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Como su ritmo no hay dos

El bajista cubano Israel López, más conocido como Cachao, viene a Colombia a presentarse en la décima edición del Festival de Jazz de Barranquilla, BarranquiJazz, que tendrá lugar desde el 13 de septiembre. Otras cuatro ciudades de Colombia se prenden con festivales de jazz.

2010/02/09

Por Juan Carlos Valencia Rincón

Cachao nació en La Habana en 1918. Fue un niño prodigio que ingresó muy temprano al conservatorio y poco tiempo después ya estaba trabajando con la Orquesta Filarmónica de La Habana. Junto con su hermano Orestes, también músico, se especializó en la composición de danzones; ha compuesto más de tres mil a lo largo de su carrera. Hacia 1939, creó un nuevo estilo musical que retomaba la diversidad de la tradición cubana aumentando la velocidad del ritmo. Ese estilo se hizo famoso en el mundo entero con el nombre de mambo, pero terminó asociado con otro de sus exponentes: Dámaso Pérez Prado. Tras el triunfo de la revolución castrista, Cachao se fue de Cuba y se estableció en Nueva York, donde se convirtió en una de las grandes figuras del jazz latino y se presentó en importantes salas de concierto y clubes como el Palladium. Pero con el surgimiento de la salsa, a finales de los años sesenta y principios de los setenta, Cachao perdió visibilidad. Se radicó entonces en Miami y sólo hasta los años noventa las cosas mejoraron. En 1993, el actor y director de cine Andy García le patrocinó una sesión de grabación con músicos como Paquito D’Rivera, Alfredo “Chocolate” Armenteros y Rolando Laserie. García aprovechó la ocasión para filmar un documental sobre él: Cachao, como su ritmo no hay dos. La película y el disco fueron un éxito, y, gracias a ellos, Cachao ganó el premio Billboard como mejor nuevo artista en 1994. Este “nuevo” artista tenía 76 años de edad. Desde entonces, su nombre ha vuelto a adquirir el matiz de leyenda. Arcadia conversó con él desde Miami.

Muchos integrantes de su familia han sido músicos y en particular bajistas. ¿Por qué este instrumento?

El bajo es un instrumento que ha gustado en la familia. Todos somos bajistas, todos conocimos bien el instrumento. Mi padre, mi madre y mis dos hermanos, todos tocaron el contrabajo y por ende yo también. Eso viene desde el siglo xix. Yo aprendí con mi padre, que era profesor de bajo en el Conservatorio de La Habana. Después estuve treinta años con la Filarmónica de La Habana tocando el contrabajo. Tocábamos obras de Brahms, Bach, Wagner, también óperas, zarzuelas españolas y obras de todo tipo.

¿Empezó a tocar el bajo desde muy joven?

Sí, empecé a trabajar con la Filarmónica a los doce años. Tenía que subirme en un cajoncito para poder tocar. También toqué la trompeta, el tres y el piano. Todos son instrumentos difíciles. Cuando uno los va a estudiar de verdad, todos son difíciles. Yo toco el bajo con arco o pizzicato, pero prefiero el arco, ya que hay más posibilidades de entregar el mejor sonido del instrumento. Cuando empecé a tocar, era fácil conseguir contrabajos en Cuba, venían por ejemplo de Alemania, Checoslovaquia, Italia. Llegué a tener uno fabricado en 1830, pero era muy delicado y el seguro, muy costoso, así que decidí venderlo.

¿Por qué Cuba ha sido una fuente de tantos ritmos musicales durante décadas?

Es asombroso. Yo me imagino que existen en Cuba entre 58 y 62 ritmos diferentes. Lo que pasa es que ya no se utilizan. Los ritmos que se conocen son dos o tres, pero otros ritmos autóctonos no se practican. No sé cuál es el motivo, pero se van alejando del recuerdo de la gente, van desapareciendo las generaciones que los hacían. Necesitamos que haya personas que se dediquen a ellos para preservar algo de nuestra autenticidad. Además, nadie se ocupa del tema de la promoción.

¿La primera orquesta de música popular con la que tocó fue la del cantante y pianista Bola de Nieve?

No, primero trabajé con un conjunto en el que yo era percusionista, bongocero. Después sí trabajé con Bola de Nieve, en el cine silente. Como no había sonido todavía, los músicos teníamos que hacer todos los efectos. Se improvisaba la música. Cuando una actriz salía cantando, el violinista se encargaba de la melodía. Cuando un hombre cantaba, era el saxofonista el que tenía que tocar.

