La cantante Patti Smith plasmó sus vivencias en la autobiografía "Éramos unos niños".

Así que quieres ser una estrella de rock and roll...

Hacia finales de los sesenta algo pasó en Nueva York. El rock and roll cambió para siempre. Un huracán llamado Patti Smith había llegado a la ciudad.

2010/10/13

Por Lina Vargas

A los 29 años Patti Smith medía 1,72 metros y pesaba 47 kilos. Era septiembre de 1975 y había quedado con su amigo, el fotógrafo Robert Mapplethorpe, para que este hiciera el retrato de la carátula de Horses, el primer álbum del Patti Smith Group, en el que la banda venía trabajando desde hacía un par de semanas. Unos años atrás Patti y Robert se habían prometido hacer temblar el mundo artístico y esa tarde, durante la sesión de fotografía, darían un paso gigantesco para conseguirlo: él con la imagen y ella con uno de los discos más influyentes en la historia del rock and roll. Patti juró que se pondría una camisa limpia, así que fue al Salvation Army —organización de beneficencia en donde se puede conseguir ropa de segunda mano— y compró una que tenía bordadas las letras RV. Llevaba una chaqueta negra y pantalones entubados, medias blancas, zapatillas de ballet negras y una cinta.

 

“Sabes, me encanta la blancura de la camisa. ¿Puedes quitarte la chaqueta?”, sugirió Robert. Patti se la echó al hombro y salió así, despeinada y un poco ladeada hacia la derecha contra una pared blanca, los largos dedos sosteniendo la chaqueta, el cuello extendido y la cara desafiante. En su autobiografía, Éramos unos niños, que la editorial Lumen acaba de publicar en español, sobre su vida junto a Mapplethorpe en la Nueva York de los años sesenta y setenta, Patti recuerda aquella foto: “Cuando ahora la miro, no me veo nunca a mí. Nos veo a los dos”.

 

Patti Lee Smith nació en Chicago en 1946. Tuvo tres hermanos: Linda, Todd y Kimberly. Su padre la sostuvo en una tina humeante para curar la bronconeumonía con la que había nacido y su madre, fumadora empedernida y cristiana ferviente, le enseñó a rezar. La familia se mudó a Nueva Jersey. Patti contrajo varias enfermedades, incluida la fiebre escarlatina. Leía Superman y La pequeña Lulú, tenía un escondite para guardar sus tesoros y se enfrentaba en batallas simuladas con sus hermanos en las que asumía el papel de sargento.

 

Un día su madre la regañó por no llevar camisa. “Observé tristemente a mi madre mientras realizaba sus tareas femeninas, fijándome en su voluptuoso cuerpo de mujer. Todo parecía ser contrario a mi naturaleza”, escribió. Esquelética y cada vez más alta, durante su adolescencia combinó la lectura de Mujercitas de Louisa May Alcott con imágenes de Modigliani y fotografías de Vogue. ¿Quién se iba a imaginar que esa apariencia desaliñada y andrógina se convertiría en el prototipo de la movida punk? Por fortuna, Smith nunca sucumbió a los labios pintados, las anchas caderas o la permanente en el pelo. Unos años después, un corte a lo Keith Richards le abriría la entrada a la escena artística de Nueva York.

 

En Nueva Jersey, Patti sospechaba que algo ocurriría. “Solía jactarme de que un día iba a ser la amante de un artista”. Ella también quería ser artista.

 

Tenía 21 años cuando llegó a Nueva York. Atrás dejaba un trabajo mal pagado y un hijo que había dado en adopción. Llevaba un pantalón, un saco de cuello alto y una gabardina gris. Cuadernos, lápices y un ejemplar de las Iluminaciones de Rimbaud. No tenía un dólar pero, supersticiosa, había viajado en luna llena y estaba convencida de que las cosas saldrían bien.

 

Estás en Nueva York

 

“Nueva York era una urbe auténtica, furtiva y sexual. Grupos de exaltados marineros que buscaban acción en la calle 42, repleta de cines X, mujeres descaradas, rutilantes tiendas de recuerdos y vendedores de perritos calientes, me daban topetazos al pasar”. Patti dormía en los pórticos, en el metro o en algún parque. Tenía hambre y no conseguía trabajo. Y, sin embargo, no perdía la fe. Era una sensación parecida a la de Rock & Roll, la canción de The Velvet Underground: la historia de cualquier Jenny que sintoniza una emisora y no puede creer lo que escucha. Empieza a bailar y sabe que todo va a estar bien. Se ha salvado.

 

Consiguió trabajo en una librería. Allí conoció a Mapplethorpe, con quien compartió un apartamento en el número 160 de Hall Street. Aún avergonzada por las profundas estrías que le había dejado su embarazo, comenzó una relación con Robert. Por ese entonces, Patti no tenía ni idea de que se convertiría en cantante y experimentaba con el dibujo y la poesía. “Juntábamos nuestras láminas y lápices de colores y dibujábamos como niños salvajes hasta que, agotados, nos derrumbábamos en la cama muy entrada la noche”.

 

De hecho, publicó su primer poema, Oath, en 1971 —cuatro años antes de que lanzara un disco— y su primer poemario, Seventh Heaven, en 1972. La editorial independiente Telegraph vendió 600 ejemplares a un dólar cada uno. Cuarenta y ocho páginas con tapa dura en las que rinde homenaje a Bob Dylan, Edie Sedgewick, Amelia Earhart, Louis-Ferdinand Céline y Mickey Spillane. Son poemas acelerados, de versos cortos, y algunos, como Un fuego de origen desconocido, se convirtieron en canciones. Siguieron otros once libros entre los que están Kodak (1972), Witt (1977), Babel (1978) y The Coral Sea (1996).

