San Basilio de Palenque

La tambora, la tierra y la vida

A sus 82 años, el músico palenquero Rafael Cassiani es el último representante de una generación de juglares surgidos del primer pueblo libre de América.

2015/06/09

Por Marco Bonilla

La casa de Rafael Cassiani Cassiani, en el barrio alto de San Basilio de Palenque, se ha convertido en un destino turístico. Los viajeros, que cada vez llegan en mayor número a esta localidad, a cuarenta minutos de Cartagena, son recibidos por el músico en el cobertizo techado con paja de su hogar.

Guías jóvenes al frente de grupos de foráneos se acercan a la casa de Cassiani, tras un corto recorrido por la localidad en el que se les muestra la riqueza cultural de este rincón de Colombia: la herencia viva de África, manifiesta en la tradición funeraria, musical, lingüística y culinaria de San Basilio de Palenque. 

Rafael Cassiani los recibe con el torso desnudo, salvo por unos collares africanos de gruesas cuentas y una medalla dorada que recibió de manos del gobierno colombiano en 2010. Hace un calor asfixiante, atemperado por el viento que zumbando sobre nuestras cabezas viene de los montes de María, para cruzar el canal del Dique y morir en el mar Caribe. La brisa nos trae el murmullo de calles sin asfaltar, la risa de los niños, los ladridos juguetones y la charla interminable en lengua palenquera, esa mezcla de dialectos bantúes, lengua portuguesa y castellano. Cassiani, de ochenta y dos años, es el último de los grandes maestros del Son Palenquero, una leyenda viva en su natal San Basilio.

Es un hombre espigado, de rostro gentil y delgado, con una sonrisa que aflora con facilidad, andares pausados, con cada pelo de su cuerpo curtido en blanco. El maestro palenquero recibe a un grupo de cinco jóvenes provenientes de uno de los mejores colegios de Bogotá. Son chicos curiosos e inquietos, entre los 17 y los 19 años, que recorren el Caribe colombiano con una mochila a cuestas. Cassiani responde cada pregunta que le formulan con una sonora carcajada.

“Yo aprendí primero la música y la agricultura vino después –dice con el golpeado propio de un hombre del Caribe–: La aprendí a los ocho años por un tío que formó el Sexteto Habanero Palenquero. En la década de los veinte los palenqueros viajaban, en tiempo muerto, a la Zona Bananera, en el Magdalena. Mi tío fue hasta allá y  conoció a un grupo de cubanos que le enseñaron la forma que adopta el sexteto, algunos ritmos de la isla y la construcción de algunos instrumentos como la marímbula”.

Cassiani saca una desconchada caja de madera pintada con tonos cálidos. El artefacto tiene un enorme ombligo en cuyas profundidades resuenan las notas de unas teclas metálicas.

“Es la marímbula. La hacen los carpinteros palenqueros. Los cubanos nos enseñaron el tipo de madera y la forma de construirlo. Nos dimos cuenta que acá había todo lo necesario para hacer música; guayacán o dividivi para la marímbula y el totumo para las maracas. Las guacharacas las hicimos de lata. Así comenzó el primer sexteto, el Habanero Palenquero, con algunas canciones compuestas por los cubanos y otras de origen local”, comenta Cassiani.

Por aquel entonces, la fama del sexteto se extendió por todo el sur y el centro de Bolívar, por las costas cordobesas hasta el Urabá antioqueño. En todas estas zonas se popularizaron los sextetos, siguiendo el ejemplo de Palenque. No había fiesta importante en Cartagena, Magangué, Ciénaga, San Antero o Corozal que no contara con la presencia del grupo palenquero.

Los músicos de esa primera generación del sexteto fueron desapareciendo sin dejar registro sonoro o fotográfico. La segunda generación de la tradición palenquera del sexteto fue liderada por Antonio Simancas, y en ella ya aparece Cassiani, con su voz carrasposa, como sembrada de espinas. Fue él quien cambió el nombre del sexteto a Tabalá, que en lengua bantú significa “Tambores de guerra”. Él ha sido quien ha formado la nueva generación del sexteto, la cuarta, para cuando llegue la hora de la transición. Mientras tanto, sigue cantando con Tabalá, llevando la música de San Basilio más allá de las ciénagas caribeñas, dentro y fuera de la geografía nacional.

Dicen que los palenqueros vienen al mundo, aman y mueren con el sonido del pechiche, el tambor fundamental para la cultura de San Basilio. La música señala el ciclo vital de todo habitante de este lado de la ciénaga de Gambote. Eso explica el respeto que sus paisanos tienen por Rafael Cassiani. Tabalá ha tocado en bautizos, comuniones, confirmaciones, matrimonios, aniversarios y funerales de tres generaciones de habitantes del Caribe colombiano.

“La gente pide que cantemos en su funeral –le cuenta al grupo de chicos de Bogotá, mientras estos le apuntan con sus celulares para sacarle una foto–: Quieren que su última canción sobre la tierra se la toquemos nosotros. Incumplir esa petición lleva a un enorme sentido de culpa”.

Otros piden picó, el sistema de sonido ligado a la historia de la champeta, esa música tanto afropalenquera como afrocartagenera. De cualquier forma, no quieren morir sin que la música sea su última compañera. Desde la cuna, hasta la tumba, la música acompaña el ciclo vital de todo palenquero. Y para tres generaciones, la música de Tabalá y la voz de Cassiani han sido la banda sonora de sus vidas.

