Un indígena huitoto, parte de la primera presentación de la noche. Foto: León Darío Peláez.

"No más guerra, no más lágrimas, no más muertes"

Cerca de 80 cantaoras de Bojayá, grupos indígenas de la Amazonía, Antonio Arnedo y La 33 se presentaron el 29 de noviembre en la Plaza de Bolívar para celebrar con un emotivo concierto el nuevo acuerdo por la paz. Crónica.

2016/11/30

Por Sergio Rodríguez

Las columnas del Capitolio estaban extrañamente limpias. Tal vez era cómo estaban iluminadas. Imponentes. Frente a ellas había una tarima enmarcada por los rostros de víctimas y líderes asesinados que se proyectaban en las paredes del Congreso. Un cerco de tela blanca con fotos de víctimas, una de las tantas iniciativas que ha suscitado el resultado del plebiscito y la firma del nuevo acuerdo entre las FARC y el Estado, bordeaba la tarima. Unas señoras pegaban flores a una tela blanca, amarillas, verdes, rojas, naranjas, violetas. El público llegaba y ya eran casi las seis de la tarde en la Plaza de Bolívar cuando arrancó Acordes por la Paz.

Dos troncos de Yuruparí huecos eran dos tambores enormes, que retumbaban en la Plaza. El mayor Hiutoto de la Chorrera, en el Amazonas, saludó al público, saludó a la paz y recordó cómo su pueblo ha sido víctima, primero de los caucheros y después de las guerrillas: “Desaparecieron millones de abuelos sabios, fueron violados nuestros antepasados, los niños, la señoritas. Obligaron a nuestros abuelos a trabajar aprovechando un producto (el caucho), que es patrimonio para nosotros los indígenas de Colombia. Nosotros no disfrutamos, lo disfrutaron otros países. No más guerra, no violación, no más lágrimas, no más muertes. Porque Colombia es un país rico y multiétnico y pluricultural, eso es lo que vamos a conservar toda nuestra vida, para el mundo”. El público gritó de júbilo, de aprobación, de felicidad.

El sol ya casi no se veía. El naranja pasó a ser un azul ultramar profundo con pocas nubes. Otro de los líderes indígenas tomó el micrófono: “la paz no puede hacerse en silencio. Hace rato sonaba otra cosa, hoy deben sonar los cantos, el Manguaré, la voz de las mujeres y de los hombres, de los ríos, de los pueblos. La paz, esa paz de verdad. Dicho bien: P A Z”. Saludó a los presentadores, dos actores, que terminarían uniéndose al baile. Este carismático personaje dijo que ahora sí conseguiría esposa: “y me voy a casar para que mis hijos se críen, para que nadie los reclute, para que nadie los viole y para que yo pueda cantar y bailar tranquilo. El que no baile no quiere la paz” y sentenció al público a danzar, a seguir sus ritmos y movimientos.


Músicos y presentadores bailando en la tarima. Foto: León Darío Peláez. 

Un par de minutos después empezaron a aparecer esas ollas sin fondo de las que aguapanela sale sin parar y empezaron a verse aromáticas y canelazos en vasos blancos de icopor en las manos de los asistentes. “Este frío está muy bravo”, decían. A la tarima subían las cantaoras de Bojayá para cantar sus alabaos. Estas mujeres de ébano llevaban blusas blancas y unas voces terriblemente bellas. “Se que ha llegado un alma sin yo mandarla llamar” “Salve, salve, / salve, nos llegó la paz / Salve, salve, / salve nos llegó la paz / Oiga señor Presidente a usted lo queremos apoyar/ por usted haber trabajado y haber logrado la paz”. Su presentación terminó y algunas lágrimas sobre las mejillas de quienes las despedían desde el público.

El concierto avanzaba vertiginoso, los asistentes instaban por más alabaos. Otro grupo de cantaoras, la Red de Mujeres del Pacífico Sur, vestidas de blanco, bañadas por una luz morada entraron a escena. Sus voces creaban armonías livianas que estallaban contra las playas del Pacífico. A la Plaza seguía llegando gente por la Séptima, pasaban frente a la Catedral y se detenían para ver los rostros de más víctimas y líderes asesinados durante el conflicto. El viento también llegaba a la Plaza. Hacía más frío pero eran pocos los que desertaban, la mayoría esperaba llegar al final para escuchar a La 33 y celebrar que el nuevo acuerdo fue firmado.

Llegó el turno del jazz con Antonio Arnedo que junto a su banda trajó ritmos autóctonos explorados en una propuesta ecléctica y poderosa. Tres muchachas bailaban. Los cuatro músicos sobre la tarima interpretaron un porro sabanero y ya no eran tres muchachas, la Plaza comenzaba a contagiarse y cada vez más personas bailaban. Su intervención fue breve, casi todas lo fueron. Siguieron las cantaoras de Echémbelé. Llevaban trajes naranjas, morados y azules, “del cielo viene bajando la paloma mensajera / anuncia a todo el mundo que acabará la guerra” cantaban. El público las acompañaba con palmas -casi todas a destiempo-.

Se subió a la tarima un Hombre de barro, una propuesta que reinterpreta la música indígena y folclórica con un sonido poderoso y algunos tintes a mathrock. Creó atmósferas sostenidas por el retumbar de un bajo gordísimo y una batería volátil, que estalló al público que coreaba “otra, otra, otra” y como suele pasar, no hubo otra. Habían otras agrupaciones. Víctor Hugo Rodríguez, con una guitarra acústica terciada sobre su camisa blanca, se paró frente al micrófono con una sonrisa eterna, saludó y arremetió contra su instrumento que acompañaba su gruesa voz.


Una de las imágenes de las vícitmas proyectadas en la Plaza de Bolívar. Foto: León Darío Peláez. 

Eran las 9:00 p.m. cuando La 33 subió a la tarima. La gente se fue acercando más cuando comenzaron a sonar la trompeta, el saxofón, el trombón, el bajo, el teclado y la batería. Salsa brava y poderosa y las parejas se arremolinaban en pequeñas piruetas, giraban sobre sí mismos, los pies iban para adelante y para atrás, los que tenían poncho o ruana giraban con ellas, las mujeres batían sus caderas. Los vientos de la orquesta se pararon al borde del escenario. Un mambo asesino llenó la Plaza, cada músico tuvo sus minutos para improvisar y ser protagonista.

Faltaban pocos minutos para las 10:00 p.m. cuando terminó el concierto. “Estuvo muy chévere, pero debieron subirle al volumen, no se escuchaba mucho” dijo un hombre antes de irse. “¿Qué vamos a hacer? Hay dos opciones el Chorro o…” gritó un muchacho a su grupo de amigos que estaban un poco dispersos. Acordes por la Paz terminaba y los rostros seguían proyectados sobre el Capitolio, para no olvidarlos, para que no sean más.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.