Festival Medellín vive la Música

Ciudad Sonora

La música ha demostrado que Medellín es una ciudad que acoge a numerosas culturas provenientes de diversos lugares del país. ¿Cómo está dividida esa composición social y cultural? ¿Cuál es el rico panorama sonoro de la capital de Antioquia? Un viaje a los géneros y las fusiones de una ciudad donde se oye salsa, rock, punk o rap.

2015/08/25

Por Esteban Duperly

Medellín se asienta sobre un valle muy estrecho circundado por montañas. Para donde se mire, la vista se encuentra con una ladera y la sensación de horizonte prácticamente no existe. Esto hace pensar que se trata de una ciudad encerrada en sí misma. María del Rosario Escobar, Secretaria de Cultura Ciudadana, dice que ese mismo encierro le ha dado una enorme necesidad de comunicación a una ciudad que tiene vasos comunicantes con las dos costas de Colombia, así como con el centro del país. “Todo el tiempo nos oponemos a esos problemas de encierro. El caso de las viejas disqueras es elocuente: fuimos los protagonistas de algunos de los momentos más interesantes de la industria musical del país. Ahora hay que ver lo que está ocurriendo con el reggaetón como un fenómeno de producción: Medellín es uno de los centros latinoamericanos del género. En esos dos casos hay una respuesta a ese discutible encierro”, dice.

Medellín es diversa y eso se ve en sus calles. La razón, otra vez, es geográfica. En un fenómeno que por supuesto es común a todas las demás urbes del mundo, la ciudad absorbe la migración de los vecinos. Cerca del 80% de los jóvenes que parten de las subregiones del departamento llegan a Medellín para estudiar o trabajar. Además, existe una población indígena bastante activa: en los barrios El Chagualo, Sevilla y Prado Centro hay cabildo y cabildo juvenil indígena. En las universidades es fácil encontrarse con estudiantes emberas, ingas y wayúu. Y, después de todo, el departamento también limita con el Eje Cafetero, Córdoba, Bolívar, Boyacá, Santander y Chocó.

Caminar por el Parque San Antonio, un viernes al final de la tarde, es experimentar un trozo de Quibdó. Desde siempre ha existido una relación entre Antioquia y Chocó, donde Medellín acoge un flujo constante de migrantes, especialmente desde 1946, cuando se abrió una carretera que conecta a las dos capitales. A lo largo de los años, y en un movimiento espontáneo de acople a la ciudad, los recién llegados han hecho suyos lugares donde la música y el baile son los elementos centrales del mantenimiento y la reinterpretación de una cultura, en este caso, la afro. Si en las noches San Antonio se agita con salsa, la Comuna 8 –Villa Hermosa– y la Comuna 13 – la parte alta de San Javier– son enclaves chocoanos donde el bunde y las chirimías son folclore puro que se ha mezclado con la cultura hip-hop.

Por las vías que conectan a Medellín con Turbo, y por ende, con el mar, que resulta tan Caribe como Pacífico (el Urabá chocoano) también han entrado influencias sonoras que se expresan en reggae y en sonidos antillanos. Una red de comunicación mercante y marina, que como andinos es difícil siquiera imaginar, une al golfo de Urabá con todo un litoral y las islas San Andrés y Providencia. Por razones que quizás puede explicar la demografía, la parte baja de la Comuna 5 –Castilla– es un epicentro de reggae, con bares y el festival Big Up, que el año pasado se realizó en el Parque Juanes de la Paz. Y así mismo, un buen día, Camilo Suárez, la voz líder de la banda de rock Parlantes, salió al escenario del céntrico Teatro Lido con un quijada de burro –un jawbone sanandresano–. Así que precisar dónde emerge, dónde se expresa, dónde inicia y dónde termina la influencia de tal o cual ritmo carece de sentido, porque la naturaleza misma de las influencias es esa: disolverse entre la gente como en un crisol donde todo se funde y surgen nuevas amalgamas.

El ejemplo clásico e histórico es Guayaquil, un sector que durante décadas tuvo enclavada una estación de ferrocarril, un mercado, trilladoras de café, estudios fotográficos, cacharrerías y bares. “Un territorio permisivo, donde se podían expresar muchas cosas, que estaba habitado por un enjambre y donde la vida se desbordaba”, al decir del historiador Jorge Mario Betancur. No en vano allí se consolidó el tango, después de la muerte de Carlos Gardel, cuando Medellín se decidió por una vocación tanguera, otra influencia que llegó de afuera.

