Ilustración: Jim Pluk

Vapor

El escritor antioqueño Tomás González escribe sobre un viaje a Tolú que hizo en su infancia. Él recuerda poco, con ayuda de sus seis hermanos reconstruyó la ruta ¿Cómo era el tren? ¿Cómo era llegar hasta allá en barco de vapor?

2015/12/22

Por Tomás González

Que en vacaciones nos iríamos para Tolú en vapor, les decía yo a mis compañeros de colegio, y ninguno me preguntó que si pensábamos acaso embarcarnos en el río Medellín. Yo tenía 10 años. El río Medellín es pedregoso y pando, y en aquella época bajaban por él materias fecales y cosas como tripas, que los gallinazos, tan distintos y a la vez tan parecidos a las águilas, pescaban, parados en las piedras.

En ese viaje con toda seguridad estuvimos mis papás, Silvia, Patricia, Clarita, Rosario y yo. Es posible que Alberto y Juan también hayan ido. Daniel con seguridad no estuvo. Era el mayor, tenía 22 años y ya vivía en el Valle del Cauca. Los otros siete hermanos vivíamos en Envigado con los papás. Rosario, la menor, tenía 5 años.

Tomamos el tren en la estación Cisneros, en Medellín, con destino a Puerto Berrío, donde nos embarcaríamos en un vapor que subía —o bajaba, no sabe uno— hasta Magangué. De allí, en bus, en taxi expreso, en lo que hubiera disponible, viajaríamos a Tolú.

Mis recuerdos de la estación Cisneros no son claros y sus espacios interiores se confunden en mi memoria con los de la estación de La Sabana, en Bogotá. Lo mismo le pasa a mi hermana Patricia. “Recuerdo la estación con mucha madera bonita, fina, oscura, en cuanto a puertas y enchapados interiores. Ventanas grandes de hierro forjado, techos muy altos, bancas de madera pesada, pisos de granito brillante blanco, gris y negro. Techo de tejas de barro —dice—. Pero me pregunto si todo aquello lo vi en Cisneros o es la estación de La Sabana, la dueña de tanta belleza. O ninguna de las dos, sino simplemente una memoria de por ahí, venida de algún lado”.

El tren se movía despacio, muy despacio, por las montañas. De Medellín solo por montañas o volando podían salir los trenes y, como las nuestras son empinadas, no había manera de que avanzaran rápido. Las piedras y los barrancos pasaban muy cerca de las ventanillas, casi las rayaban, y el tren nunca llegaba a Puerto Berrío, donde me esperaba un hotel con piscina, según me habían dicho los mayores. La impaciencia por llegar no me dejaba ver la belleza de barrancos, árboles, matorrales, piedras y neblinas, ni la de los pastizales con garzas y ganado, ya en tierra caliente.

Gran desilusión. El hotel era bello, pero estaba totalmente venido a menos. “Todo era grande —escribe Patricia—. Comedor grande, ventanas grandes, piscina grande, vacía. Hojas, mugre en el fondo. Recuerdo un desayuno: un huevo frito blandito en un plato blanco grande. Quizá estuvimos de un día para otro”.

En el charco que había en el fondo de la parte honda de la piscina, los renacuajos se movían. Parado en el borde, yo miraba aquel caldo de hojas podridas y no lo podía creer.

A mis hermanos les mandé por internet algunas preguntas sobre el viaje, y por sus respuestas me di cuenta de que todos lo recordábamos con mucha intensidad y poca claridad.

¿Cuánto se demoró el tren hasta Puerto Berrío?

“Mucho. Me acuerdo de llegar muy cansada. Ya estaba anocheciendo cuando entramos al hotel Magdalena, que había sido el más elegante de Puerto Berrío, pero que estaba en franca decadencia”, dice Clarita.

