Johann Sebastian Bach

Bach: misterio, divinidad y razón

No tema en decirlo: Johann Sebastian Bach es el compositor más importante de todos los tiempos. Ahondamos en su vida, su música y su trascendencia a propósito de los conciertos de chelo y clavecín que serán este sábado 22 de julio y en agosto en el Teatro Mayor.

2017/07/19

Por Felipe Jaramillo Gómez

Una tarde de domingo del verano de 1955, mientras un joven Coetzee paseaba por el jardín trasero de su casa en un barrio residencial de Ciudad del Cabo, oyó una música que venía de la casa vecina, que le hablaba como nada lo había hecho antes ni volvería a hacerlo; una música que semejaba recovecos y escaleras. Sin atreverse a respirar, notó cómo los sonidos trazaban caminos verticales y horizontales que daban forma a una catedral imaginaria. Bach, supo después, había entrado en su vida.

Con esta revelación, recogida en el libro de ensayos Las manos de los maestros, el Nobel de Literatura sudafricano creyó escuchar al espíritu de Bach hablarle a través de las épocas y revelarle un secreto que se materializaba en algo vivo. En cada uno de nosotros escuchar a Bach produce una respuesta emocional privada, cuyo denominador común es el asombro, el no poder responder qué hay entre su mundo y el nuestro, qué clase de complejidad sublime es su música ni en qué tipo de territorios invisibles se ordena. Con Bach nos sentimos siempre al borde del entendimiento.

Y la sorpresa es mayor cuando examinamos a Bach, el hombre, considerado por algunos historiadores de la música un personaje decepcionantemente normal, que nos legó escritos en su mayoría impenetrables. En La música en el castillo del cielo, John Eliot Gardiner -director de orquesta e intérprete británico especialmente reconocido por sus ejecuciones de música barroca con instrumentos de época- los resume en minuciosos informes sobre el funcionamiento de órganos de iglesia, cartas de recomendación para sus alumnos y una serie inagotable de amargas lamentaciones dirigidas a las autoridades municipales sobre sus condiciones laborales y su paupérrimo salario. Su vida rompe con la idea del artista sagrado e imperturbable: Bach se partía la espalda componiendo para ganar dinero, para ganarse la vida.

Sin embargo, la información con la que cuentan sus biógrafos es escasa y no en pocas ocasiones han tenido que volver al obituario escrito apresuradamente en 1754 por su segundo hijo, Carl Philipp Emanuel Bach, y los testimonios de sus otros descendientes, alumnos y contemporáneos, difíciles de confirmar. La visión permanente de la figura de un hombre con levita, con una peluca empolvada que no se quitaba jamás, ha marcado su estampa. Autodidacta, responsable, exigente, determinado, riguroso y recto; pero también distante, irritable, adulador y servil, inmerso por completo en la creación y en constante conflicto con sus patrones. Bach fue, según él mismo, un hombre obligado a vivir “en permanente disgusto, envidia y persecución”.

Cuando Johann Sebastian Bach nació, el 23 de marzo de 1685 en Eisenach, “Alemania” era un peculiar rompecabezas político: ducados independientes, principados y ciudades “libres” imperiales formaban una región de inestabilidad política y precariedad. En Turingia y Sajonia, el luteranismo, el calvinismo, los partidarios de la monarquía y los de las ciudades-Estado se disputaban la fe, que era también el lugar del poder de la música. La estricta fe luterana tenía el propósito inequívoco de predicar el Evangelio a través de conmovedores sermones musicales, y buscaba su lugar junto a las composiciones populares, que se hacían un nicho desde el Collegium Musicum fundado por Telemann. Allí, en el corazón de los bosques de Turingia, habitaba la red familiar más extensa de compositores en la historia de la música occidental: los Bach.

En una iglesia nació la atracción de Johann Sebastian Bach por los intrincados mecanismos de los órganos. Esta exploración lo convirtió en un virtuoso organista –capaz de improvisar piezas completas– y probablemente en uno de los mayores expertos de su época en apreciar la calidad del sonido de estas complejas estructuras. Bajo la dirección de Johann Christoph, organista de la iglesia de San Miguel de Ohrdruf, Bach se familiarizó con el órgano y el clave, de los que sería un consumado intérprete y compositor durante toda su vida.

