Ilustración de Jim Pluk.

No viajar

A Selva Amada los viajes le abruman. No le gusta dejar su casa, ni su rutina, ni tampoco regresar días después y encontrarlo todo distinto. En su edición número 123 Arcadia comparte un relato de la escritora argentina.

2015/12/11

Por Selva Almada

Entre los 9 y los 19 años quise ser periodista. Creo que lo que más me atraía de la profesión era ser famosa y los viajes. Los periodistas, en mis fantasías de niña, viajaban por todo el mundo, escribiendo sobre guerras y catástrofes. El frente de batalla, un tsunami, un terremoto que destruyera una ciudad entera como si por allí hubiera pasado Godzilla era, según parece, mi idea de hacer turismo, de viajar, de conocer el mundo. Una idea un poco retorcida o quizá la idea de una chica proletaria para quien viajar de otro modo, por placer, por ocio, para hacer compras, era una frivolidad, un lujo imposible de darse.

Luego abandoné el proyecto del periodismo y abracé el de la literatura. El deseo de viajar desapareció completamente de mi horizonte. Para ser periodista y escribir sobre los grandes temas había que desplazarse por el mundo; pero para escribir cuentos y novelas, no. El viaje de la literatura es sedentario, lo puede hacer solo la cabeza, la imaginación.

A los 20 años, mis amigos viajaban con sus mochilas al norte argentino, a Bolivia, a Perú. Yo no viajaba. Esperaba sus regresos, sus historias de viaje, sus fotos si alguna vez las revelaban (no había fotografía digital en los años noventa y rara vez había dinero para sacar las imágenes del negativo y llevarlas al papel). De todos modos, no me importaban esas imágenes, sino lo que ellos podían contar, lo visto reconstruido con sus propias palabras.

Una década más tarde, Latinoamérica ya no parecía suficiente para ellos y entonces ahorraban dinero para viajar por Europa, otra vez con mochilas pero más grandes. Entonces yo esperaba sus correos electrónicos repletos de anécdotas y situaciones que se sucedían a modo de postales. Yo no viajaba.

Mi amigo Cristian se fue a Londres y vivió allí una década. Cada año me escribía para decirme que fuera, que en su casa (primero un barco, luego un departamento pequeño, luego una casa más cómoda) había un lugar para mí. Que aprovechara mientras él viviera allá, porque Londres es una ciudad hermosa pero muy cara para nosotros. Pero yo no viajé, no fui a visitarlo ni una sola vez en todos esos años.

Escribo esto a bordo de un tren TGV, atravesando Francia, de Lyon a Lille. Yo no viajaba, no había viajado nunca hasta hace dos años y pico. A fines de este mes de noviembre, cuando termine mi agenda de viajes, en el año 2015 habré tomado 25 aviones y once trenes AVE y TGV. En 2014 abordé la misma cantidad de aviones.

Y no se debe a que, cumplidos los 40 años, me haya agarrado un repentino interés por los viajes. Viajar sigue sin interesarme demasiado. Pero hace un par de años mis libros circulan por varios países y ese es el motivo: viajo por trabajo.

Si las ganas de comer, como decían las viejas de mi pueblo, vienen comiendo, las ganas de viajar, créanme, no vienen viajando.

La perspectiva de un viaje siempre me abruma: dejar mi casa, mis cosas, mis rutinas; volver días o semanas después y encontrarlo todo distinto, tener que acomodarme, acostumbrarme, volver a encajar en mis sitios familiares. Sentir que todo ese tiempo fuera de casa fue un tiempo perdido; que estoy atrasada tanto en mi trabajo como en mis afectos: falté a cumpleaños, a reuniones, a fiestas, a presentaciones de libros… Mis gatos, cuando vuelvo, me dan la espalda.

No sé armar una valija. Siempre llevo o demasiadas cosas y uso solo la mitad, o llevo demasiado poco y tengo que salir a comprar algo. O llevo todo liviano y después resulta que hace frío.

