| 2015/12/04

Salman Rushdie: “Si usted no está obsesionado con ser escritor, busque otro trabajo”

por Christopher Tibble

2015/12/04

Por Christopher Tibble

Leer el último libro de Salman Rushdie es un acto de fe. O, más bien, de irracionalidad. Pues el más reciente escenario propuesto por el autor de Los versos satánicos e Hijos de la media noche no se limita a desafiar el orden del mundo. Se encarga de destruirlo.

Corre el siglo XII cuando el filósofo cordobés Ibn Rushd, el padre del Islam secular, contrae matrimonio con Dunia, una judía que hace parte de una tribu de criaturas sobrenaturales conocidos como los yinn. Entre ambos engendran tres camadas de niños, cuya principal característica es la ausencia de lóbulos en las orejas. Los yiniri desaparecen del mundo hasta que, 1.000 años después, en el siglo XXI, irrumpe una tormenta de proporciones míticas sobre Nueva York y se vuelve a abrir el portal entre ambos universos.

Inicia entonces la Era de la Extrañeza, una guerra de dos años, ochos meses y 28 días (1.000 y una noches) que tendrá en su centro a los descendientes de Dunia y Rushd, herederos de poderes naturales. A personas como Gerónimo, un jardinero que, después de la tormenta, se da cuenta que sus pies ya no tocan el suelo. O a Teresa Saca Cuartos, una millonaria que de repente es capaz de disparar rayos de las yemas de sus dedos.

Dos años, ocho meses y veintiocho días es la respuesta de Rushdie a quienes han pretendido encasillarlo como una figura política. Es un ejercicio de liberación construido a punta de imaginación, en el que confluyen el mundillo de la clase alta, tan similar al de algunos libros de Capote; divagaciones filosóficas y matemáticas al estilo de Paul Auster; y, por encima de todo, el universo de los cómics, de los superhéroes.

Durante su reciente paso por Bogotá, Arcadia habló con él en la biblioteca del Gimnasio Moderno.

Al puro comienzo del libro usted cita a Italo Calvino diciendo “en vez de obligarme a escribir el libro que debería escribir, la novela que se esperaba de mí, invoqué el libro que a mí me habría gustado leer”. ¿Qué quería decir con eso?

Calvino comenzó trabajando como un escritor izquierdista para el periódico comunista L’unità durante la época del neorrealismo, durante la posguerra, cuando todo debía tener un estilo naturalista y político. Y, de hecho, los primeros escritos de Calvino corresponden a ese estilo. Pero luego él se rebela y empieza a escribir unos cuentos de hadas dementes.

En mí caso, siento que mucha gente me ha querido encasillar en una esquina política, esperando que solo escriba y hable de problemas políticos y públicos. Esos son temas que me interesan, pero me había empezado a sentir cada vez más arrinconado. Entonces este libro fue una forma de liberarme, de decir, ‘listo, todo eso es interesante, pero escribir es, ante todo, un ejercicio de la imaginación’. Yo necesitaba concentrarme en eso, en escribir algo tan imaginativo como fuera posible.

Es interesante que usted diga eso, pues la novela es de alguna forma paradójica en cuanto a la imaginación: por un lado, advierte sobre sus peligros (aparece un grabado de Goya que dice ‘el sueño de la razón produce monstruos’) pero, por otro lado, la misma novela es un producto de la imaginación.

Sí, es una contradicción. Pero eso es algo bueno. Una novela no es una tesis. En una tesis, si usted se contradice, el trabajo pierde valor. Pero en una novela, si hay muchos procesos contradictorios simultáneos, eso puede enriquecer la lectura. A mí no me molesta que la ficción se contradiga.

Volviendo a lo que usted decía, que sentía la necesidad de liberarse, me imagino que se refiere a la inclusión inesperada del universo de los cómics en la novela.

En mi juventud fui un adicto de la ciencia ficción. Cuando estaba en la universidad, leí una enorme cantidad de ciencia ficción. Me gustaba porque sentía a través de ella uno podía explorar ideas muy interesantes. Por su misma naturaleza, es un género que trabaja con ideas.

Más adelante, la ciencia ficción me dejó de interesar porque sentía que la calidad literaria, de la prosa o de la profundidad de los personajes, en especial cuando había personajes femeninos, no era muy buena. Entonces me alejé, pero siempre me ha acompañado ese sentimiento de posibilidades que ofrece.

Sus novelas son famosas por lidiar con migraciones y las interacciones entre el mundo occidental y el oriental. En un momento en el que el mundo parece cada vez más polarizado, cuando las tensiones aumentan cada vez más, ¿qué nos puede enseñar su literatura o la literatura en general?

