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¡Cuidao en el barrio!

El grupo de salsa bogotano en tan solo cinco años ha conseguido lo que pocos grupos colombianos: acercarse a públicos especializados desde Japón hasta Nueva York. A pesar de no estar en el establecimiento, su propuesta independiente es mucho más que un éxito de temporada.

2010/03/15

Por Juan David Correa U

No es casual que el más reciente trabajo de la agrupación bogotana La 33 se llame Ten cuidado. Y no lo es porque se trata de un guiño a uno de los pioneros de la salsa, el panameño Rubén Blades, que en 1981 cantaba “Cuidado en el barrio, cuidado en la calle, cuidado en la acera, cuidado adonde quiera, que te andan buscando, por tu mala maña, de irte sin pagar”, en el disco Canciones del solar de los aburridos, de 1981, en el que aún formaba esa sin igual sociedad con el trombonista puertorriqueño Willie Colón.

Ten cuidado se lanzará este 4 de diciembre con una fiesta en el Theatron, ese inmenso cine de antaño en Chapinero hoy convertido en discoteca multiusos en donde La 33 ha demostrado su potencia al lado de leyendas como el puertorriqueño Henry Fiol. Quizás esa manera de hacer guiños a la salsa de los setenta, o mejor, a los días en que se creó ese raro y discutido híbrido llamado salsa, es lo que ha hecho que este grupo, fundado en el 2003 por los hermanos Sergio y Santiago Mejía, haya encontrado un público exigente, que no cree en cualquier cosa que se le ofrezca, que estaba aburrido de tener que haber migrado a la timba cubana como paliativo ante la erotización salsera de los noventa. Esa gracia, la de tender un puente entre un experimento urbano llamado Fania, que luego se convirtió en una máquina de hacer dinero, y este presente de aburridas canciones y melodías que se repiten como mantras maquinales, es lo que ha hecho que el marginal proyecto de los hermanos Mejía haya pasado de ser un experimento de una banda de muchachos encerrados en una casa en Teusaquillo, en la calle 33 con carrera 15, de Bogotá, a un admirado grupo que en el momento de escribir este texto estaba masterizando su disco en Nueva York, esa ciudad en la que nació la salsa.

Con tres discos encima, La 33 debutó en el 2005 con un trabajo homónimo en el que ya daban pruebas de una juiciosa aproximación a un género que estaba en decadencia. Lo suyo se debió a que los dos hermanos habían oído durante años y sabían de la existencia de una movida salsera en Bogotá, para nada nueva, que se había instalado desde los mismos años setenta en lugares legendarios como El Goce Pagano de la Calle 22; Quiebra Canto y La teja corrida, al frente de las Torres del Parque; Anacaona, en la carrera séptima con 47; y más adelante, en lugares como Salsa Camará, Son Salomé, Salomé Pagana, Galería Café Libro y numerosos bailaderos en los cuales aprendieron que Bogotá era un lugar salsero por tradición. Y también lo hicieron sabiendo de antemano que la salsa bogotana no era un invento suyo, pues los precedieron magníficas orquestas como Caña Brava, la primera orquesta femenina fundada por Bertha Quintero y Jeannette Riveros en los años ochenta; la misma Guayacán, que a pesar de ser muy caleña se convirtió rápidamente en una asidua de la ciudad, y otros experimentos urbanos que se diluyeron cuando llegaron los noventa.

Y en esa década, los aún adolescentes hermanos Mejía comenzaron a experimentar con el jazz y el ska, como dos géneros híbridos en los que también cabía la salsa. Sin embargo, los grupos de esos días también se acabaron, y el entonces guitarrista Sergio Mejía se fue para Canadá y al volver, comenzó con la obsesión de que lo que quería tocar era bajo y componer en clave de salsa. Así, en tan solo dos años, el sonido de La 33 se regó como pólvora por la ciudad. Al comienzo quisieron seguir siendo un grupo de amigos que tocaba por el placer de hacerlo, y que, muy a la colombiana, recibía sin mayores aspavientos lo que pagaban los bares. Pero se cansaron. Sabían que lo suyo tenía posibilidades de crecer, de profesionalizarse.

Por eso, en su segundo disco, Gózalo, resistieron las presiones e insistieron en un sonido que rápidamente se convirtió en un sello indiscutible. La salsa de La 33 suena como la salsa de los setenta, pero suena también como música bogotana, y eso, en palabras, es complejo de explicar: hay que oírlo. Ese decidido estilo que los ha convertido en una agrupación a la manera neoyorquina de tres cantantes al frente y un portentoso grupo de piano, cueros, bajo, y una tremenda sección de vientos con Sergio Mejía como director y bajista; Santiago, su hermano, como pianista; Guillermo Céliz, David Cantillo y Pablo Martínez, en las voces; Cipriano Rojas, en la conga; Juan David Fernández, en el timbal; Diego Sánchez, en los bongoes; José Miguel Vega, en el trombón; Felipe Cárdenas, en el saxo, y Roland Nieto, en la trompeta.

Ahora, los muchachos de La 33, después de haber estado en medio mundo, después de haberse subido al lado de leyendas como Chucho Valdés, Los Van Van, y tantos otros, se lanzan al ruedo con un disco ambicioso: un disco de letras mucho más frenteras (“tienes que olvidar el reggaetton”); en donde declaran sus principios, y se arriesgan a cantar Roxanne, de The Police, sin complejos, hacer funky con boogaloo o hacer un tema de salsa caribeña colombiana como Cartagena, que recuerda a Joe Arroyo.

En fin, un disco poderoso que es toda una declaración de principios: “la salsa no se acabao, la salsa buena, callejera, es de la montaña bogotana”.

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