No imprimo las cartas de invitación ni pregunto en qué hotel me voy a hospedar ni pago el seguro de viajero y esto me ha traído varias veces problemas en los puestos de control de los países a los que llego: ¿Cómo que no sabe adónde se va a quedar? ¡¿Cómo que no tiene seguro?! ¿Y si le pasa algo? ¿Cómo sé yo que usted es escritora, solo porque me lo dice? ¿Por qué tiene tantos sellos en su pasaporte? Cosas así he tenido que explicar más de una vez, pero no aprendo, y al viaje siguiente hago lo mismo.

No hago el check-in electrónico y siempre me tocan los peores asientos: en el medio de tres tipos grandotes en las filas de cuatro o al ladito del baño y la cocina, esa mezcla de meo y café luego de varias horas de viaje.

Sin embargo, me gusta el momento del viaje: no el antes de preparar las cosas ni de esperar en el aeropuerto; ni el después de buscar el equipaje (siempre me da miedo que mi valija se pierda) y hacer la cola en migraciones o en la aduana. El viaje en sí: subir al avión o al tren o al ómnibus y dejarme estar en esas horas limbáticas, de tiempo suspendido, de no hacer nada fuera de dormir o leer o ver películas. El aire enrarecido de esos transportes con las ventanas blindadas, la nada blanca, algodonosa de las nubes afuera del avión; el paisaje veloz afuera de los micros y los trenes. En esas horas no me reclaman ni el trabajo ni la gente ni el teléfono ni el correo. En esas horas soy una mujer en tránsito, que se adormece, que se despierta, que vuelve a adormecerse.

Me gusta estar en el hotel echada en la cama mirando televisión y comiendo las cosas del frigobar. Me gustan las toallas y las sábanas limpias, la flor generosa de la ducha, el champú, la crema de enjuague y los jabones en sus envases diminutos. Me gustan los desayunos opíparos, el café con leche (solamente lo tomo cuando viajo), la mantequilla en su envoltura ínfima, el queso, los jamones, los panes… unos sanduchitos de miga con queso blanco y rúgula, envueltos en papel de seda, que sirven en un hotel de Madrid. Aunque no toco las frutas, me gusta verlas, tan frescas, tan coloridas, en las bandejas. Aunque no como cereales, me gusta verlos, tan secos y crujientes en sus bowls de vidrio. Me gusta desayunar escuchando la palabra “tapioca”, sintiendo el olor a los huevos revueltos y la panceta.

Claro que no siempre los hoteles son confortables. También estuve en cuartos con olor a humedad, con colchones finos como fetas de fiambre, con toallas raídas, camas angostas, agua tibia y mala conexión a internet. Hoteles donde sirven el peor café del mundo, un agua sucia con sabor a medias viejas y un chorro de leche aguachenta; medialunas secas y jugo de naranja en polvo. Ventana con vista a una pared o a un baldío tenebroso. Persianas desportilladas y vidrios sin burlete por donde se cuela el viento helado del invierno.

Este año estuve en un hotel en Empedrado, en la provincia de Corrientes, frente al río Paraná, uno de los hoteles más feos que recuerdo. Se notaba que había tenido mejores tiempos, que había sido construido como un símbolo de progreso y pujanza del pequeño pueblo situado a 1.000 kilómetros de Buenos Aires, pero que el proyecto había fracasado. Tenía la apariencia de un nicho de cementerio: rectangular, alargado, con ventanas estrechas. Las paredes exteriores adornadas con unas molduras de ladrillo pintados de blanco que, según como se mirasen, parecían cruces. La habitación era bastante amplia, pero los vidrios de la ventana que daba a un parque con el césped corto y cuidado y algunos árboles eran fijos. Imposible abrir y ventilar, tomar un poco de aire, sacar la cabeza. Por todas partes chorreaba agua: los vidrios, los azulejos del baño, las paredes. El respaldar de la cama, de madera, estaba amohosado.