Los hermanos nos hemos preguntado con frecuencia cómo a mi papá, precisamente a él, podía ocurrírsele hacer semejantes viajes. Era nervioso. Era rutinario, como yo. Cuando se murió, unos diez años después del viaje por el Magdalena, el cobre de las llaves de la agencia de loterías de la que fue dueño y administrador muchos años quedaron delgadas como hostias por los incontables días de abrir las mismas puertas a la misma hora por las mañanas y al mediodía, y de cerrarlas a la misma hora por las tardes, y sobre todo por el hecho de nunca perderlas. Tal vez por eso mismo los viajes que hacíamos cuando llegaban las vacaciones tendían a ser complicados, casi descabellados. En otra ocasión nos fuimos también para Tolú en una camioneta Nash que por entonces teníamos, color curuba, muy bonita, pero que se recalentaba apenas sentía que habíamos salido de Medellín. Había que parar cada cierto tiempo a ponerle toallas mojadas al radiador y dejar que se enfriara, antes de avanzar otro trecho de dos horas o menos. Cuando mi papá le quitaba la tapa al radiador salía una nube de vapor que nos envolvía a todos. Aquella vez fuimos seis hijos. Rosario tendría 2 años, si acaso. Nos demoramos casi 40 horas en llegar a Tolú.

A mi mamá le gustaban los viajes, los descabellados tanto como los sensatos, en avión, en carro, en bus, en barco, en lo que fuera y al lugar que fuera, cercano o lejano, pacífico o peligroso, montañoso o plano. Los viajes en bus y en tren le gustaban particularmente, pues disfrutaba de la compañía de los otros pasajeros. Llevaba en una caja de galletas, muy bien envueltos en un paño blanco de cocina, sánduches de pan blanco tajado, que traían huevo duro, mayonesa y mortadela, y que nos empezaba a ofrecer tan pronto el bus, el carro o el tren se movían. Le recortaba los bordes al pan y partía los sánduches por la mitad, para formar dos triángulos perfectos, luminosos.

En Puerto Berrío nos quedamos solo un día. “Alcanzamos a recorrer un poco el pueblo y comprar algunas frutas —dice Clarita—. Todo el lugar estaba en decadencia y se sentía miedo, pues allí la Violencia había sido muy dura y todavía no terminaban los problemas. Cuando llegamos nos dijeron que el vapor David Arango, en el que supuestamente viajaríamos, ya había salido, pero que había otro, de carga, que tenía unos camarotes donde nos podían acomodar. Estaba lejos y teníamos que tomar una lancha. Nadie nos quería llevar, por la inseguridad, pero al fin mi papá encontró un lanchero que hizo el viaje por la noche, situación que según él era muy azarosa, pero no había más remedio. Entonces en la lancha nos fuimos, y nos dijeron que no podíamos hablar duro ni prender linternas (¿me estaré inventando esto?). La navegada en la lancha fue larguita o me pareció por aquello del miedo. A mi mamá se le fue la voz. Al fin llegamos al barco y nos llevaron a los únicos camarotes, que ciertamente estaban lejísimos de tener las comodidades del David Arango. No he logrado recordar el nombre de este vapor, en el que al fin viajamos”.

Cuando mi mamá se ponía nerviosa perdía la voz. No quedaba afónica ni ronca sino muda, y empezaba a señalarse la garganta, para que lo supiéramos. Sin habla se subió, entonces, a la lancha y después al barco y, ya en él, se demoró algunas horas en recuperarla. A mí se me había olvidado por completo este detalle, y ahora que lo mencionan me llega el eco débil de la inquietud del niño a quien de repente la mamá se le queda muda. Esto no pasaba con frecuencia, sin embargo, pues para que ella sintiera miedo tenía que ocurrir algo demasiado fuerte y horroroso, por ejemplo, verse en peligro de caer con toda la familia, como ahora, en manos de los bandoleros liberales o conservadores, que violaban, amputaban brazos, cortaban cuellos y cercenaban cabezas, así fueran de niños.

