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Chicas muy malas

La Mala Rodríguez, Bebe y Buika son tres mujeres españolas, tres símbolos rebeldes y libres en y desde el escenario, un lugar donde esos atributos solían reservarse a ellos, a los que sí se les permitía ser malos. Hace apenas unos días, La Mala estuvo en Bogotá. El 20 de octubre, vendrá Buika.

2010/03/15

Por Lula Gómez

Mala. Según la definición del diccionario María Moliner, el término se aplica a personas inclinadas a hacer daño o a desear mal a otros o que obran contra las normas morales. Según eso, especialmente la segunda parte, Concha Buika, La Mala Rodríguez y Bebe son malas, malísimas: hacen lo quieren, lo cantan y rompen con todas las convenciones establecidas. Porque aunque música y rebeldía han sido muchas veces dos conceptos muy ligados, no lo eran tanto si la que tomaba la voz cantante era una fémina. Ser malo, también en las artes, era cosa de hombres. Estas tres fieras demuestran lo contrario.

Concha Buika, nacida en Palma de Mallorca (1972), se autodefine como negra, africana, de barrio, coplera, blusera, housera, ambidiestra y en parte gitana: creció entre ellos y de ellos aprendió su son más español, su sabor andaluz y el tono de la copla de antaño. Si hubiese que describirla, se podría decir que tiene la voz de terciopelo y ningún pelo en la lengua. Joaquín Sabina lo dijo más bonito, y escribió que “canta como se canta cuando llora, cuando se desgañita el agua bendita, cuando Venus vomita el mal de la aurora...”

En sus primeros conciertos dejaba boquiabiertos al público cuando se los dedicaba a las dos personas que más quería en el mundo: su marido y su mujer. Así de rompedora y eso antes de entonar la primera nota; sin miedo a nadie, ni a la sociedad, “a la que le aterra un amor a tres bandas como el mío y empeñada en definir cómo tenemos que ser felices”, explica la artista una y otra vez cuando reconoce sus sentimientos por el padre de su hijo –del que ya se ha separado- y por África, su todavía novia. Los tres formaban un trío y los tres se casaron y comieron perdices... hasta que funcionaron. Así de fácil, explica la artista.

En su particular Biblia, se ríe de los tópicos y afirma que no va a contracorriente, que a ella simplemente da le igual para donde vaya el río. Canta como vive, de forma pasional y desgarrada, mezclando todo, como en la música: soul con un quejío flamenco, blues y jazz. Y a pesar de su piel oscura y pelo afro no se reconoce como negra ni como gitana, ni como nada. “Si hay algo que desespera a la parroquia es no poder clasificarte. Les incomoda, se sienten amenazados, necesitan fidelidad y pleitesía, quieren poseerte”, reconoce la artista de origen guineano. De ser de algún lugar es de su barrio, su única patria, otro concepto incómodo de digerir para muchos en España.

Ella confiesa estar como una cabra y dice que su música es algo orgánico, que escribe para no odiar y para no volverse loca. El caso es que embruja y seguramente por eso, muchos de los buenos que la siguen olvidan la moral de la mujer que desde el escenario proclama el goce sin normas, se queja de la maldita culpa de España, advierte no tener miedo a la muerte, aprueba la descarga de música por internet y habla de que los porros le salvaron la vida. ¿Su truco? Ser un poco maquiavélica e inventarse su propia realidad, la que le permita “romper con la sociedad totalitaria que nos obliga a escoger y ser más libre”.

Un hito en la corta historia del hip hop español

Para la Mala Rodríguez (Jerez de la Frontera, 1979), su nombre es una declaración de principios. “Me gusta expresarme sin tapujos, sin censura, sin buscar un doble sentido a las palabras. No tengo miedo de hablar como pienso, soy libre para decir verdades como puños, sin que nadie me censure. Decir las cosas de una forma políticamente correcta es una mierda. Cuando oigo a alguien comentar que ‘ha experimentado un crecimiento negativo de su economía’ me da mucha rabia y pienso: ‘¿Qué significa, que estás sin un duro?’”. Ella prefiere rapear la realidad que ve, la de los barrios de la periferia y la de la gente sin un peso.

La Mala es rapera, andaluza y sus letras suenan lógicamente a ciudad y a reivindicación. Su particularidad: los aires de flamenco que arrastra su música, como su acento, que irremediablemente lleva a las tierras del sur de España, muy lejanas a los ritmos que ella rapea. Malabarismo, su tercer álbum es el lanzamiento internacional más ambicioso hasta la fecha de un artista español de rap y no se han escatimado gastos en él. Cuenta con colaboraciones arriesgadas como las del guitarrista Raimundo Amador o la cantante mexicana Julieta Venegas. En él también han participado estrellas del rap latino y del reggaetón como Tego Calderón, Calle 13 y Dj Rectangle. Su reciente maternidad no la ha cambiado y aunque reconoce que ahora ve más amor por todas partes, preferiría que su hijo fuese médico y no un músico como ella. Pero si alguien duda o teme encontrarse ahora con una dulce mamá, basta pasearse por sus letras para comprender que ante el escenario canta un espíritu rebelde y sin cortapisas.

En “Caída libre”, de su último trabajo grita:“Terrorismo es dejar en paro a un pare de familia / que Dios ampare, que la ley no ampara / ampárame mamá, las cosas están claras / existe un precio, bájate las bragas / vende esa droga y hazte rico, la banca paga...”

Es un ejemplo, porque en otro de sus temas, en “Nanai”, se ríe de lo que es una “buena pareja”, una unión en la que él le pega y ella se deja. Ahora solo falta ver si el próximo noviembre consigue el Grammy en la categoría Mejor Álbum de Música Urbana. Los clasificados como buenos de la música deberán dictaminar si la La Mala de la boca sucia y moral torcida toca el cielo.

El silencio,la última rebelión de Bebe

El tercer ángel en discordia sería Bebe (Valencia, 1978), una mujer que enganchó con sus canciones reivindicativas, feministas y voz original. Con su primer y único álbum, Pafuera telarañas, arrasó en 2004. Sorprendió por su frescura, verbo fácil y verdades cantadas sin prejucios en un tono entre rumbero, multiétnico y un manojo de guiños electrónicos. Malo, un tema en contra de la violencia de género, se ha convertido ya en un icono contra ese crimen que diariamente se lleva a cientos de mujeres en teoría queridas por sus maridos y compañeros. Bebe cuenta que lo hizo porque necesitaba hacer pública su opinión sobre ese tema que está todos los días en las noticias, “porque hay que echar la mala leche”.

Pero esa era solo una canción; en el resto se reía del mundo y a las mujeres les daba las fórmula para conquistar el cielo: solo tenían que quererlo; cantaba a un planeta Tierra enfermo o enseñaba a las mujeres abandonadas a disfrutar del sexo en solitario hasta gritar. Para la cantante y últimamente actriz –ha participado en Caótica Ana, la última película de Julio Medem, unos de los directores españoles más modernos– su trabajo es libertad pura y dura. Por ello, para preservarla, últimamente se refugia y quiere esperar a tener más cosas que contar antes de volver a coger su guitarra. “Es que la fama es una mierda. Desvía la atención del público hacia otras cosas y distorsiona el mensaje”, asegura. En eso coincide también la Mala, que añora la inocencia de los principios. Buika por su parte, sigue como en la copla que interpreta, “jodida pero contenta”, y eso, afirma la cantante afro, le gusta porque el amor, según ella, es un arma de doble filo que a veces viene de buenas y otras no.

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