“Los géneros musicales son un indicador natural de nuestra sociedad mestiza”, dice Sara Melguizo, Directora de la Unión del Sector de la Música (USM Colombia) desde su oficina, en el barrio Carlos E. Restrepo. “Como ciudad a veces nos han querido rockerizar –dice– y sí, somos muy rock, pero la música es la radiografía de la población. Aquí hay música afro en la Comuna 8. Pero también hay consumo de música clásica y ópera. Y está la música de uso, como las serenatas y los mariachis. Somos, quizá, más diversos de lo que nos imaginamos”. La Secretaria de Cultura Ciudadana concuerda: “Nos cuesta reconocerlo porque todo el tiempo estamos bajo el paradigma de que acá nunca pasa nada, pero realmente sí pasan muchas cosas”.

¿Cómo probarlo, cómo calcularlo más allá de la evidencia perceptual? Al Festival Altavoz se presentaron a audición 292 bandas de las 16 comunas y los 5 corregimientos. Cada una debía inscribirse en una de las 7 categorías que, a su vez, equivalían a un género musical. De entrada solo una porción muy pequeña de todo el espectro musical de Medellín aporta, por lo menos, 7 géneros, aunque ese es un tema que se expande hacia el infinito, como un fractal: “Lo que vemos con Altavoz es que cada vez es más difícil diferenciar géneros”, explica Escobar. “Hay tantos cruces como gustos, como posibilidades de creación”. Por eso, el festival abre la convocatoria de bandas y les permite ser lo más diversas posibles: “Punk y sus ramificaciones”, “Metal y sus ramificaciones”, dice el formato de inscripción. Solo para “Core” hay 5 subgéneros –Hardcore, Grindcore, Rapcore, Metalcore, Emocore– y al final hay que dejar la opción abierta con un amplio “y sus afines”.


Medellín es una ciudad diversa que ha acogido a un flujo de migrantes, quienes la han nutrido con sus sonidos.

Sara Melguizo, desde la USM, afirma que esa profusión de géneros es un buen síntoma. Desde allí también coordinan “Aquí suena Medellín”, un proyecto de la Secretaría de Cultura que comenzó a operar en 2013 y nació bajo la premisa de producir una solución a las dificultades de circulación musical y, además, lograr que la ciudad tenga más eventos en vivo y artistas residentes en bares y restaurantes. El proyecto funciona online –www.aquisuenamedellin.com– donde tanto los músicos como los lugares se registran. Los artistas suben su material, escriben sus propias reseñas y los lugares registrados pueden acceder a las canciones, bien sea desde el perfil del artista o por medio de un play list que la USM y la Revista Música organizan cada semana. “Lo interesante de la plataforma es que te permite saber qué está sonando a qué hora y en dónde”, explica Melguizo. De ese modo, un músico puede conocer dónde suena su música y buscar más cercanía con el lugar para luego hacer conciertos, toques en vivo o promocionar sus discos. Es decir, se acorta la distancia entre el consumidor y el producto.

5917 canciones, 806 artistas públicos, 46 sitios públicos, 550 eventos, y 20 conciertos en 44 lugares hacen parte de “Aquí suena Medellín”. Si el Festival Altavoz recoge 7 géneros, puede decirse que esta plataforma los reúne a todos. Sara explica que no hay una curaduría específica, precisamente porque se trata de un producto público y diverso, donde todos los artistas están invitados a participar. Para hacer parte del proyecto el músico solo necesita una canción.

El resultado es una colección de ritmos que le apuntan a todos los gustos y dan cuentan de lo variado y rico que es el panorama sonoro de la ciudad: pop, jazz, tango, cumbia, salsa, electrónica, rock, reggae, vallenato, indie, latino, ska, funk, balada, cuerdas colombianas, merengue. Se puede usar sin temor la frase “un largo etcétera”, que incluye el ecléctico ‘músicas del mundo’ e invenciones como ‘new age folclórico’.

Ahora bien, entrar en los terrenos de las fusiones y las mezclas guarda una pequeña trampa. Lo fundamental es advertir el lindero donde las cosas dejan de ser efímeras para convertirse en una propuesta artística apalancada por músicos capaces de producir un nuevo estilo. Así aparecen, por ejemplo, Tucuprá, que se autodefine como “una mezcla juiciosa y respetuosa de géneros musicales de raíz negra”. O Tierradentro, que incluso ha acompañado al Ballet Folklórico de Antioquia, pero también tiene onda rock. Gordo’s Project, con un estilo que bautizaron “chucuchucu fashion”; Puerto Candelaria, que hace “cumbia underground” y “jazz a lo colombiano”; y Calavera y La Popular Independiente, con el disco Montañero a lo moderno.