¿Le gusta el cine?

Sí, cómo no. Pero las películas serias. Cuando se es joven siempre está uno con películas de acción y esas cosas. A mí me gustan sobre todo las películas de historia, para conocer las diferentes culturas.

Su relación con el género de los danzones ha sido muy especial. ¿Todavía sigue componiéndolos?

Sí, sí, aunque ahora mismo estoy en un lapso de espera, porque estas músicas modernas de ahora han hecho que el danzón desaparezca, pero yo creo que volverá. Es algo tradicional. Lo que suena ahora es música de época, de juventud, que refleja ciertas vivencias, pero tarde o temprano entrará en decadencia, porque no hay romanticismo en ella, no hay casi nada. La esencia de la música no está allí. Pero, en todo caso, hay que darles paso a los jóvenes, ellos también tienen derecho.

¿Cómo fue el proceso de creación y grabación de sus primeras descargas?

Las organicé desde el año 57. Al principio no las aceptaban mucho, porque se trataba de una revolución musical, pero, como siempre había melodías y letras, fueron aceptándolas poco a poco. Los discos que grabé en esa época ya no se consiguen casi, son muy escasos, están desapareciendo. Creo que algunos se venden entre coleccionistas en California. Las partituras las dejé en Cuba y no sé en manos de quién están.

¿Cómo fue su llegada a los Estados Unidos?

Fui con un contrato de trabajo, después de estar en España. Llegué a tocar en el Palladium, con la orquesta de Charlie Palmieri. Después pasé a la orquesta de Tito Rodríguez y luego a la de Mario Bauzá. También trabajé con Eddie Palmieri. Toqué muchas veces en el Palladium. Por ahí desfilaron las mejores orquestas que existían en esos días y uno también podía ver a excelentes bailarines.

¿Y a usted le ha gustado también el baile?

¿A mí? Sí, yo bailé hasta los doce años de edad, después me retiré (risas). Desde entonces sólo estoy dedicado a la música. Me concentré en la composición y la ejecución y me fui alejando del baile. Yo bailaba todo tipo de música, porque en la época mía, había que bailar de todo: el pasodoble, el bolero, el tango.

¿Cómo conoció a Andy García?

Fue en un concierto que estaba dando en California. Andy estaba en un receso de filmación de una película y fue a conocerme a un teatro en San Francisco donde yo daba un concierto con el guitarrista Carlos Santana y el percusionista John Santos. Yo era buen amigo de su papá, René García, pero en ese momento no sabía que Andy era su hijo, me enteré después. Andy me propuso hacer un concierto y filmarlo para producir un documental. Le contó a su padre la idea, le dijo: “Quiero hacer un documental con un músico que me ha gustado mucho desde niño, quiero hacerle un homenaje”. Su padre le preguntó quién era ese músico y cuando Andy le respondió que era yo, la respuesta del padre fue: “¿Y dónde está el sinvergüenza ese? Yo conozco a Cachao por lo menos desde los años cuarenta”.

¿Su hermano Orestes todavía está vivo?

No, no. En mi familia no queda nadie. Sólo en Cuba, el que hizo la película de Buena Vista Social Club, Orlando López, a quien le dicen Cachaíto. Y una serie de bajistas que no conozco, alrededor de 75, mi familia multiplicada, todos tocando el contrabajo.

¿Ha estado en Colombia?

En Colombia he estado tres veces, siempre en Cartagena de Indias. Pensaba ir a Bogotá una vez, pero no se pudo. La primera vez fue de paso. Iba de Cuba hacia España y el barco hizo escala. La segunda vez sí estuve tocando. Mucho tiempo después, fui al Festival de Cine de Cartagena, para presentar el documental que hice con Andy.

¿Con qué grupo se va a presentar en el festival BarranquiJazz?

Con mi banda actual, somos de diez a doce. Tocamos mi música, música popular: descargas, sones, rumba, guaguancó, danzones. Lo que nos pidan. Los arreglos son míos. También estamos tocando la música que grabamos en los últimos compactos.

Va a cumplir años en los días en los que va a estar en Colombia...

Sí, imagínese. Cumplo 88 años, de los cuales ochenta han sido trabajando. Empecé a los ocho años. Ahora camino un poquito defectuoso, pero la música para mí es como una terapia. Cuando uno se sube al escenario pierde todos los problemas de la edad, me considero un niño de quince. .

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