 

Seventh Heaven preparó el camino para la llegada de Horses, el disco de 1975 con el que Patti se consagraría. Pasarían muchas cosas para que Patti descubriera que toda esa energía que traía desde su infancia se podía expresar con la música. Lo suyo era “tres acordes fusionados con el poder de la palabra”.

 

Hacía finales de los sesenta Mapplethorpe y Smith alquilaron la habitación 1070 del legendario hotel Chelsea. Robert había descubierto su homosexualidad y Patti había viajado a París con su hermana Linda. El Chelsea era uno de los centros de la cultura subterránea en Nueva York tanto como la Factoría de Andy Warhol. Patti y Robert tenían desacuerdos en cuanto a Warhol. “Yo no sentía por Warhol lo mismo que Robert. Su obra reflejaba la cultura que yo quería evitar. Detestaba la sopa y la lata no me decía apenas nada. Prefería un artista que transformara su época, no que la reflejara”.

 

¡Haz algo ya!

 

Así como el Chelsea marcó el inicio de los setenta en la vida de Patti, el CBGB lo hizo en la segunda mitad de la década. Ubicado en el Bowery, en una calle donde los borrachos pasaban la noche al calor de fogatas, el CBGB se convirtió en el epicentro musical de una nueva época. “Era un local alargado y angosto —recuerda Patti— con una barra en el lado derecho, iluminado por los carteles luminosos de las calles que anunciaban diversas marcas de cerveza. El escenario era bajo y estaba a la izquierda, flanqueado por murales fotográficos de bañistas de finales de siglo. Pasado el escenario había una mesa de billar y, al fondo, una grasienta cocina y una habitación donde el propietario, Hilly Krystal, trabajaba y dormía con Jonathan, su perro real de Egipto”.

 

Bandas como Television, The Ramones, The New York Dolls y The Patti Smith Group —conformado por Patti en la voz, Lenny Kaye, en la guitarra, Richard Sohl en el piano, Ivan Krall en el bajo y Day Dee Daugherty en la batería— tocaron en el CB’s. Aun con su olor a orines y cerveza, Patti se sintió como en familia y se presentó hasta cuatro días a la semana. Firmó un contrato con Arista Records y produjo cuatro álbumes: Horses (1975), Radio Ethiopia (1976), Easter (1978) y Wave (1979). Horses, que vendió 200.000 copias en un año, incluía la canción Gloria, famosa por su primera estrofa: “Jesús murió por los pecados de alguien. Pero no por los míos”.

 

En el CBGB Patti hizo lo que tan bien sabía hacer: conquistar al público. Siempre creyó que escribir era un acto físico que no tenía nada que ver con la soledad. En el escenario era pura presencia. “Era capaz de generar más intensidad con el simple movimiento de una mano de lo que la mayoría de los rockeros producen durante un set entero”, publicó el New Musical Express.

 

Era una época en la que el rock necesitaba una sacudida luego de lo sucedido en el festival de Altamont, cuando un joven murió apuñalado durante un concierto de The Rolling Stones. No había tiempo para sofisticados solos de guitarra a lo Clapton. Había que hacer algo ya. “Quería ser fuente de inspiración para los chicos. Hacer que sacudieran el culo, que se sintieran molestos como yo lo estaba. Que miraran a su alrededor y se hicieran algunas preguntas”, dijo Smith a William Burroughs en una entrevista en 1979.

 

Levántate y anda

 

En el 2008, cumpleaños 63 de Patti, Steven Sebring estrenó el documental Patti Smith: un sueño de vida. La cinta empieza con la despedida de Patti de su casa en Detroit, donde vivió desde 1980 con el guitarrista Fred Sonic Smith y sus dos hijos. Para 1979, cuando tomó la decisión de abandonar Nueva York, había pasado momentos difíciles. En 1977, mientras cantaba Ain’t It Strange durante un concierto en Tampa, se tropezó con un monitor y cayó del escenario a cuatro metros de altura. “Se había roto dos vértebras del cuello y también varios huesos del rostro. Se necesitaron 22 puntos para cerrar las muchas laceraciones de su cabeza”, comenta el biógrafo Victor Bockris. Durante su convalecencia, Patti escribió Babel, un poemario simbolista en el que se observa su particular relación con Dios.

 

Luego vino la muerte. Robert Mapplethorpe murió de sida en 1989. Un año después, Richard Sohl, pianista de su grupo, tuvo un ataque al corazón. En 1994 su esposo, Fred Smith, sufrió un paro cardiaco y un mes más tarde su hermano Todd una apoplejía.

 

Patti vive en Manhattan, tiene 64 años y en una de sus últimas entrevistas apareció con jeans, una chaqueta negra y una camiseta blanca. Llevaba al cuello una cruz copta de plata.

 

Ha sido una romántica con todo lo que eso implica. Más que nada contradicción y fuerza. Desde leer poesía francesa en una época en la que se consideraba que todos los libros extranjeros eran comunistas, hasta retirarse a criar a sus hijos en pleno auge del movimiento feminista. Voltear la cara ante el brillo warholiano o gritarle a Debby Harry, la cantante de Blondie, que solo había espacio para una reina en Nueva York. El romanticismo estaba allí. Como cuando Rimbaud dejó todo para vender armas en Abisinia. Como cuando Joey Ramone hacía canciones de dos minutos.

 

En alguna ocasión, mientras le cantaba a Mapplethorpe algo de Edith Piaf, él le sugirió que se dedicara a la música. “No quiero cantar. Quiero ser poeta, no cantante”, respondió Patti. “Puedes ser las dos cosas”, dijo Robert. Así fue.

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