Hace un calor en San Basilio que derrite las cocadas y obliga a las señoras que llevan de la mano a sus hijos a abrir sus abanicos. El sol se oculta arrojando sus últimos rayos sobre la ciénaga. Los chicos de Bogotá tienen que seguir su camino; piensan llegar esa noche a San Jacinto. Luego siguen su viaje con rumbo a Mompox. Con algo de prisa, Cassiani los acompaña hasta la puerta. Tiene que asistir a la misa de las cinco de la tarde.

 
*

Salimos con el músico y nos dirigimos a un velorio. Un viejo conocido de Cassiani ha dejado este mundo. La noche es fresca y el calor se ha disipado. La casa del difunto está abierta de par en par. Cassiani saluda a la viuda y los huérfanos del fallecido. Un ambiente denso se percibe en el aire. No hay un solo mosquito o zancudo en el interior de la casa. Un rumor de oraciones pronunciadas en una salmodia que me resulta extraña se sobrepone al lamento de los familiares. Es el lumbalú, una tradición palenquera que consiste en danzas, cantos, alabaos  y rituales vinculados a la muerte, los cuales se pueden rastrear hasta África occidental, principalmente Angola, y que se han conservado durante siglos.

 

Se ejecuta en comunidad durante las nueve noches que siguen a la muerte de una persona. Cassiani ha sido el testigo silencioso de muchas muertes y despedidas. Ha acompañado el ritual de lumbalú con tres generaciones de palenqueros. Según la tradición palenquera, luego de morir, el fallecido regresa dos veces al día a su casa, durante los nueve días siguientes al fallecimiento: a las 6:00 a.m. y a las 5:30 p.m.  A esas horas se reúne la comunidad en la casa del difunto para ofrecer el lumbalú.

San Basilio a esta hora se parece a la Comala de Pedro Páramo, la imaginaria localidad de Juan Rulfo asediada por espectros y fantasmas. Las sombras de los árboles trepan por las paredes formando figuras ominosas. Cassiani me cuenta una historia mientras recorremos el camino de regreso a su casa. 

Cassiani es un hombre religioso y como tal, piensa que el mundo está cargado de magia y de misterio. A su edad mira la muerte al rostro, pero con mucha alegría. En Palenque a los muertos se les baila y el signo de la desaparición de un familiar es triste pero no trágico.

Cassiani quiere que al morir le hagan el lumbalú durante las nueve noches, como dicta la regla, aunque esta vez no será su voz la que llene la casa de lamentos africanos. “Yo no le temo a la muerte, ni me inquieta lo que haya más allá de la vida –asegura–: Morir es natural e inevitable. Por eso no me preocupa. Ya sé que quiero para mi muerte y ya le he dicho a mi familia que quiero morir con las canciones del Sexteto Tabalá. Cuando muera sé que me voy a encontrar con mis compañeros sexteteros. Ellos me esperan con las tamboras listas para iniciar la fiesta”.

Cassiani ha viajado junto a sus cinco compañeros del sexteto Tabalá a Estados Unidos, Canadá, Jamaica, Cuba, Panamá, Ecuador, España, Dinamarca. Ha sido un representante de nuestra música más conocido fuera que dentro del país. Cuesta imaginarse a este hombre, nacido bajo el sol bolivarense, soportando el frío de Montreal y Copenhague.

Al final, siempre regresa a Palenque. Tiene un pedazo de tierra cerca de San Basilio que no puede abandonar por mucho tiempo. La finca se llama “Cho Esteban” (cho significa tío en lengua palenquera), que visita una o dos veces por semana “para no perder el vicio de trabajar la tierra”. En su pequeña parcela tiene algunos animales, y pequeños cultivos de yuca, maíz, ñame, patilla, melón, pepino morado y caña. Cassiani es un hombre versado en el conocimiento de la medicina tradicional palenquera que tiene pocos puntos de contacto con la medicina alopática occidental. Conoce muchas plantas. Sabe de las propiedades de la anamú, la Santa María, el bejuco morado, la árnica. Él las prepara o enseña a las personas que se acercan a su casa a cocinar emplastos de bejuco morado para las llagas, o baños de sal marina con baba de sábila para la buena suerte.

Como campesino nunca ha recibido créditos financieros ni subsidios del gobierno. Como músico ha tenido un poco más de fortuna. “Hace años el ministerio de Cultura me reconoció catorce millones setecientos mil pesos. Pero no recibo regalías por derechos de autor, porque como soy analfabeta nunca he aplicado en los registros de compositores y ellos nunca se han acercado a mí para facilitar las cosas. Lo que recibí del gobierno lo repartí con mis compañeros”.

Cassiani no ha sido pensionado y no tiene seguridad social. “A mí no me pasa nada porque mi Dios es más grande que un palo de coco. Uno se siente sólo y abandonado por el gobierno –señala, antes de agregar–: “A mí me entristece que me reconozcan más fuera que dentro del país”. 

El abandono de Rafael Cassiani es la soledad de Palenque. La patrimonialización del primer pueblo libre de América no ha tenido como corolario un aumento de las partidas presupuestales al municipio, que permanece sin servicios básicos y todas sus vías sin asfaltar.

Tras una tarde en su finca regresamos a Palenque por una vía veredal. El crepúsculo tiñe las nubes de tonos grisáceos. Las sombras de los árboles se proyectan sobre el angosto y polvoriento camino. El viejo juglar lleva frutas para sus nietos en una bolsa de tela. San Basilio le recibe con sus callecitas estrechas y mal iluminadas. Cassiani se despide de nosotros con un gesto apesadumbrado, antes de perderse en la noche palenquera.

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