Yo no creo que las novelas nos puedan enseñar muchas cosas. Pero creo que nos pueden mostrar el mundo de una forma interesante. En esta novela, por ejemplo, el personaje de Gerónimo, el jardinero que levita, funciona para hablar de alguien que literalmente se encuentra desconectado del mundo. Y uno puede ver eso como una metáfora de la alienación.

Pero la historia de él también es sobre la pérdida, con lo que pasa cuando alguien se va a vivir al otro lado del mundo y pierde contacto con su pasado. Con ese sentimiento de que usted ya no puede regresar a su casa. Y no hablo físicamente, pues uno si puede regresar, sino que el hogar que uno piensa ya no existe.

Hay dos momentos en la novela cuando Gerónimo visita la ciudad y el barrio donde creció, y en ambas instancias se siente decepcionado. Ese sentimiento de pérdida también lo siento yo, ese sentimiento de haber crecido en un lugar que amé, haberme ido, y haber regresado solo para darme cuenta de que había cambiado.

En la novela el mundo entra en la Era de la Extrañeza. ¿Cómo se le ocurrió ese concepto? ¿Estaba pensando la nostalgia, en la alienación?

Lo que quería decir es que hoy, en la vida real, vivimos en esa era. Esta, la nuestra, es la Era de la Extrañeza. La extrañeza en el libro se manifiesta de forma surrealista, pero creo que hoy vivimos en una época en la que mucha gente siente que el mundo se ha convertido en un lugar extraño. Y no solo hablo de política. Si uno mira los cambios tecnológicos, uno se da cuenta de que el mundo no solo está cambiando radicalmente, sino que lo está haciendo supremamente rápido. Y esa combinación de cambio radical y aceleración extrema crea una sensación de desconcierto en muchas personas: que las reglas del mundo, que su familiaridad, se ha disuelto. Pero al mismo tiempo aún no sabemos cuáles son las nuevas reglas. La novela entonces es como un cuento de hadas que busca exponer esa sensación.

Hay una gran frase en el libro, que usted saca de Henry James, que dice que el ‘orden’ es apenas la forma en que nosotros los hombres soñamos el universo…

El orden es como el hombre imagina el mundo, mientras que el caos es la ley de la naturaleza. Creo que eso es verdad. Si usted piensa en la esencia del arte, se trata de un esfuerzo por imponer orden y forma. Y cuando uno crea formas, crea significados. Pero puede ser que todo eso sea una gran falacia, y que en realidad el mundo posiblemente sea un lugar muchísimo más extraño de lo que queremos admitir. Muchísimo más extraño, oscuro, peligroso y alarmante.

La columna vertebral de la novela es una disputa filosófica entre el padre del Islam secular y una figura religiosa. La obra también juega con la idea de que hemos creado un dios que se nos salió de las manos y que ahora nos castiga. ¿Qué papel debería jugar la religión en el siglo XXI?

El problema de la religión es que cree que posee la verdad y a mí siempre me ha causado desconfianza la gente que piensa así, porque probablemente no la posee. La verdad es mucho más compleja y no puede ser reducida a un conjunto de ideas. Entonces me preocupa el papel que la religión ya juega en el mundo, un papel cada vez más opresor. Y no solo estoy hablando del Islam radical, sino que en Estados Unidos, donde hoy vivo, uno ve los devastadores efectos del cristianismo radical, como los movimientos en contra del aborto que terminan en masacres en clínicas de Planned Parenthood.

A usted siempre le ha interesado la realidad de otros países. En el caso de Colombia, ¿podría hablar sobre la influencia de García Márquez en su obra, pero también de qué, si algo, le interesa del país como tal?

Mi primer encuentro serio con Colombia fue a través de la obra de García Márquez. Gran parte de mi primera impresión del país, de fuera lo que existiera detrás de Macondo, fue coloreada por sus libros. Luego me empezó a interesar la historia política de América Latina, y la forma en que tantos escritores latinoamericanos sentían la necesidad de escribir novelas sobre dictadores. Para mí esa literatura hacía eco con lo que estaba pasando, por ejemplo, en Pakistán, donde ha habido una serie de dictadores militares. Y creó un vínculo entre los dos continentes.

Pero yo solo visité Colombia por primera vez hace tres años y medio y me llamó mucho la atención. Estuve en un festival literario en Cartagena y luego conocí Bogotá durante un par de días. Ahora me siento muy contento de estar acá de nuevo, pues quiero conocer el país mejor. Y también entenderlo. Pues ahora mismo estoy apenas empezando a conocer el lugar real, y no el que hace parte del realismo mágico.