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Al ritmo del Sistema

El sistema de orquestas sinfónicas juveniles de Venezuela acaba de recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, de la mano de su carismático mentor, José Antonio Abreu. Y su orquesta estrella está invitada al Encuentro de Orquestas Sinfónicas que organiza la Universidad Nacional de Colombia.

2010/06/30

Por Jorge Patiño Medina

Formar parte del sistema no es exactamente algo de lo que cualquier adolescente se enorgullecería. A esa edad, la idea es separarse del rebaño o, al menos, buscar algún elemento de identidad que más o menos sirva para decir “yo estoy aquí”. En todo caso, lo mejor es no formar parte del sistema, de esa cosa indefinida de la que parecen formar parte los padres, los políticos, la Policía y todos los que encarnen al poder tradicional.

Sin embargo, en Venezuela formar parte del Sistema es un motivo de orgullo y en este caso, el sistema no es el socialismo del siglo XXI. Se trata, en cambio, de la música clásica que ha resistido la prueba del tiempo, de partituras y de arte con un sentido social.

Cuando en Venezuela se habla del Sistema, nadie se refiere a una mano invisible, a un Gran Hermano que dirige la sociedad, sino al Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles, donde las únicas manos que dirigen son las que llevan las batutas.

Gracias al Sistema, Venezuela tiene un modelo exitoso de formación de músicos, que además se ha exportado al resto del continente. En la actualidad, 23 países —incluida Colombia, con sus orquestas Batuta— han puesto en práctica el sistema venezolano.

Sin embargo, el caso de Venezuela va más allá del hecho de tener un programa pionero o de gran alcance. Allí, el Sistema ya ha producido estrellas de la música clásica. Por “estrellas”, es necesario entender el pequeñísimo grupo de músicos que tienen contratos de grabación con grandes disqueras, o que pueden emprender giras de conciertos que un día los llevan al Royal Albert Hall de Londres y al siguiente a la Ópera de París para ganar el favor de sus colegas, el público y la crítica.

Las máximas estrellas de la música clásica en América Latina se pueden nombrar en pocas líneas: la mayoría son pianistas, como Martha Argerich, Daniel Baremboim (quien también es director), Jorge Bolet o Claudio Arrau, y algunos cantantes líricos como Juan Diego Flórez y José Cura. Si se tiene en cuenta que Bolet y Arrau ya fallecieron, la lista se hace aún más corta.

Por eso no deja de sorprender el caso de Venezuela, donde el Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles lleva 33 años produciendo buenos músicos y exportando un modelo de gestión cultural. Además cuentan con sus propios astros, salidos de barrios en los que normalmente no abundarían los atriles.

Para el gran público, la cara más visible del Sistema es la de Gustavo Dudamel, quien a los 27 años tiene un currículo con el que apenas sueñan otros músicos de su generación. Aparte de ser el director musical de la Orquesta Sinfónica Juvenil Simón Bolívar de Venezuela, ha llevado la batuta de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles (de la que será director musical para la temporada 2009-2010), la Filarmónica de Nueva York, y además es director principal de la Orquesta Sinfónica de Gotenburgo, cargo que anteriormente ocupaba Neeme Järvi. También ha dirigido la Orquesta Sinfónica de Birmingham, la misma que tuvo bajo su mando el inglés Simon Rattle cuando era una estrella en ascenso. El mismo Rattle, quien por invitación de Dudamel estuvo en Caracas conociendo el Sistema, dijo, no por simple cortesía, que “el futuro de la música clásica está en Venezuela”.

Parte de la explicación del éxito del Sistema está en José Antonio Abreu, quien además de ser músico de formación, egresado de la Escuela Superior de Música José Ángel Lamas de Caracas, es doctor en economía petrolera. Para llevar las riendas de una institución que involucra a tanta gente, no solo se necesita un artista que piense en la correcta interpretación de las partituras, sino de un economista capaz de lidiar con presupuestos, convenios, asuntos presupuestales y logísticos. Para Abreu, la labor del Sistema también tiene que ver con un asunto de mentalidad y dice al respecto que “se considera una injusticia social que un niño pobre no pueda comer lo que come un niño rico. Pero no se considera que es una inmensa injusticia social que un niño pobre no tenga acceso a la educación musical que tiene plenamente un niño rico”.

La obra de Abreu ha perdurado tras nueve periodos presidenciales, un largo historial de vaivenes del precio del petróleo, tres intentos de golpe de Estado y el Caracazo de 1989.

