Lila Downs

Bálsamo para el desamor

Pertenece a una triple tradición: la indígena de los ancestros de su madre, la mestiza mexicana en la que creció y la gringa de su padre. Downs es una heredera de canciones desgarradas actualizadas con maestría. Y el 12 de marzo estará en Bogotá.

2010/03/15

Por María del Rosario Aguilar

Lila Downs, heredera de Chavela Vargas y merecedora de su legado, llega a Colombia para presentarse el 12 de marzo en el salón Milenium de Corferias en el marco del Festival Internacional de Teatro, precedida por un Grammy Latino y vestida con los huipiles típicos de Oaxaca. Con seguridad, los asistentes al concierto serán testigos de la versatilidad de su voz y de la diversidad del repertorio, el cual incluye canciones inspiradas en los antiguos códices mixtecos, boleros, rancheras, canciones populares de origen oaxaqueño como La sandunga y Naila (que interpreta en una versión inspiradora), y composiciones propias en las que Downs evidencia su compromiso político y social: Dignificada, por ejemplo, es una dolorosa canción sobre una abogada asesinada en 2002 por su lucha por los derechos humanos. Sus interpretaciones son muy modernas con arreglos tecno, electrónicos y algo de rock, rap, hip-hop, jazz y blues y evidencian las diversas influencias presentes en su música: Billie Holiday, Mercedes Sosa, Bob Dylan, Miles Davis, Chavela Vargas, John Coltrane, Cole Porter y otros más: “Se sorprenderían si supieran todo lo que oigo”, ha confesado.

Lila Downs comenzó a cantar desde niña. Nacida en Tlaxiaco (Oaxaca), donde su abuela enterró su ombligo, hija de un estadounidense cineasta y comunista –así lo describe ella– y de una cantante mixteca, pronto combinó las tres culturas en las que está enraizada su música: la anglosajona, la mixteca y la mestiza. Así, mientras crecía entre las montañas de la Sierra Madre de Oaxaca y Minnesota, la pequeña Downs escuchaba simultáneamente ópera y la música de Lola Beltrán y Flor Silvestre y seguía los pasos artísticos de su madre cantando mariachis a los ocho años. Su formación musical continuó en Los Ángeles, donde estudió canto y, posteriormente, en la Escuela de Bellas Artes de Oaxaca, para culminar con una licenciatura en canto otorgada por la Universidad de Minnesota. Su encuentro con el saxofonista Paul Cohen fue determinante para su carrera musical. Con él comenzó a componer cumbias y otras canciones. Uno de los frutos de esa colaboración que aún continúa es un bellísimo bolero, “Tengo miedo de quererte”, incluido en su primer trabajo discográfico titulado La sandunga (1999), al que acompañan también otros boleros como “Un poco más” y “Sabor a mí”, que en la magnífica voz de este diamante mixteco, como ha sido considerada la cantante, logran una intensidad única.

A su formación musical, Downs añadió la antropología. Con sus estudios sobre los tejidos realizados por las mujeres triqui adquirió un conocimiento profundo sobre su simbolismo y sobre el valor de las culturas indígenas mexicanas. Unidas, música y antropología, hechas una, propician la reflexión de la cantante sobre las tradiciones de su país y le permiten establecer el vínculo entre la fábula y la realidad.

La música ha hecho posible que la cantante vuelva a sus orígenes, los acepte y, posteriormente, los reivindique. Ella misma ha contado cómo durante su adolescencia le era difícil asumir su lado indígena, cómo se avergonzaba de que su madre hablara en mixteco, cómo el orgullo de lo que es, y quien es actualmente, y de cantar lo que canta le ha costado muchas lágrimas. Fue la muerte de su padre la que cambió todo, pues esta pérdida se convirtió en la bisagra que la devolvió a lo ancestral, la que le abrió las puertas a lo popular, al gusto por la ranchera y los cantos en zapoteca.

Por ello, su aparición en el escenario musical ha significado una reivindicación de las raíces mixtecas de la cantante, pero también una dignificación de las lenguas indígenas, que para Downs tienen una belleza poética y artística fascinante. Así lo revela de manera magistral su segundo disco Yuyu Tata/El árbol de la vida (2000), un recorrido por la mitología y la cultura prehispánica en la que pretende reflejar la visión cósmica de sus ancestros con canciones en náhuatl, mixteco y zapoteco, cuyos arreglos derivan sin estridencias hacia el jazz.

Pero su música es también una reinvención de lo mexicano, de su música y de su identidad, así como una búsqueda de la identidad, incluida la suya propia y de sus compatriotas. La cantante oxaqueña canta para todos: los emigrantes, los desprotegidos, las mujeres, los que pierden la vida en la frontera. En Border/La línea (2001) es claro que Downs está comprometida con las más serias cuestiones políticas y sociales, pero también en esa producción, como en todas las suyas, continúa con su reinvención de la música tradicional. Así, se intercalan versiones de canciones populares como “La bamba” o “La cucaracha” con homenajes al dolor de los inmigrantes de la frontera entre México y Estados Unidos. Algo similar ocurre en One Blood/Una sangre (2004), disco por el que recibió el Premio Folk en los Grammy Latinos del 2005, en el que las denuncias sociales armonizan con hermosas versiones de “La martiniana” y “La llorona”.

Su última producción, La cantina, entre copa y copa (2006), es un verdadero bálsamo para el desamor. En este, cantando rancheras como “Pa’ todo el año” o “Entre copa y copa”, la voz de Downs se expande en toda su dimensión. Por eso, por la riqueza de su producción musical, por la historia que la acompaña y por el grupo de músicos que hacen parte de su banda, el concierto de Lila Downs en Bogotá es imperdible.

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