Algunas de las portadas de los discos de jazz colombiano que se destacaron este año.

¿Arrebato pasajero?

De lejos, el 2010 ha sido el año más fructífero en discos de jazz editados por artistas colombianos dentro y fuera del país. Sumado a esto, dos libros excelentes fueron publicados por la Orquesta Filarmónica en Bogotá. Arcadia pasa revista a un buen año, y cruza los dedos para que las cosas sigan así.

2010/12/15

Por Luis Daniel Vega

Cuando el periodista Juan Carlos Valencia afirmó en el artículo “¿Llegó la hora de Colombia”, publicado hace cuatro años en esta misma revista, que el jazz en Colombia había alcanzado la madurez, muchos recibimos con sospecha la optimista conclusión. Claro, se habían editado unos buenos discos y varios grupos colombianos eran bien recibidos en escenarios internacionales. Pero la verdad era otra: la producción discográfica seguía siendo pobre, los grandes medios continuaban sordos, la visión histórica inexistente, no había ninguna publicación especializada, eran muy pocos los bares que presentaban jazz y, lo más aburrido de todo, se seguía respirando ese aire arribista en el que el jazz flota como una música exclusiva para iniciados cultos, inteligentes y de gusto refinado.

 

Sin embargo, y a pesar de que muchas de las problemáticas arriba citadas parecen no cambiar, lo cierto es que, contra todos los pronósticos, este año ha sido particularmente trascendental.

 

Aparte de los 23 discos de carácter independiente publicados no solo en Colombia sino en Nueva York y Europa, dos libros que conmemoran la historia del jazz en la capital fueron editados por la Filarmónica, se consolidó la página www.jazzcolombia.com y, por si fuera poco, se encontró el registro sonoro más antiguo del jazz hecho en estas latitudes.

 

Los 16 hechos en casa

Más allá de la relevancia que cobra el hecho de que la producción se haya triplicado en comparación con los años anteriores, la variedad de estilos hoy expuesta es lo que más llama la atención. Tan solo en Bogotá y Medellín podemos contar 16 discos que van desde el jazz con cierta predilección por lo experimental y el rock, otros de marcada tendencia clásica, unos cercanos a la electrónica y el funk, además de otros tantos donde la música colombiana tradicional se acentúa como eje creativo.

 

La lista es larga y comienza con Dos Aguas, joven banda bogotana que en su debut homónimo encontraron similitudes entre pasillos y currulaos con sonidos provenientes del medio Oriente. También desde la capital, el trío de Jaime Andrés Castillo presentó La Última Canción que, junto a Tres Butacas, se aferraron a un formato difícil (guitarra, contrabajo y batería) y mostraron facetas opuestas: por el lado de Castillo el asunto fue más bien aguerrido, mientras que en el segundo la limpieza y la sutilidad estuvieron a la orden del día.

 

Consolidándose en lo teatral, echando mano de la cumbia y el llamado chucu-chucu, Puerto Candelaria llevó hasta el límite su pintoresco delirio con Vuelta Canela, disco que tuvo una secuela muy evidente (no muy afortunada, por cierto) con Agua e’Lulo del pianista antioqueño Juan Sebastián Ochoa.

 

Picante de Siguarajazz fue decididamente caribeño (mambos, salsa, porros, bundes, cumbias) y el impecable trío eléctrico Green Monkey entró de lleno en la onda del drum ‘n bass, el trip hop y el dub con Live, un registro ideal para aquel oyente sosegado que prefiere abstraerse de los sobresaltos.

 

De nuevo en la capital, el estreno de la banda South People dejó ver que por acá el funk y el soul tienen su color particular como lo fue el caso de Desierto Azulado, un disco cuyas pretensiones rumberas se desdibujaron por culpa de una aséptica interpretación. Algo similar pasó en Edificio Colombia, la segunda placa de Zaperoco que nada tiene que ver con la potencia que reflejan en los escenarios. Tanto South People y Zaperoco (inmensas bandas, por supuesto) nos adeudan un par de trabajos más emotivos y menos correctos.