“Es muy guasquero, muy carrilero, muy antioqueño”, dice de ese trabajo Teo Calavera, la voz líder de La Popular. “Me gustaba mucho la guasca porque se me parecía mucho al punk, y yo era muy punkero. Comenzamos con la idea de hacer guascas pero llegamos a otra cosa. Nos montamos en la película de ser una banda de rock con influencias colombianas”. En efecto, el arte de la contratapa del disco –hecho por Mateo Isaza, el diseñador gráfico detrás del personaje Calavera, que él define como “una exageración de mí mismo y de mi herencia”– es un camión de escalera que está a punto de atravesar montañas, y es una analogía del concepto de la banda y el sound system que los acompaña. “Un camión bien poderoso, una chiva de sabor que va subiendo la loma”, explica Mateo.

Un concierto de Calavera y La Popular Independiente tiene algo de puesta en escena donde hay baile espontáneo. El show de la cuchara se hizo célebre hace 3 años en el Festival Altavoz. “Imagínese una banda que tiene una batería atrás y de repente sale un ‘mancito’, saca unas cucharas y llama la atención. ¿Quién hace un solo de cucharas en un festival de rock?”, recuerda Mateo. Las cucharas son un instrumento andino que incorporaron a su sonido y Mateo, por ejemplo, acaba de descubrir el cuatro, una suerte de ukulele suramericano.

Las influencias son amplias: además de la guasca y la carrilera, también se nutren de reggae, cumbias, salsa, merengues, porros y parranda. En el espíritu de La Popular está la herencia de los tíos en los balcones poniendo rancheras y corridos un domingo en la tarde después de un cásico de fútbol. La música de diciembre con la familia. Los tangos de las cantinas del centro o de Envigado. Los paseos al río con pelota de números de la niñez. Los buses de colores para ir a la universidad. Los taxis. En suma, las cosas corrientes de Medellín, lo que compone la vida diaria, combinadas con el agite de una fiesta de rock.

Unidos somos más

Un festival como Altavoz, que dura 3 días y convoca a tanto público y a tantos artistas, abre el espacio para bandas de géneros que antes se asociaban a la contracultura. Como el punk y rap, que historicamente han sido la banda sonora de la violencia. Hoy, todos, hacen parte de un panorama más tranquilo. Escobar explica el rédito importante para Medellín: “No es posible seguir pensando esta ciudad sin eventos como esos. ¿Qué pasaría si no se hiciera el Festival Altavoz? La insatisfacción sería enorme, la tristeza, la desilusión. Unir a una ciudad en ese evento de tres días es un capital enorme”.


Teo Calavera le apostó a una rara fusión entre la guasca y el punk, a través de su agrupación. La Popular Independiente. 'Es un camión bien poderoso, una chiva llena de sabor que va subiendo la loma'.

Por supuesto, otras acciones permiten que el espectro rítmico se amplíe. La Orquesta Filarmónica de Medellín realiza desde hace 7 años el Festival Internacional de Música (FIMM), donde el género sinfónico encuentra su hogar, pero allí también se invita a músicos que traen son cubano, música latinoamericana, música tradicional colombiana y jazz. Durante 2 semanas, y a menudo en conciertos al aire libre, la agenda musical se robustece en ritmos. El Festival Internacional de Tango –realizado el pasado junio– nutre año a año a tangueros y milongueros. El Festival Medellín Vive la Música, durante 6 días, convoca géneros muy diversos. Y Medejazz, que comienza en septiembre, y el año entrante cumple 2 décadas, es a la vez vitrina para el jazz, sus derivaciones, y la salsa.

Del jazz a la salsa pasando por el rap

Aunque siempre rondado, el jazz se aclimató finalmente en la ciudad en los años ochenta, durante una época en la cual la Orquesta Big Band ofrecía conciertos en el Teatro Metropolitano. Ahí comenzó a configurarse un público que creció hasta congregar a 10 mil personas en conciertos al aire libre. Oscar Mario Castañeda, director ejecutivo de la Corporación Medearte, que organiza Medejazz, recuerda: “Ver tanta gente escuchando jazz, gente en hamaca, otra sentada, gente que llegaba a pie, en bicicleta, en moto, en carro, y luego ver los ríos de gente cuando se acababan los conciertos, era muy satisfactorio”.