Había viajado con diagnóstico de bronquitis y una semana de antibióticos por delante, una tos que me partía al medio y una angustia que apenas se apaciguaba mirando el Paraná desde una reposera blanca, como una enferma decimonónica. Tuve miedo de morir en ese humedal en el que dormía y pasaba largas horas mirando televisión, tapada con el acolchado pegajoso. Pensaba en Fogwill a quien, dicen, mataron en un hotel de Montevideo demasiado frío para su frágil salud. Pensaba que yo también me iba a morir allí.

Revolviéndome en mi cama prestada, recordaba las cosas que había escuchado de Empedrado: los sacrificios humanos, los ritos umbandas, las fiestas sexuales en las que participaban niños. Estos recuerdos no ayudaban, claro.

Pero al cabo de unos días escampó. La pelea de gatos que me subía y bajaba por el pecho empezó a calmarse. La miel cosechada en el lugar me ayudó con la garganta. Empecé a salir, el sol brillaba, el río tan enorme y poderoso me regalaba el lomo lleno de escamas que brillaban de distintos colores según les diera el sol y según la hora del día.

El pueblo es chiquito, se puede atravesar de una punta a la otra desandando 30 cuadras. Es un lugar muy antiguo también, siguen en pie algunas casas de la primera mitad del siglo XIX; conviven la iglesia de Nuestro Señor Hallado con varios templos evangelistas, el culto a San La Muerte y a San Baltasar, que tiene una capillita alegre, llena de colores, en los fondos de una casa de familia. Esto es curioso y muy común aquí: capillas y templos en casas particulares y también minúsculos cementerios: dos o tres tumbas con sus lápidas, sus cruces, sus flores levantadas en los patios.

Fui a uno de estos templos, el de San La Muerte, construido en la casa de la señora Marina, casi donde el pueblo se termina y empieza el río.

La señora Marina es joven y tiene poderes, puede curar. Un don que descubrió de pequeña, que la asustó mucho y que tuvo que aprender a dominar. Un don que heredó de su abuela. La curación más grande que hizo fue lograr que un muchacho que había quedado paralítico se levantara de su silla y volviera a caminar.

El templo es un cuartito de cemento, chiquito, donde apenas hay lugar para su trono dorado y una sillita donde se sientan los consultantes. Todo lo demás está ocupado por figuras de San La Muerte de distintos colores —cada color significa algún don particular— y por las ofrendas que los fieles le dejan: botellas de whisky caro, cigarros y hasta comida, que se van devorando de a poco las hormigas negras.

La señora Marina está embarazada, así que unas semanas antes de parir debe dejar de atender y todavía esperar un poco más antes de retomar. Una especie de licencia por maternidad que hasta el propio santo respeta.

Hay que hacer muchos sacrificios, me dice: periodos largos sin mantener relaciones sexuales, por ejemplo; no tomar alcohol y las fuertes migrañas que le agarran los días en que atiende las interminables filas de consultantes que se amontonan en la vereda de su casa. Y, sobre todo, estar siempre allí, en su casa, en su templo de Empedrado; quien la necesite debe poder encontrarla, aunque para casos excepcionales también atiende consultas vía teléfono celular.

Pero hay que estar, me dice, yo no puedo viajar a ninguna parte porque mirá si justo me voy y alguien me necesita.?Lamento no haber conocido a la señora Marina apenas llegué, sino pocas horas antes de volver a Buenos Aires. Quizá ella me habría ayudado con la bronquitis mejor que los antibióticos.

Cuando nos despedimos, me pidió que volviera a visitarla.?Tal vez vuelva un día. Después de todo, creo que lo mejor de viajar es conocer gente como la señora Marina, gente extravagante. El mundo está lleno de gente rara, y la gente rara es lo mejor que tiene el mundo.

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