El sistema es una institución estatal, cuya estabilidad no ha dependido del gobierno de turno y eso, en una América Latina donde existen más políticas gubernamentales que estatales, es algo admirable. El Sistema es abierto para todos, pero algo que Abreu ha tenido claro es que con él quiere llegar, sobre todo, a jóvenes que de otra manera habrían carecido de la oportunidad de tener en sus manos un instrumento costoso, una formación musical adecuada y, menos aún, de poder llegar a formar parte de una de las principales orquestas de América Latina y viajar por el mundo.

El 24 de octubre en Oviedo, durante la ceremonia en que se le entregó al Sistema el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, el maestro Abreu recordó en su discurso que más destacable que lo artístico es el impacto social que ha tenido su obra: “Desde sus inicios, nuestra labor se inspira en el principio conforme al cual la educación artística, lejos de constituir monopolio de élites, debe consolidarse como eminente derecho social de nuestros pueblos. Ningún proyecto social seriamente concebido puede ya negar a la democratización de la enseñanza artística”. Esa ha sido la convicción de Abreu, la que ha mantenido desde décadas antes de que palabras como “social” o “monopolio de élites” polarizaran políticamente a los venezolanos. Quizá por eso lo respetan tanto. Quizá por eso él las pueda decir sin que adquieran tintes partidistas.

El Sistema llega a más de 250.000 jóvenes de todo el país, una cifra muy alta si se tiene en cuenta que Venezuela tiene 28 millones de habitantes. Cerca de 15.000 profesores de música se encargan de convertir en compases los 29 millones de dólares anuales del presupuesto.

Para Gustavo Dudamel, el dinero está más que bien invertido. Él mismo es producto de todo esto y en su página de internet menciona casos que podrían servir como argumento de películas sobre muchachos redimidos por el arte. Habla del caso de Lennar Acosta, clarinetista de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Caracas y tutor del Conservatorio Simón Bolívar, quien antes de empuñar su instrumento fue arrestado nueve veces por robo a mano armada y problemas de drogas.

También menciona a Edicson Ruiz, que a los 17 años se convirtió en el contrabajista más joven que ha tenido la Orquesta Filarmónica de Berlín. Quien empezó como empacador en un supermercado, terminó con una silla en una de las orquestas más importantes del mundo.

En Venezuela, Dudamel es visto como una estrella de cine o un cantante de rock, alguien cuya sola presencia garantiza un lleno total. Pero más importante que el impacto mediático del director es la inspiración que ha generado entre los jóvenes venezolanos.

Ana Carmela Ramírez, de 17 años, es una de esas personas. Aunque había pensado explorar otras opciones profesionales, dice que ahora sí quiere dedicarse permanentemente a la música. Actualmente toca la viola en la Orquesta Sinfónica Juvenil de Caracas, unas de las 30 agrupaciones profesionales que tiene el Sistema. Su iniciación musical se la debe a sus padres, quienes a pesar de no ser músicos de formación, siempre ponían discos en la casa y además tuvieron un almacén de instrumentos que funcionó al lado de la anterior sede del Sistema, un lugar en el que se les fiaba a los muchachos e incluso, en caso de emergencia y si se trataba de algo barato (como una cuerda de repuesto) y el cliente era de confianza, se le regalaba. Pero para Ana, la decisión de meterse de lleno con la música estuvo inspirada por Dudamel, “cuando empezó el boom, por ahí en 2001. Ahí me entusiasmé con eso. Uno veía que los muchachos empezaban a viajar y que tocaban sinfonías mas complejas”, dice. Como testimonio de la fiebre por Dudamel ya hay seis discos grabados con el sello Deutsche Grammophon, cinco de ellos con la Orquesta Sinfónica Juvenil Simón Bolívar.

Sin embargo, es imposible no preguntarse qué pasará con el sistema cuando Abreu no esté. A pesar de que las orquestas tienen el respaldo del Estado y que su existencia está por encima de muchas personas y acontecimientos, también es cierto que la figura de José Antonio Abreu es la de alguien a cuyo alrededor gira todo. Quizá, el día que muera, el Sistema no quede en cabeza de una persona. Además, varios de sus colaboradores cercanos han estado con él desde hace muchos años; algunos estuvieron en los primeros días de las orquestas pero no se dedicaron profesionalmente a la música, sino a la administración o al derecho y conocen cómo funciona todo. Pero, claro está, siempre está la cuestión del carisma y del halo heroico que tiene el pionero. Cuando Abreu no esté, tendrá que surgir un nuevo héroe, no uno que inicie el camino sino el que lo siga abriendo. En todo caso, la música tendrá que seguir sonando si es que la profecía de Rattle sobre el futuro de la música en Venezuela ha de convertirse en realidad.

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