Ilustración de Jim Pluk.

Paseo por el Monte de la Virgen

Un relato de viaje del escritor portugués Afonso Cruz. Su recorrido por los Monasterios del Monthe Athos, un área montañosa situada en Macedonia Central, al norte de Grecia, es un viaje hacia uno de los lugares sagrados de la Iglesia Ortodoxa.

2015/12/11

Por Afonso Cruz

El primer monasterio donde pasé la noche, después de entrar en el Monte Athos, fue el de Gregoriou. Me llevó allá un viejo llamado Kostas, que me adoptó desde que transité del mundo secular al Monte de la Virgen, como le llaman a esta península habitada por más de 2.000 monjes. Allí, la igualdad no aplica y las mujeres no entran. No hay hembras de ninguna especie, sean estas gallinas, cabras o mulas. Por esos lados, las mulas son machos. Es así hace más de 1.000 años, y los monjes que viven en el Athos pretenden mantener la tradición, aunque esto les cueste la pérdida de las ayudas comunitarias para restaurar de los monasterios y sketae.

En una tiendita, justo a la entrada, después de haber mostrado el diamonitirion (permiso de ingreso), compré pan y aceitunas. Unas aceitunas grandes como endrinas, saladas, negras y arrugadas como damas viejas. Para acompañar las aceitunas, compré un enorme pan blanco. Todo esto, siguiendo los consejos del viejo Kostas (así se refería a sí mismo).

Cuando llegué a Gregoriou, bebí un vaso de raki, comí lokumi (dulces que también son conocidos como turkish delights, pero que los griegos aseguran que son griegos) y bebí un café turco (que los griegos dicen que es griego). Es una costumbre y da fuerzas contra el frío intenso y el cansancio de las caminadas. Allí todo es subiendo por caminos tortuosos, para cabras (machos cabríos, en esta geografía específica, ya que las hembras están prohibidas), con vista al mar, el mismo en el cual Egeo se tiró por culpa de un olvido de Teseo.

Asistí a las primeras misas, largas, de más de dos horas, llenas de incienso y cánticos. Algunos monjes duermen durante la ceremonia, arropados por la música o por simple aburrimiento. Las personas como yo no pasan de la primera sala: las iglesias están divididas en tres espacios, uno para oyentes, otro para catecúmenos y el último para fieles. A la antigua. En el refectorio también me ponían en una mesa aparte. El leyente leía cualquier cosa en griego mientras la comida (a veces con pescado, pero siempre sin carne) era acompañada por el vino de Athos.

—¿Por qué razón me tengo que quedar aquí en la entrada, lejos de todo el mundo?
—Tradición —me respondían.

El viejo Kostas traducía lo que yo no entendía, señalaba lo que no veía y me aconsejaba sobre lo que no lograba vislumbrar. Kostas iba todos los años en peregrinación al Monte, durante un mes, con pan, un bastón, aceitunas y lleno de rezos acumulados en el cuerpo, en la piel y en los huesos. Contemplaba todos esos monasterios junto al mar como si fueran oraciones de piedra. Era un hombre de unos 70 años, con barba blanca. Había sido actor, había huido a Australia por haber despreciado la dictadura, y había vuelto. Era dueño de un anticuario en Atenas, y ya no pensaba mucho en Brecht. Una de las noches en que estuvimos juntos, se puso a representar cualquier cosa, con el pelo blanco revoloteando, las manos cerradas, la voz tensa y la cara roja, llena de pasión.

Un día me dijo que rezar no consistía en pedir, sino en dar (Evelyn Waugh escribió algo semejante). Allá, en el mundo de afuera, era Navidad. El calendario del Athos es diferente al nuestro, es el antiguo que no incluye la corrección del calendario gregoriano. Por esta razón, en el Monte todavía faltaban algunos días para Navidad. Diez, para ser exacto.

En ese momento, los monjes comenzaban a prepararse para ayunar, y eso no era buen augurio. Servirían menos comidas. En otro monasterio del Athos, el de San Paulo, conocí un joven de unos veinte y pico años que me dijo que el Dios de los católicos no era el verdadero Dios, que era una mentira.