“Calor, calor, calor”, escribe mi hermana Patricia, que lleva muchos años viviendo en Saskatoon, Canadá, ciudad notable por lo crudo de sus inviernos. Cuando uno le pregunta por teléfono que cómo está el frío por allá, Patricia bien puede responder que a 40 bajo cero. Son tantos los grados bajo cero que lo mismo da si son Farenheit o centígrados, o 70 o 40. Son cifras que no caben en la imaginación. Hay que vivirlas.

“Camarotes pequeñitos con un lavamanos, dos catres —escribe Patricia—. Abajo por las calderas quedaba el baño, había ducha. Creo recordar una pareja de pasajeros, pero no estoy muy segura. Posiblemente éramos solo nosotros, yo creo que iba Juan. Alberto, no creo. Daniel no. Silvia y yo compartiendo camarote, ella quejándose, sobre todo del calor. Metía la piyama en el lavamanos y se la ponía ensopada. Desayuno en la cubierta, huevos revueltos. En la comida salían pelos, piedritas. Daban algo lechoso de bebida, tibio, con natas. ¿Cafe? ¿Chocolate? También me acuerdo de gaseosa, quizá al almuerzo y la comida. ¿Pescado, arroz, patacones? Todo como medio frio y maluco y medio. El sofoco era tal que casi ni se podía respirar. Zancudos. Calor, calor, calor...”.

Me gustaría soñar que mi hermana Silvia, quien murió hace cinco años y nos ha hecho mucha falta, viene: del más allá para contarme la impresión que tuvo del vapor y del Magdalena. Seguramente para ella el río no fue monótono, tal vez por el calor que llegó a sentir y también porque a ella las cosas le parecían menos monótonas que a mí.

Años más tarde escribí un poema sobre este viaje, en el que se dice:

Pasamos por El Banco, Guamal, San Sebastián. / El río era infinito en sus mil curvas, / siempre distintas, siempre las mismas, / y en el calor todo era inestable / y se trocaba: / lo fluido se adensaba y lo sólido se ablandaba y se hacía lodoso, / omnipotente, omnipresente, evanescente, / inmaterial.

Cada día parecía más caliente que el anterior y, para combatir el calor, yo cantaba. “Pensabas que nadie te oía, por estar encerrado en el camarote, pero creo que se oía hasta en la orilla —recuerda mi hermana Rosario—. Bastante destemplado, pero con mucho sentimiento, eso sí”.

Yo interpretaba a voz en cuello, todo el día, una y otra vez, la ranchera El pescado nadador, que por esos días sonaba mucho en el radio. La cantaba con gritos mariachis y todo, convencido de que tenía tanta voz y tanto cuello y sobre todo tanto oído como el cantante Miguel Aceves Mejía.

“Siempre estás en mi recuerdo como mi compañero de viaje más cercano —dice Rosario—. Sentados en la parte alta del barco con los pies colgando, tomábamos Kola Román junto a la rueda grande, de aspas, que botaba una lluvia de agua que refrescaba muy rico. El barco se detenía por ratos largos y nos sentábamos con los pies colgando y veíamos unos señores sin camisa, morenos, que sudaban y manipulaban lazos gruesos y muy largos, cadenas, aceite, motores. Desde ahí veíamos tortugas asoleándose en piedras a la orilla del río. El barco tenía barandas de tubo galvanizado y pisos muy lisos de lata. No recuerdo otros pasajeros”.

Estos señores sin camisa, los marineros, no eran propiamente navegantes, sino que se encargaban de atender el comedor, desatascar el barco cuando encallaba en la arena y, sobre todo, mantener la caldera prendida. La caldera estaba un nivel más abajo y allí el calor era insoportable.