En la actualidad, sin embargo, no hay un circuito continuo de bares o clubes donde se interprete. El Café Teatro, ubicado en Barrio Colombia, que contaba con un gran piano de cola, tuvo que cerrar después de 7 años de funcionamiento. Por eso Oscar sigue considerando al jazz un género apreciado solo por nichos. No obstante, hay programas en 3 emisoras de la ciudad –otra más suena Latin jazz– y en las facultades de música ya se incluye la enseñanza jazzista en los currículos. “El jazz que hacemos acá no es el mismo que se hace en Estados Unidos o en Europa –explica Oscar–. Acá hay una inquietud de propuestas y de mezclar lo nuestro. Eso, definitivamente, es lo que llama la atención”.

Pero si queremos pensar en un género diverso hay que referirse a la salsa. En sí misma es la fusión y conjunción del mambo, el son, el cha cha chá, el bugalú, el bolero, la guaracha, la plena. Como explica Jairo Luis García, de Latina Stéreo –un locutor de vieja guardia “licencias de locución 984 y 1052 de 1963 del Ministerio de Comunicaciones”, como orgullosamente dice– Richie Ray se inventó el término en Venezuela en el 67 para expresar que era “una salsa con toda la música”.

Medellín es salsera al máximo y, aunque suene contradictorio, esa misma diversidad termina por conferirle un factor unificador. Si queremos pensar en un elemento que una a una ciudad que es ancha, larga, honda y dispareja, ese es la salsa: suena en todos los barrios de Medellín, desde el Popular 1 hasta El Poblado. En la Comuna 16 –Belén– es muy fuerte. Jairo Luis, quien se inventó los “salsaludos” para la gente común que mezcla las actividades cotidianas con dosis masivas de salsa, corrobora: “Cala tanto en todos los estratos porque es una música muy bien hecha. Además le canta a la vida, al amor, al despecho, a la mujer, a Dios, a la naturaleza, a los animales, a los amigos, a las ciudades. Le canta a todo. A quién no le va a gustar eso”.

Tal vez no haya en la ciudad un público más fiel que el salsero. Jairo Luis afirma que además es un público con el oído muy educado porque ha visto en vivo al Gran Combo, a Richie Ray y al Sexteto Juventud. Joe Arroyo se hizo en Medellín. El año pasado Oscar de León cantó con la trompetista Maite Hontelé, acompañados por una big band. Y Poncho Sánchez estará tocando congas en el próximo Medejazz 2015 –septiembre–, donde escenarios grandes como la Plaza Gardel, cerca del Aeropuerto Olaya Herrera, se llena con 4.000 personas.

El verdadero pulso musical de la ciudad se toma en la calle. La Carrera 70 con sus serenateros y conjuntos vallenatos, el billar Caballoblanco lleno de mariachis, los Parques Biblioteca donde los jóvenes se juntan a hacer rap, Los Plones haciendo punk en Moravia, las Milongas Playeras del Teatro Pablo Tobón en plena calle, el reggae en Ghetto bar y Yagé bar en Castilla, la salsa del Parque San Antonio al final de la tarde, los conciertos didácticos de la Sinfónica de Antioquia, las baladas románticas en la Galería de la Fama en el Parque del Poblado, los concursos de improvisación de cada viernes en la escuela de trova Astrocol, las verbenas en el cabaret “El Cantadero” del Teatro Matacandelas, los cantautores en vía de extinción del barrio Carlos E. Restrepo, la fiesta inacabable de salsa y rock en el bar El Guanabano, con quien quiera tocar guitarra afuera, en el Parque del Periodista. Y, finalmente, el reggaetón, presente en toda la ciudad, terminó de derrumbar el mito del encierro, con cantantes puertorriqueños que producen en Medellín y artistas que se fueron, como J Balvin y Maluma.

María del Rosario explica que la música ayuda a elevar el estado de ánimo de las poblaciones. Los gobiernos deben poner los elementos para que la mayor cantidad de expresiones artísticas, en este caso las musicales, aparezcan en escena. La política debe actuar para permitir escenarios donde la música surja, bien se trate de festivales, plataformas online, apoyos para bandas, o simplemente crear en la ciudad un clima cultural saludable, donde cualquier género encuentre un lugar.

En efecto, Medellín es una ciudad cercada por montañas donde la vista se cierra muy pronto. El panorama sonoro, sin embargo, crea para ella un horizonte amplio y lejano.

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