—No puede haber dos dioses, uno falso y uno verdadero, eso sería maniqueísmo —argumenté.
—Claro que sí.
—Eso significa que el Dios único no es el único. También existe el falso.
—¿Para dónde vas después? —me preguntó el muchacho.
—Voy para Macedonia.
—Aquí es Macedonia, nosotros somos los macedonios, nosotros somos quienes descendemos de Alejandro. Los otros son eslavos.
—¿Los macedonios son eslavos?
—Los macedonios son griegos.—Y entonces, si no voy para Macedonia, a pesar de dirigirme a un país llamado Macedonia, ¿para dónde es que voy?
—Qué sé yo; para Skopje.
—Skopje es la capital de Macedonia.
—Aquí es Macedonia. ¿De dónde es que vienes?
—De Estambul.
—De Constantinopla —corrigió. Y, a esa altura, yo ya estaba de acuerdo con él en todo.

El joven me contó que había ido al Monte para hablar con un ermitaño. En la montaña existen tres tipos de monjes: los cenobitas (que viven en los grandes monasterios amurallados siguiendo las reglas de la comunidad), los que viven en las sketae (en casas agrupadas como en una pequeña aldea, donde existe ayuda mutua pero no hay reglas de comunidad) y los ermitaños (que viven aislados en casas modestas o en grutas). El muchacho quería saber si debía casarse. El monje, una especie de oráculo pítico, le aconsejó dejar a su prometida, ya que ella solo quería su dinero.

Esa noche teníamos que despertarnos antes de la madrugada para poner comida en una bolsa plástica, ya que no habría nada para comer durante el día. Kostas me despertó para ir a buscar lo que cupiera en mi bolsa, pero la pereza me venció. Por la mañana, cuando me levanté, había una bolsa con comida en la cabecera de mi cama, que el viejo Kostas había dejado. Y una nota explicando que había ido a visitar a un ermitaño amigo suyo, y que me deseaba buena suerte.

Salí entonces del monasterio con el muchacho del día anterior y con otros dos griegos.

—Cristóbal Colón era griego —me decía uno de ellos, que era profesor.

Yo estaba de acuerdo con todo.

El mal tiempo acabó por hacer de las suyas y no me aceptaron en el monasterio hacia donde me había dirigido, pues estaba lleno. Tuve que devolverme. Llovía y hacía un frío insoportable. Tenía las botas mojadas. Cuando volví al monasterio de San Paulo, ahí estaba Kostas. Con gran entusiasmo, me dijo que yo tenía que ir a ver a su amigo anacoreta para hablar con él. Me preguntó:

—¿Hablas francés?
—Me defiendo.

Y entonces nos fuimos a un lugar cerca del monasterio de Dionisiou, donde deberíamos dormir, a conocer al ermitaño, quien fue un escritor relativamente conocido en Grecia, y ahora era un asceta en el Athos. Subimos la colina hasta su cabaña, luchando contra el viento y la lluvia. La vista era espléndida, y Kostas soltaba sonoros chasquidos mientras admiraba el paisaje. El ermitaño era grande y gordo, su nariz en forma de tubérculo, roja; su parecido con la idea que tenemos de Papá Noel no era solo una sugestión del momento. Nos sentamos junto al fuego. Kostas balanceaba su cuerpo, dejando resonar unas plegarias. El ermitaño me contó sobre su vida anterior, cuando era escritor. Hablamos de libros, claro, de los suyos y de otros, y de arte. Me aconsejó que leyera a Silvano y a Sofronio. En una de las bibliotecas del monasterio de Simonos Petra (el más dramático de los monasterios del Athos) encontré un libro del primero de ellos, en inglés, que leí comiendo lokumis (que los turcos aseguran que son turcos) y café turco (que los griegos dicen que es griego).

El viejo Kostas era como un guía turístico. Insistió en que era necesario ver los íconos y hablar con el artista que los pinta: fuimos a los talleres de unos monjes, aprendimos la diferencia entre el periodo ruso y el periodo griego, lo que se necesitaba para pintar y cómo se hacen los colores. Acabamos durmiendo en una sketae cerca de allí, llamada Santa Ana. En una de las casas, había un loco furioso (fue así que Kostas me lo presentó). Hacía poco tiempo que había salido de prisión y se había retirado a peregrinar. Fue la primera vez que conocí a un loco furioso, y hasta me pareció muy calmado. Usaba un abrigo de marinero con una camisa de pescador por debajo, en tonos anaranjados.

