Ilustración de Jim Pluk.

En el cielo de Pangboche

"Has aterrizado en medio de la montaña, en ese corte más parecido al mordisco de un gigante que a una pista de aterrizaje, y ahora desciendes con tu mochila al hombro, mirando la inmensidad del cielo y de las montañas que lo ciñen. Respiras el aire fino y helado de Lukla para apaciguar tu corazón". Un relato de la escritora chilena Carla Guelfenbein en la edición número 123.

2015/12/11

Por Carla Guelfenbein

Subes la escalera y antes de entrar a la avioneta miras la explanada donde los pequeños aviones con sus colas pintadas de colores aguardan pacientes a sus pasajeros. Budha Airlines, Cosmic Airlines, Yeti Airlines, Gorkha Arlines. Aunque sabes que ya es muy tarde, te preguntas una vez más si estás preparada. Detenida en el último escalón miras al cielo, el polucionado cielo de esa ciudad que estás pronta a dejar para embarcarte rumbo a las montañas.

Oíste su nombre por primera vez en boca de John Lennon.

There’s a one-eyed yellow idol to the north of Kathmandu
There’s a little marble cross below the town
There’s a broken-hearted woman tends the grave of Mad Carew
And the Yellow God forever gazes down.

Dentro de tus ojos llevas bicicletas maltrechas que golpetean las calzadas de piedra de Katmandú, santones escuálidos rezando en las esquinas mientras las motonetas arrojan una fumarada negra sobre sus mundos celestiales, niños descalzos con los ojos enquistados que corren gritando hacia la luz.

Alguien a tus espaldas masculla impaciente.

Sabes que no puedes seguir dilatando los minutos, que debes subir el último escalón y entrar a la avioneta a hélice que está pronta a despegar. Dos filas de tres asientos cada una y un niño al fondo que hace pompas de jabón, mientras su madre, arropada con un sari color rosa, observa por la ventanilla el último escollo de la ciudad que se pierde bajo el ruido infernal de las hélices.

Ya estás en el aire. Tu compañero de asiento, un joven de ojos rasgados y vellos en la barbilla, ha sacado una guayaba y la pela lentamente, mientras el líquido ámbar escurre entre sus dedos. Y entonces te dices: es el olor. El olor a carne humana chamuscada y esa nauseabunda fetidez que permanece pegada a tu piel. ¿Es por eso que aceptaste el reto del monje Barath? Se acercó a ti mientras dabas vueltas alrededor de la gran estopa en un camino sin destino. Con su voz aguda, te retó a subir la montaña donde las almas de los cuerpos que ardían a lo lejos emigraban cuando el resto se volvía cenizas.

Con la frente apoyada en la ventanilla, examinas la tierra oculta bajo la espesa capa de verdor. Imaginas el pájaro de metal surcando el cielo. Los minutos transcurren apretados y tensos. De pronto sientes los tumbos, y te das cuenta de que la avioneta, relinchando como un caballo salvaje, se ha arrojado contra una minúscula tajadura en la superficie verde de la montaña. Cierras los ojos. Balanceos, golpes, un ruido infernal, y luego el silencio.

Has aterrizado en medio de la montaña, en ese corte más parecido al mordisco de un gigante que a una pista de aterrizaje, y ahora desciendes con tu mochila al hombro, mirando la inmensidad del cielo y de las montañas que lo ciñen. Respiras el aire fino y helado de Lukla para apaciguar tu corazón.

Un chico te hace señas mientras a pasos rápidos se aproxima a ti. Sabes que es Ramish, a quien Barath te ha encomendado. “Bienvenida a las tierra de Barath”, te dice en un inglés apenas comprensible cuando están frente a frente, al tiempo que te extiende la mano. Su piel tiene la textura de los árboles y su cuerpo, la llaneza de la juventud. Deben partir ya, te dice. Se les ha unido Joshi, quien carga en sus escuálidas espaldas un bulto tan grande como él. Te recuerda el caparazón de un caracol. Joshi sonríe tras su boca desdentada. Nunca deja de sonreír. Piensas que tal vez es un gesto que ha quedado estampado en su rostro como un sello. Es él quien carga tu morada y los alimentos. También Ramish se ha echado un bulto al hombro. Sin mediar más palabras echan a andar por un sendero y dejan atrás las escasas construcciones de Lukla. Ramish va adelante, luego tú, y unos metros más atrás, Joshi. Caminas y el cielo se vuelve más alto. Caminas y las montañas crecen. Caminas e intentas escuchar el graznido de los pájaros en lo alto. Una altura inimaginable. Caminas y la intensidad del sol acecha. Caminas y tu boca se seca. Ramish abre su termo de té verde y tomas su contenido con rapidez para que la manteca de la hembra del Yak no se solidifique en tu garganta. Es un sabor amargo y salado. Quieres escupir pero tragas. Sigues caminando. El día avanza. Se cruzan con un hombre encorvado que carga una cocina a leña. Lleva una coleta en lo alto de la cabeza anudada con lanas viejas, va vestido con ropa de cuero raído. “Seguro viene de Sikkim —te dice Ramish—. Debe llevar caminando con la cocina al hombro al menos ocho días”.

Montan y luego descienden en un infinito andar. Sientes que estás otra vez en la gran estopa dando vueltas. Te mareas, pero sigues, apenas sientes el cuerpo. Oscurece. El aire se vuelve frío y cortante. Las sombras ocultan los confines del camino. A lo lejos divisas luces amarillas que titilan en los últimos estertores de la tarde. La noche se cierra. Las luces que has visto a lo lejos son las lámparas de aceite que se asoman a través de las ventanas de las mejores moradas del pueblo. Las otras desaparecen en la oscuridad como si estuvieran deshabitadas. Algo te dice, sin embargo, que no lo están. Que tras la penumbra, decenas de ojos observan vuestras tres sombras que avanzan. En un claro del pueblo, Joshi levanta tu carpa, mientras Ramish enciende el fuego y prepara la merienda bajo el techo de un gran árbol. No hay luna. Comen en silencio. Con el cuerpo aterido, observan la oscuridad. Entras en tu minúscula carpa y vestida te introduces en tu saco de dormir. Al siguiente día continúan caminando, atraviesan un bosque de rododendros, alquerías abandonadas, un monasterio en ruinas que aún guarda su olor a ceras y en cuyo techo desflorado un monje en harapos les sonríe. Tierras agrestes y el fondo coloreado como mil cerillas encendidas que estallan. Y luego la noche, la merienda silenciosa en tu vasija de greda.

Y así continúan, en ese eterno andar.

Hasta que una madrugada los ves. Son cientos de pájaros que avanzan ordenados en el cielo de Pangboche hacia el levante del sol. Recuerdas ese largo poema de Attar que un antiguo novio con afanes místicos te leyó bajo las estrellas, mientras tú, sumida en el más profundo tedio, solo añorabas que te tocara. Te resuena vagamente. Cientos de pájaros que un día emprenden el vuelo en busca de su rey. Tras años de búsqueda, su viaje llega a su fin cuando un día se encuentran frente a un gigantesco espejo donde sus propias imágenes se proyectan ante ellos. ?“¿Los ves?”, te pregunta Shamir indicando el cielo de Pangboche, al tiempo que te tiende el cuenco de agua tibia y la toalla fucsia con que cada mañana te recibe al despertar. “Sí, los veo”, dices, y comienzas a lavarte la cara y las manos para estar pronta a continuar.

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