“Los que manejaban la caldera estaban casi desnudos —dice Clarita—, sin camisa y con un pedazo de pantalón. Cuando el barco se pegaba en los bancos de arena (seguramente hicimos el viaje en tiempo de verano, cuando el río estaba pandito), salían y comenzaban a amarrar unos cables entre el barco y unas estacas que ponían en la orilla del río, y mecían el barco a un lado y al otro hasta que se desatrancaba. Esto pasó unas tres veces. A mi papá y a Silvia les parecía que todo el proceso era un espectáculo, ver a esos marineros musculosos, brillantes de sudor, moviéndose de un lado a otro durante horas. Nos sentábamos en el balcón a mirarlos hasta que los zancudos o el calor nos hacían entrar al camarote. Nunca bajamos del barco, excepto cuando salimos para ver dónde habían masacrado a varias personas hacía unos meses. Nos mostraron las paredes de lo que había sido una escuela, donde todavía se veían huellas de sangre”.

Sus buenas razones había tenido mi mamá para quedarse muda en la lancha. No eran épocas como para emprender viajes de placer por aquellas tierras donde había campeado y campeaba todavía el horror. Esta es descripción que hace Patricia del ya mítico trasbordo al barco:

“Nos fuimos en una lancha desvencijada, con techo donde se mecía un bombillo sucio. Unos hombres desconocidos, ¿dos?, nos ayudaron a embarcarnos en ella. Era de noche. Mi mamá del susto perdió la voz. El aire olía a aceite de motor, a miedo. Nos transbordaron al buque de vapor, ¿nombre?, creo que era de carga, pocos marineros, ¿tres, cuatro?, no recuerdo capitán”.

Cuando le pasó el susto del trasbordo, mi mamá empezó a disfrutar otra vez del viaje. “¡Pasé tan feliz!”, decía. Claro que eso mismo decía de todos los viajes y de la vida en general. La recuerdo sentada en ese comedor del barco, toda bonita, sonriente, amable con todo el mundo, muy observadora, elegante. Este tema de la mamá es siempre delicado, porque el escritor tiende a alargarse, a decir lo elegante y observadora que era su mamá y a ponerse sentimental. Yo sé que nadie tiene mamá fea, pero la mía era bella de verdad y no por nada mi papá vivió siempre tan enamorado. Había una foto en la que aparecían los dos en el comedor del barco, frente a sus tazas de café con leche (Klim), sonriendo, pero no he logrado encontrarla. Rosario, quien conserva el álbum de fotos de la familia, dice que esa nunca existió, que estoy tal vez confundido con la que sí hay de ellos dos en el comedor del hotel de Narza, en Tolú. Después de cincuenta y pico de años tienden a mezclarse las fotos, los recuerdos, los lugares, y se puede decir que solo la admiración y el afecto por todo aquello, por lo olvidado tanto como por lo recordado, siguen intactos.

El café permanecía en el poyo de la cocina con el resto del desayuno hasta que uno de los marineros musculosos, que se había puesto camiseta y oficiaba de mesero, lo traía por fin a la mesa. Estaba casi frío. Uno tenía la impresión de que antes de llevarlo le había levantado las moscas que habían quedado pegadas en la nata. En todo caso con moscas nunca llegaba. Cuando uno sacaba la nata alcanzaba a sentir el peso en la cucharita. A veces yo la levantaba con dos dedos, agarrándola del centro, y la nata se cerraba, sin romperse, como un parasol o una atarraya.

Entonces nos cruzamos con el vapor David Arango, el buque más elegante que haya navegado nunca por el Magdalena.

“Nos invitaron a pasar a verlo —recuerda Patricia—. Cortinas como de terciopelo vino tinto. Mantel blanco en las mesas del comedor, aire acondicionado y pasajeros bien vestidos, que seguramente no tenían que empapar la piyama para resistir el calor”.

Se habría podido hacer una investigación sobre ese barco legendario, con fotos de sus camarotes de lujo, de su cocina con chef y de su capitán de pipa. Pero de ese modo habríamos terminado tal vez con un escrito de carácter histórico, casi técnico, alejándonos de lo principal, de lo que para mí es real. En mi opinión la realidad del David Arango queda mejor plasmada tal como la expresa Patricia: “¡Elegante la cosa!”.