Su carrera puede dividirse en cinco etapas que corresponden con las ciudades en las que trabajó: Arnstadt (1703-1707), Mühlhausen (1707-1708), Weimar (1708-1717), Köthen (1717-1723) y Leipzig (1723-1750). En la Corte de Weimar dejó atrás, por un periodo, los choques con las autoridades y encontró un medio propicio para el desarrollo de su música. Fue nombrado organista de la corte ducal y compuso la mayor parte de sus corales, tocatas, fugas para órgano, preludios y sus primeras cantatas importantes, antes de convertirse en uno de los pocos compositores encarcelados por desacuerdos con el duque.

En 1717 Bach se instaló en una corte calvinista de naturaleza secular, donde compuso los Conciertos de Brandemburgo, sus más famosas suites para violonchelo y parte de El clave bien temperado. En 1723 se trasladó a Leipzig como cantor en la Thomasschule y director del Collegium Musicum. Allí compuso frenéticamente más de doscientas cantatas, la Misa en Si menor y sus dos grandes pasiones (San Mateo y San Juan), en las que, al tiempo que representaba el drama de la crucifixión de Cristo, daba forma y profundidad al espectro de los sentimientos humanos.

Las tensas relaciones con sus superiores municipales fueron una constante allí y a lo largo de su vida como compositor: la manifestación de un conflicto por quien se espera que sea al mismo tiempo genio y súbdito.           

Sin embargo, desentrañar el misterio de su personalidad, que también empieza por explorar los códigos de su lenguaje musical, es menos interesante que entrar en materia: oír, apreciar y examinar su inmensa obra. Bach es considerado por miles de especialistas el mejor compositor de todos los tiempos. Tres siglos después de su muerte, su música en la academia es una cátedra obligatoria y en el público ejerce aún una fascinación compleja y profunda que deriva del misterio, del sentimiento de lo sagrado, construido no más que con trabajo, con carpintería pura, con el perfeccionamiento constante de la técnica. Eso, que es lo más concreto, en su música se transforma en un sentimiento abstracto, en una experiencia religiosa, que más que ser el símbolo de una sola fe, se ha convertido en un lenguaje universal. Como si cada nota se organizara a la manera de un alfabeto, Bach encontró armonía entre el sentimiento religioso y la razón, sin que lo uno desplazara lo otro.

Al intentar producir un orden más elevado, Bach parece haber descifrado un misterio que tradujo para nosotros a través de lo que Leibniz llamó números sonoros y Schöngberg -su heredero más enigmático- el gobierno de los números”: combinaciones de sonidos estructurados lúcidamente que eran el resultado del ejercicio de una mente precisa que manifestaba la belleza a partir de su capacidad para tratar con abstracciones y proporciones. Una música atrapada en una armonía secuencial y una intrincada red contrapuntística de sonidos. Bach ha sido, de hecho, el máximo exponente del contrapunto: una técnica de composición que junta líneas musicales que suenan diferente y se mueven independientemente –polifonía–, pero que mantienen una relación armónica cuando se tocan simultáneamente. La mayor parte de la música occidental es nada menos que el efecto de alguna aplicación del contrapunto.

Con sus composiciones Bach materializó lo que Paul Valéry llamó el desplazamiento del equilibrio. Las combinaciones de sonido y el silencio se materializan a través de la melodía, la armonía y el ritmo, y Bach acopló esas unidades para expresar un orden superior, un entramado instrumental acompañado de cantatas y recitativos estructurados con un contrapunto de voces corales apasionadas. Añadió capas a cada línea, definió sus perfiles y las relacionó en una estructura polifónica, como una constelación racional.

Bach fue hijo de una férrea disciplina luterana. Entendió la esencia y la práctica de la música como algo religioso, pero concluyó que cuanta más perfección –y por ende más trabajo– en la concepción e interpretación de una obra, mayor era la presencia de Dios. György Kurtág, compositor húngaro, explicó la música de Bach como una interpelación a nuestras creencias: “Conscientemente, soy en efecto un ateo, pero no lo proclamo muy alto, porque si me fijo en Bach, no puedo ser un ateo. Entonces tengo que aceptar la manera en que él creía. Su música no deja nunca de orar”.