 

Por el lado vocal, las sorpresas no se hicieron esperar. Con argumentos muy personales, la monótona tendencia a repetir hasta la saciedad los standars norteamericanos y brasileños se superó con dos excelentes discos. Retomando la senda acústica con la que se dio a conocer hace unos años, Victoria Sur se reinventó a través de sambas, landós, chacareras y joropos en Belleza Silvestre, un cumplido a la música popular latinoamericana.

 

Por su parte, en Naoh la cantante bogotana Gina Savino corre riesgos. ¿Es jazz o es rock, se preguntarán de seguro los más prejuiciosos. De todas maneras allí, en ese espacio equidistante, es donde Savino ha logrado su originalidad: desordena los argumentos, juega con la voz, borra de tajo el sentido estricto de las líricas, improvisa y se da licencia para cantar, susurrar o sugerir ya sea en miniaturas o en temas de largo aliento.

 

Y si de riesgos se trata, tres músicos capitalinos han cifrado su creación en la vanguardia. Así, el guitarrista Kike Mendoza, luego de una larga estadía en Buenos Aires, llegó a Bogotá con Gamín bajo la manga. A medio camino entre el free, el blues y la improvisación minimalista, Mendoza reunió en un solo lugar a tres de los mejores saxofonistas de Colombia (Antonio Arnedo, Pacho Dávila y César Medina) para una sesión desgarrada que pese a ser realmente estremecedora puede llegar a cansar los oídos de alguien que espera una idea melódica y agraciada del jazz. En el punto medio se sitúan el pianista Ricardo Gallo y el contrabajista Juan Manuel Toro quienes entre los dos sumaron cuatro discos.

 

Con el trío Pársec, Toro presentó Sublánimal, un disco desprevenido grabado en una finca en Cucunubá, Cundinamarca. Seis meses después, arrojándose deliberadamente al vacío, el contrabajista sorprendió a los más escépticos con la densidad de Pentajuma, pieza vertiginosa que, ante todo, significa ruptura por el alto nivel de creatividad, el sonido compacto del ensamble y el diálogo lúcido que sostiene entre lo estrictamente local (sonoridades tradicionales colombianas) y la actualidad del jazz en el mundo.

 

Radicado recientemente en Bogotá, Gallo lanzó Resistencias, su tercer trabajo en cuarteto. Reposado y menos interesado en la experimentación fue el abrebocas de lo mejor de este 2010: The Great Fine Line.

 

En la diáspora

Editado en Lisboa por Clean Feed, en The Great Fine Line se dieron cita músicos neoyorquinos de alto calibre como Ray Anderson, Mark Helias, Satoshi Takeishi y Pheroan AkLaff. ¿El resultado? Una reflexión sobre las sutiles líneas que separan a los géneros musicales, sustentada en un disco depurado, complejo sin ser pedante y universal en la medida que no pertenece a ningún lugar.

 

Así como Gallo se autoexilió un día, varios de sus colegas emprendieron un camino que a la sazón no ha tenido retorno. Sin embargo, su trabajo continúa estrechamente ligado a Colombia ya sea porque son invitados a los Festivales o porque ellos mismos se han encargado de que sus discos tengan la correspondencia esperada.?Es el caso de los contrabajistas Santiago Botero (España), Edilson Sánchez (Polonia) y Juan Pablo Balcázar (España). También en España, el guitarrista Nicolás Sánchez hizo lo suyo con Unit. Finalmente, en Nueva York el pianista Héctor Martignon y el percusionista Samuel Torres reafirmaron que en la actualidad son dos puntos de referencia en el ámbito del jazz latino en esa ciudad.

 

Para todos los gustos, hay jazz en Colombia, como lo confirma este extenso inventario de músicos y discos. A pesar del buen augurio, mientras sigamos pensando que el jazz le pertenece a una vanidosa inmensa minoría, el asunto no irá más allá de un arrebato pasajero.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.