Nos cruzamos con él en Barranca o antes. Estaba entapetado y olía a hotel caro. Tenía aire acondicionado, ciertamente, pues se sentía fresco, y también sala de cine. No mucho tiempo después se incendiaría y pasaría a la historia como un pariente —de menor estrato, aunque igual de pretencioso— del zepelín Hindenburg y del trasatlántico Andrea Doria.

De las muchas poblaciones ribereñas que pasamos entre Puerto Berrío y Magangué recuerdo vagamente a El Banco y a Barranca. Para escribir el poema que se cita antes, tomé un mapa de Colombia y escogí aquellas que por su sonido me ayudaban a darle armonía. Pasamos El Banco, Guamal, San Sebastián, digo en el poema, y claro que tuvimos que pasar por allí —a no ser que el barco se hubiera echado a volar, como los trenes que salían de Cisneros—, pero de la existencia de las dos últimas poblaciones solamente vine a enterarme en el momento de consultar el mapa. Cosas de la poesía. Me parece que techos de zinc oxidados, ropa colgada, perros y niños era lo que se veía en todas las poblaciones desde el barco, en El Banco y seguramente en Guamal y en San Sebastián. En aquella época, y todavía ahora, se consideraba que los ríos eran parte del alcantarillado público, y por esa razón las poblaciones de las riberas ofrecían su perfil menos favorable a los viajeros.

Mirando la orilla desde la baranda del barco, hastiado ya de cantar El pescado nadador en mi camarote recalentado, yo seguramente pensaba: “¿Por aquí ya no habíamos pasado, pues?”.

Y así, sin haber avanzado nunca, sin haber logrado superar siquiera una sola curva del río, pues la misma volvía a aparecer de inmediato, terminamos por llegar a Magangué. Aquí me pregunto si este viaje fue el recorrido por una región bella, y la respuesta, que se demora un poco en llegar, es un dubitativo y meditativo: “No. Especialmente bella no era, no”.

Demasiado color barro. El verde de la selva estaba siempre lejos, el color barro del río se imponía y cansaba. Y, sin embargo, es el viaje que más he disfrutado en la vida y eso mismo piensan mis hermanas. Es más, si pudiéramos hacerlo otra vez, no sería en un vapor como el carbonizado David Arango, con manijas de inodoro en bronce y pasamanos también en bronce, sino en uno como en el que viajamos, con pasamanos de tubo galvanizado, excusados tipo letrina, natas de café espectaculares, completamente repulsivas, inolvidables, y marineros que dormían en hamacas en el primer piso y que no eran propiamente marineros sino fogoneros, meseros y desatascadores de barcos. Además en el David Arango no lo dejarían cantar a uno o no darían ganas de hacerlo.

De todos los hermanos, Alberto fue el que tuvo más dificultades para recordar detalles del viaje. Se acordaba bien de la mudez súbita de mi mamá, del café con leche y de la piyama en el lavamanos. Pero recordaba eso y únicamente eso, como una pared en donde hubiera solo tres cuadros. Y de pronto entendió por qué. Escribe Patricia: “Tomás, para seguir, te cuento que recibí una nota de Alberto anoche. Dice que realmente cree no haber estado en ese viaje por el Magdalena”.

Ya en lo que toca a la llegada y desembarco en Magangué y a la manera como viajamos de esa cálida población a la igualmente cálida Tolú, la única que recuerda algo es Clarita: “Lo que me quedó de Magangué son los vendedores de huevos de iguana, y la imagen de unas bolas rojas de carne que vendían en poncheras de aluminio”.

De ese trecho del viaje, los demás recordamos exactamente lo mismo que Alberto. Es decir, nada. O casi nada, mejor dicho, pues si se hace un esfuerzo aparecen algunas formas indeterminadas que bullen allí, en lo profundo de la memoria, y allí se quedan, sin alcanzar la superficie.

Los que siguen resistiendo bastante bien hasta ahora son los recuerdos del vapor (el NN) y del río: trazos cortos y desconectados, es cierto, pero de mucho color, y destinados a durar todavía algún tiempo.

Butifarras. Así se llaman las bolas rojas de carne que vio Clarita.

 

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