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Dando Guerra

Compositor de la trajinada Contamíname, elegido por Joaquín Sabina o Paloma San Basilio para que escriba sus éxitos, el cantautor español viene a Colombia para recordarnos que la canción social aún sigue peleando por estar viva.

2010/03/15

Por Jaime Andrés Monsalve B

El escritor mexicano Rafael Ramírez Heredia tiene una particular visión acerca de quienes han nacido en las Islas Canarias. “Todo insular es loco por el simple hecho de encontrarse a diario con un horizonte donde solo hay agua y más agua —afirma—. Si a eso le añades esa descontextualización geográfica de las Canarias, un territorio que no solo no tiene nada que ver con la España continental sino que parece latinoamericano, la cosa es peor”.

Y qué decir cuando la región isleña en la que se nació tiene la particularidad de estar enclavada en una depresión bordeada por enormes barrancos labrados tras sucesivas erupciones volcánicas, y uno se cría ahí, en el fondo del cañón. Así es el pueblo de Güímar, al sur de Tenerife, isla del archipiélago que, según Ramírez Heredia, arroba el juicio. Y de ahí son también unos vinos de célebre reputación, unas fiestas patronales que pocos querrían perderse y un claro superávit de iglesias y templos para apenas 16.000 habitantes.

También está allí la avenida Pedro Guerra Cabrera, en homenaje al alcalde poeta que a principios de la década de los 80 cedió grandes proporciones de terreno a los habitantes de Güímar para fundar el barrio de Fátima. Para ese momento, su hijo Pedro Manuel ya cantaba los eventos populares del pueblo. Faltaba poco para iniciar su vida universitaria en La Laguna y para integrar, junto con Rogelio Botanz y Andrés Molina, la agrupación Taller Canario de Canción, conocida luego como Taller.

Pareciera ser deliberada, algo maquiavélica acaso, la elección de Lourdes Mansito como la madre del futuro niño bueno de la canción social española: así, una generación después, la tremebunda combinación onomástica Guerra Cabrera pasaba a ser, por cuenta de la casualidad, Guerra Mansito. Y Pedro Manuel, el cantante, guitarrista y compositor, no ha hecho sino rendirle honores a esa ironía implícita en sus apellidos. Porque ya sabemos, por obra y gracias de sus antecesores y contemporáneos, que la música aplaca a las bestias. Que “la guitarra del joven soldado es su mejor fusil”, como cantó Silvio Rodríguez.

La irremediable carta de presentación de Pedro Guerra es Contamíname, aquel celebérrimo cañonazo de Ana Belén y Víctor Manuel de 1995, generador también de una no menos conocida versión de Willie Colón y de un natural agotamiento por cuenta de su reiteración. En ese momento, sin saberlo, la cantante del barrio madrileño de Lavapiés y su esposo estaban convirtiendo al esmirriado y dientudo compositor (“Yo podría ser Bugs Bunny por mis dientes”, dice en la canción Dibujos animados) en una suerte de generosa veta de canciones para decenas de artistas que buscaban quién les diera letra y música a sus ideas. El largo olimpo que ha contado con los buenos servicios del creador Guerra incluye entre sus hijos predilectos a Joaquín Sabina, Cómplices, Paloma San Basilio, Ely Guerra, Javier Álvarez, Pablo Milanés, Marina Rosell, Alejandra Guzmán y Luis Pastor.

Tras el compositor está también el reposado intérprete de voz tenue y vocación acústica, un cuarentón con cara de Héctor Lavoe niño. Más allá del precepto general que no solo lo impulsa a él sino a todos los miembros del conglomerado conocido como canción social, como lo es el cantar a favor del amor y en contra de las injusticias, Guerra logra extraer del fruto algunas gotas adicionales que terminan de darle sabor al zumo de su propuesta, caracterizado por temáticas recurrentes como la fragilidad del hombre por cuenta del paso del tiempo (Peter Pan, Dos mil recuerdos, Se casaron las chicas), sus referencias a la infancia (Rayas, Papá cantó, Niños) y una innegable sensibilidad femenina, que tiene por cumbre todo un trabajo sonoro, Hijas de Eva (2002), en el que denuncia con poesía la discriminación de género.

El resultado de todo ello, hasta ahora, es de nueve discos en solitario, un puñado más con Taller y como invitado de otros colegas, cientos de canciones compuestas para repertorio propio y ajeno, un par de libros de letras más uno de ensayo (Desmontando el cinismo, en el que explica a su padre, el alcalde poeta, todos los cambios irracionales que se han tomado el mundo desde que él ya no está) y una obra concreta: la Fundación Contamíname, que busca puntos de encuentro entre propuestas culturales diversas y que ha dado a la luz un libro y dos discos en los que músicos de flamenco, como Martirio y Javier Ruibal, se juntan con músicos de diversas latitudes, como Chico César de Brasil, Julieta Venegas de México y Jorge Drexler de Uruguay. Lo que en España llaman “mestizaje”, algo de ese tufillo latino de las Canarias.

Hace un buen tiempo no teníamos noticias de Pedro Guerra por estas tierras olvidadas de Dios y de las disqueras. A pesar de que sus ocho discos fueron editados por una multinacional con presencia en Colombia, poco se ha sabido por aquí de sus más recientes lanzamientos. Por eso los menos especializados se quedaron en Golosinas y en la pequeña dictadura de chimenea de Contamíname. Para los demás, el canario vuelve a Colombia con repertorio de estreno incluido en Vidas, un nuevo disco de carácter completamente acústico que, de acuerdo con su página de internet, está compuesto por “14 nuevas canciones del artista llenas de poesía, amor y optimismo”. Nada que no nos haya prodigado ya a borbotones.

Si a todo eso se le suma el prurito de locura canaria que acusa Ramírez Heredia, entonces se podría decir que esa locura en Pedro Guerra es similar a la del protagonista de su canción Un muchacho de mi edad, que “creció sin saber que en su estrecho país / no se podía cantar, pero alguno cantó / porque sí”. Muy apropiado cuando se es a la vez Guerra y Mansito.

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