Abelardo Carbonó nació en Ciénaga, Magdalena, en 1948. / Foto: Harold Lozada.

El psicodélico padre de la champeta

Barranquilla era y es un hervidero de música popular con verdaderos tesoros escondidos que poco circulan en el resto de Colombia. Uno de ellos es Abelardo Carbonó, un guitarrista poderoso que desde hace 40 años es llamado el padre de la champeta en la ciudad. Su música y legado comienzan a ser revalorados en el país.

2015/12/11

Por Jaime Andrés Monsalve B. * Bogotá

A mediados de la década del setenta, cuando la salsa, la cumbia y el vallenato hacían de las suyas en la costa Caribe, Barranquilla se vio invadida por los sonidos africanos. Un día, probablemente en una calle del barrio Nueva Colombia, empezaron a sonar a considerable volumen la guitarra eléctrica de un soukous de Kanda Bongo Man o la voz de la surafricana Miriam Makeba. Y en lo sucesivo, como si se tratara de un virus, el contagio se hizo imposible de eludir.

Muchas teorías empezaron a entretejerse con el tiempo acerca del origen de la invasión. Las menos angeladas hablaban de marineros mercantes que regresaban con discos africanos y haitianos desde París, Nueva York, las Antillas y, claro, África. Las más arreboladas hablaban de técnicos en aviación colombianos contratados por el gobernante de facto en Zaire, Mobutu Sese Seko, para que pusieran a punto una flotilla comprada a una aerolínea local en quiebra. A Kinshasa, decía la leyenda, llegaron con aviones y volvieron con discos.

Más de 30 años después, cuando se le pregunta a Abelardo Carbonó acerca de las evidentes influencias africanas que hay en los discos que grabó a lo largo de la década del ochenta, asegura, con cierta suficiencia, que no tenía conocimiento alguno de esos sonidos que recorrían su ciudad. “Lo que pasa es que cuando yo empecé a tocar, los que oían mi guitarra escuchaban otra vaina distinta, otro sentido de la música. Pero en ese tiempo yo no tenía un patrón”, me confió el músico en el pasado Carnaval Internacional de las Artes, evento en el que por primera vez Carbonó reunió a su banda champetera tras 15 años de inactividad. “Yo no toco música africana: yo toco música afrolatina que traspasó el Caribe”.

Con su guitarra acústica y un juego de percusiones que incluye batería, tumbadoras y caja vallenata, en un ambiente en el que imperaban los sonidos africanos, Carbonó se convirtió en el padre indiscutible de la champeta barranquillera, nacida de manera paralela a la que se iba fraguando en Cartagena, más influida por la guitarra eléctrica y los sintetizadores, y en San Basilio de Palenque, enfatizada en los tambores. “Hay un muchacho en Cartagena que tiene tarjetas que lo presentan como ‘pionero de la champeta’. Yo por eso no entro en esa discusión —dice—; no vaya a ser que ese man me pegue…”.

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Hasta la llegada de aquellos discos, los picós barranquilleros se disputaban quién tenía el mejor, más raro y exclusivo LP de salsa o de música cubana. Híbrido del sound system y armario para discos dentro de gigantescas y brillantes cajas de madera adornadas con bombillas y escenas pintorescas, los pick-ups o picós definieron el gusto popular y le dieron circulación a la música, mucho más que la radio y la televisión misma.

La historia, aún difusa, hablará de un primer picotero que se arriesgó a lanzar entre salsa y salsa una rumba congolesa o un afrobeat nigeriano. Lo cierto es que luego, como espuma que crece, sus competidores hicieron lo propio, y en los establecimientos aledaños, que en buena parte dependían de que los temas musicales fueran del gusto popular, esos ritmos fueron generando un público fiel. Hubo quienes viajaron consuetudinariamente hasta Estados Unidos para traer consigo los temas de moda. Algunos de los nombres de dichos viajeros, dueños de picós unos y comerciantes otros, citados por Carmen Abril y Mauricio Soto en su investigación Entre la champeta y la pared, son los de Omar Torreglosa, Donaldo García y Humberto Castillo.

