, mirado bajo esa lupa tan intensa, podría salir bien librado.

Me faltan todavía 500 páginas de novela en las que, espero, jueguen un poco más de variables y personajes. Ya veremos qué sucede. Lo cierto es que las súper reseñas y toda la atención que ha recibido Franzen sí afectan la lectura: pase lo que pase en las 500 páginas restantes es difícil no darle el beneficio de la duda al escritor.

Comentarios y sugerencias: llena.cerebro.leer@gmail.com

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