Por la noche, Kostas bloqueó la puerta de nuestra celda con su cama y se sentó en ella a rezar. Un loco furioso puede hacerle mucho bien a la devoción, ya que Kostas pasó toda la noche con las sartas en la mano, balanceando el cuerpo hacia atrás y hacia adelante, en estado de completo pánico. Pero sin parar de rezar.

Algunos días después, llegó el momento de salir del Athos. Mi permiso estaba a punto de expirar; los no ortodoxos no pueden permanecer sino un determinado tiempo allí. Me dirigí al puerto y comprendí que no había barcos. Estaba preso en el Monte por el mal tiempo.

Mientras esperaba a que la tempestad pasara, mientras esperaba un barco —que no iba a aparecer así tan rápido—, conocí a Alexandros, un monje austriaco. Al tiempo que yo comía el resto del pan con aceitunas que había comprado el día en que llegué al Monte, el monje hablaba de su vida. Había vivido en una gruta, en Siria, durante unos 20 años. En otra gruta, que quedaba en Israel, había vivido otros 15 años, y ahora tenía una cabaña en el Monte. Hablaba muy mal de los judíos y se jactaba de comunicarse con todos los animalitos, en especial con una salamandra. Mientras conversaba con ella, decía, la calentaba entre sus manos. Gracias a estas informaciones esópicas, comencé a llamarlo, en mi mente, Blanca Nieves.

Unos días después, el clima mejoró y pude salir del Athos. En el mundo de afuera, Navidad ya había pasado, pero en el Monte todavía no. Por esa razón, ese año no tuve Navidad. Atravesé Macedonia, Albania, Bosnia, Croacia y Eslovenia. Cuando llegué a Lisboa, había un paquete en el buzón con una dirección del Monte Athos, y una leyenda: “Sagrado Monte Athos, aeropuerto hacia el cielo”. Era de Alexandros, Blanca Nieves. Como en el puerto yo había intercambiado una o dos palabras en rumano con un novicio que estaba con él, el monje quedó convencido de que yo hablaba esa lengua. El paquete contenía unas fotocopias en rumano envueltas en un mantel con motivos navideños del libro que él había escrito. El manuscrito se intitulaba “La inusitada historia de mi vida”. En la última página, escrita en tinta roja, había una invitación a que me convirtiera a la fe ortodoxa, a que me volviera novicio y me fuera a vivir con él, ya que de esta forma podría “ayudarme a responder a mis muchas preguntas sobre la fe y sobre Dios”. Terminaba así: “Pese a que el silencio es mi más amado lenguaje, así como el dulce habla de mis pájaros del bosque”.

Conocí a varios monjes mientras estuve en el Monte Athos. Oí discusiones sobre Juan Crisóstomo, el Greco, acusaciones al papa, elogios a Clemente de Alejandría. Unos monjes eran más simpáticos que otros, o más austeros, había algunos bastante inteligentes, otros menos, pero quien me pareció más cercano a un santo fue el viejo Kostas, que nunca más volví a ver y que no era monje. No tengo valor para dedicarme totalmente a Dios, decía, y recusaba elogios señalando a los monjes del Monte: son ellos quienes tienen valor. Tal vez, Kostas, tal vez, pero Santa Teresa de Jesús dijo algún día: “Si hay una cosa de la que estoy segura es de que no soy ninguna santa”.

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Les informamos a todos nuestros lectores que el contenido de nuestra revista impresa en nuestro sitio web será exclusivo para suscriptores.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción por favor ingrese la siguiente información:

No tiene suscripción. ¡Adquierala ya!

Si usted tiene algún inconveniente por favor comuniquese con nosotros en Bogotá al 7421340 o a la línea nacional gratuita 018000-911100 (Lunes a Viernes de 7:00 am a 8:00 pm, Sábados de 09:00 am a 12:00 m).

Su código de suscripción no se encuentra activo para esta publicación