Años después, por el paso al soporte del CD, por el cierre de determinados picós o por la muerte de sus dueños, buena parte de esas primeras grabaciones empezaron a aparecer en las ventas de viejo cercanas al Paseo Bolívar. Son discos fáciles de identificar: casi todos están intervenidos de diferentes maneras, no siempre para bien.

Carátula de un disco realizado por el músico.

“En general, los discos barranquilleros han tenido mucho uso por la cultura musical de la ciudad: es muy difícil encontrar material que no tenga rayones o marcas de uso —explica Mario Galeano, coleccionista y músico de proyectos como Frente Cumbiero y Ondatrópica—. Hay muchos a los que les han tachado los nombres de los artistas, les han arrancado la etiqueta o se las han tapado con calcomanías o con papel. En casos más especializados, los picoteros hacían pinturas acrílicas con diseños variados sobre el cuerpo mismo del disco, tapándolo todo y dejando al descubierto solo el corte que querían promover”.

Ese extraño envilecimiento de los discos por sus dueños tiene una razón de ser: los picoteros querían mantener ocultos, a toda costa, los nombres de los músicos y las canciones exitosas, para que nadie más pudiera tenerlas. Y dado que con o sin su nombre original a los temas había que llamarlos de alguna manera, empezaron a proliferar las denominaciones fonéticas. Tuvo que pasar mucho tiempo (¡bendito Shazam!) para que se supiera que El cheque (bautizado así por un coro que parecía decir “deme el cheque”) era en realidad Vie Ya Moto de los congoleses Pepe Kalle y Empire Bakuba; y que el archifamoso Hit the Road Jack, de Ray Charles, no se llamaba El mono mono, aunque su coro (“Don’t you come back no more, no more, no more, no more”…) pareciera reafirmarlo a pies juntillas.

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Antes de todo ello, Abelardo Carbonó había dejado Ciénaga, población donde nació en 1948, para irse a residir en Fundación, Magdalena, con sus padres. Allí, junto a sus hermanos Abel y Jafet, aprendió los rudimentos de la guitarra de manos de su padre, un tío y su abuelo, quienes integraban un trío de boleros. “Fundación era una selva —asegura—. Cuando vine a la civilización a estudiar, no encontraba cómo hacerlo, y se me dio por pasar por la escuela de policía, porque estaban abiertas las inscripciones”. Así terminó vinculado por nueve años a la institución, haciendo parte de sus formaciones musicales.

Durante un traslado a Carrizal, en La Guajira, Carbonó empezó a fraguar la idea de su primer proyecto sonoro. Afirma que no tenía un interés directo en la música africana, pero sí gustaba de una agrupación venezolana que tenía toda esa influencia: el Grupo Bota. Tanto así que su primer proyecto, grabado en Medellín en 1979, llevó por nombre Grupo Abharca, clara alusión a la denominación de calzado de aquella agrupación. Para la grabación, registrada por el sello Caliente, filial de Sonolux, Carbonó se llevó consigo a un indígena wayuu, que fonéticamente cantó en lo que se supone es un dialecto africano, el primer éxito del disco: Schallcarri. ¿Nombre bantú o carabalí? No: “Carrizal” al revés (“Schall Carri”).


Carátula de un disco realizado por el músico.

Así empezaban a aparecer las primeras huellas de la champeta o terapia criolla, que no era sino la manera colombiana de responderles a los sonidos africanos.

Carbonó empezó a ser la carta de disqueras como Sonolux y, más tarde, de Felito y Machuca, sellos independientes barranquilleros en la búsqueda de artistas locales que generaran los réditos que no producían los LP africanos en manos de los picoteros, imposibles de importar en masa o difíciles de licenciar. Fue una época en la que los empresarios del disco empezaron a ingeniárselas para salirle al paso a la moda. Sin ir más lejos, existen al menos tres versiones locales, cercanas todas ellas en el tiempo, de Shacalao, como llamaron fonéticamente a un clásico del afrobeat, Shakara, de Fela Kuti. Una es de Lisandro Meza; otra, de la Cumbia Moderna de Soledad, del intérprete de flauta de millo Pedro ‘Ramayá’ Beltrán, y una tercera, de Wganda Kenya, grupo fundado en Discos Fuentes por el célebre Julio Estrada, Fruko, que se dedicó en estudio a emular esos sonidos africanos y haitianos, de manera que pudieran vender versiones de los temas que los picoteros se encargaban de promocionar gratis.