El rasgo humano de Bach, la otra cara de la moneda, asoma como espejo del hombre, de un corazón vulnerable que palpita; de un niño huérfano desde los nueve años, con un rendimiento escolar lleno de altibajos y un récord de inasistencias en un convento dominicano hacinado de vándalos y violentos; de un adolescente solitario y un hombre roto por la muerte de una de sus esposas a los 35 años, y la de doce de sus veinte hijos antes de que cumplieran tres años; de un músico cuyos recursos económicos no compensaban su trabajo excesivo, su excelencia y su prestigio; de un genio aferrado a un estilo que la historia casi entierra, hasta que ochenta años después de su muerte, en 1750, Mendelssohn lo sitúa de nuevo en el mapa de la música universal.

Bach es el lugar de lo profano y lo sagrado; el misterio y su respuesta. En una entrevista para un diario italiano recogida en No, no soy en absoluto un excéntrico, Glenn Gould sentenció: “Bach irrumpió en mi mundo y ya no lo ha abandonado”. Bach, un artesano musical, ha sido a lo largo de más de trescientos años el enigma más universal, una ecuación que solo se resuelve a sí misma.

Información sobre los conciertos

Suites para violonchelo


Inbal Segev, violonchelo (Israel/EE.UU) 

Foto cortesía del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo.

Sábado 22 de julio, 8:00 p.m. Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo

Nacida en Israel y radicada en Estados Unidos, la violonchelista Inbal Segev se ha presentado con destacadas orquestas en Estados Unidos, Alemania, Francia y Polonia, entre otros países. En septiembre de 2015 grabó para la Academia de Artes y Letras de Nueva York un disco con las suites para violonchelo de Bach. 

Programa

- Preludio de la Suite para violonchelo n.°. 1 en sol mayor, BWV 1007

- Allemande y Courante de la Suite n.° 6 en re mayor, BWV 1012
- Suite n.° 4 en mi bemol mayor, BWV 1010

* Al final del concierto se proyectará el documental Inbal Segev y las suites de violonchelo deBach, de Nick Davis Productions. Duración: veinte minutos

Conciertos para clavecín

Ensamble Barroco de Bogotá. Director Adrián Chamorro

Foto cortesía del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo.


Martes 15, jueves 17 y sábado 19 de agosto, 8:00 p.m. Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo.
El Ensamble Barroco de Bogotá se formó en 2013 por el entusiasmo de cuatro clavecinistas bogotanos amantes de la música de Bach y especialmente de sus conciertos para clavecines. La agrupación interpreta la integral de los 12 conciertos para 1, 2, 3 y 4 clavecines interpretados en tres noches.

Martes 15 de agosto

Concierto en la mayor para 1 clavecín BWV 1055. Solista Ana María Fonseca
Concierto en sol menor para 1 clavecín BWV 1058. Solista Álvaro Huertas
Concierto en do mayor para 2 clavecines BWV 106. Solistas Álvaro Huertas y Eleonora Rueda
Concierto en re menor para 1 clavecín BWV1052. Solista Eleonora Rueda


Jueves 17 de agosto

- Concierto en fa menor para 1 clavecín BWV 1056. Solista Álvaro Huertas
- Concierto en do mayor para 3 clavecines BWV 1064. Solistas Álvaro Huertas, Eleonora Rueda y Julien Faure.
Concierto en re mayor para 1 clavecín BWV 1054. Solista Juan Manuel Estévez-

Concierto en do menor para 2 clavecines BWV 1060. Solistas Julien Faure y Carmen Yepes


Sábado 19 de agosto

 -Concierto en mi mayor para 1 clavecín BWV 1053. Solista Ana María Fonseca

Concierto en do menor para 2 clavecines BWV 1062. Solistas Eleonora Rueda y Carmen Yepes
Concierto en re menor para 3 clavecines BWV 1063. Solistas Álvaro Huertas, Julien Faure y Héctor Montoya.

Concierto en la menor para 4 clavecines BWV 1065. Solistas Eleonora Rueda, Ana María Fonseca, Juan Manuel Estévez y Jaime Quijano.

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