No fueron los únicos que aprovecharon el asunto: en 1979, Rafael Machuca, dueño del sello Machuca, convocó en un estudio a una cantante llamada Amina Jiménez para que hiciera temas de acento africano, por supuesto recurriendo a una jerigonza inventada. Como se trataba de vender, el disco fue bautizado con un discutible nombre: La extraordinaria Myriam Makenwa. Estaba clara la intención de confundir al público que seguramente buscaba discos de la reina del pata-pata, la surafricana Miriam Makeba. Años después, Amina Jiménez se haría popular como la cantante del clásico de Calixto Ochoa El africano.

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Abelardo Carbonó dejó la policía y también la champeta. Después de casi una decena de elepés, se resignó a ofrecerse como guitarrista y cantante de serenatas en el Parque de los Músicos, atrás del estadio Romelio Martínez. Parecía estar predestinado, pero sus discos fueron redescubiertos dos generaciones después. Lucas Silva, productor musical y creador del sello Palenque Records, empezó a sonar su música en sus Dj sets, y en 2010 incluyó tres temas suyos en la compilación Palenque Palenque: Champeta Criolla & Afro Roots in Colombia, lanzada por el sello inglés Soundway. Pasó poco tiempo antes de que otra casa disquera dedicada al revival de fenómenos sonoros en el olvido, la española Vampisoul, hiciera un trabajo compilado con lo mejor de la obra de Carbonó, incluyendo piezas como Carolina, Guana tangula, Oye mujé mujé y A otro perro con ese hueso; clásicos que siguen siendo bailados en Barranquilla pese a que pocos se acordaban del nombre de su creador.

Muchas sorpresas lo condujeron de nuevo por la ruta de su música. “Yo estaba lapidado, ya yo había tirado la toalla —dijo—. Pero entonces un día una señora me dice: ‘esa ranchera le sonó como una champeta’”. Y eso que parecía un llamado se sumó a una sorpresa mayor: la de la ovación cerrada que recibió en Alemania hace unos años, cuando el público presente supo que el guitarrista que estaba acompañando al acordeonero Aníbal Velásquez no era otro sino Abelardo Carbonó.

Desde su segundo debut en el Carnaval de las Artes 2015, al guitarrista y cantante no le han faltado los compromisos. Hace poco participó de una grabación del cantautor bogotano Masilva en la que fue llamado “el verdadero maestro de la psicodelia del Caribe colombiano”. Sus conciertos reúnen un público variopinto en el que sobresale una juventud interesada en esas músicas que le eran desconocidas.

Por supuesto, junto con el regreso, sus discos originales se cotizan al alza. Aquella grabación primigenia de su Grupo Abharca, por ejemplo, ha sido vendida en eBay por más de 100 dólares. Shane Butrón, nieto de Félix Butrón, fundador del sello Felito y actual dueño del almacén Discolombia en el centro de Barranquilla, ha sido testigo de la especulación creciente en el mercado del LP usado, debido, entre otras cosas, a la proliferación de compradores extranjeros. Él mismo asegura haber presenciado la transacción de un disco de la orquesta africana New Niger City Dance Band por la friolera de dos millones de pesos. Aparentemente solo hay en Colombia dos ejemplares de ese disco en el que se encuentra el tema Egwu Unu’wa, conocido en Barranquilla como El manducazo.

En 2012, el alemán Samy Ben Redjeb, interesado en lanzar un compilado de raíces champeteras en su sello Analog Africa, viajó a Barranquilla con un cargamento de discos africanos para canjear. Unos días después de su llegada, según lo explica en los textos del álbum Diablos del ritmo, fue objeto de una llamada intimidante. Su contacto le explicó: “Pocos conocían los títulos de los temas que los picós han promovido por 25 años, y cuando tú llegas de repente esos nombres empiezan a aparecer. Los temas perdieron exclusividad y muchos están enojados por eso”. Tal es el apasionamiento con la que se vive el rito de la música africana en Barranquilla y tales las historias alrededor de un fenómeno que, por fortuna, renace gracias a Abelardo Carbonó y un puñado de inquietos investigadores y productores.

El viernes 16 de junio, Abelardo Carbonó se presenta en Latino Power.

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