Joao Bosco tocando en el teatro Amira de la Rosa en Barranquilla.

De puertas para adentro

El público que asiste a un concierto jamás imagina la gigantesca tarea que tras bambalinas, lleva a cabo un festival como Barranquijazz para que todo funcione. ¿Cómo es un festival por dentro?¿Cuánto caos, cuánta paciencia, cuánta gente requiere? Arcadia se mete en sus oficinas.

2010/09/08

Por Sergio Zapata León

El equipo encargado de producir, promover y hacer posible que el evento más importante de música de Barranquilla se lleve a cabo dentro de las fechas establecidas trabaja encerrado en una oficina de cinco metros de ancho por ocho de profundidad, turnándose un toma corriente con cuatro entradas entre cinco computadores diferentes, pasándose dos teléfonos celulares de mano en mano, jugando a la butaca sin darse cuenta y ordenando arroz chino especial con camarones del restaurante Tong Nam´s de la calle 74 cuando el hambre apremia.

Aisladas de los aguaceros que por estos días inundan la ciudad y derrumban casas en los barrios al sur, las ocho personas hacen de veinticinco a treinta llamadas por hora; trabajan catorce horas diarias incluidos los domingos; pierden el control dentro de la más estricta algarabía Caribe hacia las once de la mañana y las tres de la tarde; se saltan almuerzos sin percatarse; organizan la agenda y los ciento cincuenta y un vuelos con sus escalas y transferencias para artistas, músicos, técnicos y periodistas que vendrán a Barranquilla, y establecen los contratos necesarios para la instalación del sonido, las tarimas, el transporte y demás aspectos que tienen que ver con los ciento diecisiete músicos nacionales e internacionales que han sido invitados a la catorceava versión de Barranquijazz.

Hasta allí no parece haber nada nuevo para cualquiera que haya tomado parte en la organización de un concierto o de un festival. Se trata siempre de la misma tensión a causa de la reserva hecha en el vuelo equivocado, de la cotización de las luces que no se ajusta al presupuesto, de las exigencias extravagantes de un trompetista intransigente, del estrés producido por la inminencia de la hora cero, del cambio, por sexta vez, en el itinerario del pianista Mark Levine, quien conduce desde su casa en Oakland hacia San Francisco y de allí toma un avión que se detiene en Huston, vuela a Panamá y salta finalmente a Barranquilla porque tiene problemas de espalda y de hacer el recorrido que le ofrece la organización del evento, más barato y con más escalas, llegaría destrozado al taller que debe dictar con estudiantes universitarios en el marco de las actividades del festival.

Se trata, en fin, del mismo afán por mantener el control de los mil y un detalles que entran en consideración. Pero estamos en Barranquilla, donde la idiosincrasia impide cumplir una cita, donde todo puede, aunque no deba, esperar hasta mañana, donde las tormentas eléctricas obligan a desconectar los computadores, donde la ligereza se impone a cualquier intentona de rigidez, donde los chistes sobre cualquier situación, por difícil o seria que parezca, afloran con una rapidez desconcertante.

Por ejemplo, ante la noticia de que Cassandra Wilson —ganadora de dos premios Grammy en 2001 y 2009, premiada como la mejor voz femenina en Norteamérica por Time en 2001 y quien iba a venir a Barranquilla—, canceló su visita a Colombia dos semanas antes del festival, los organizadores sugirieron que no había más remedio que encontrar a una mujer negra del mercado de la calle treinta parecida a ella, a la que habría que enseñarle a gesticular, vestir apropiadamente y poner a mover los labios mientras una pista con los temas de Cassandra sonaba al fondo. En ese momento el equipo de producción, que se había reunido espontáneamente frente a la pantalla de un computador dentro de la pequeña oficina para leer el e-mail en el que se hacía oficial que Cassandra no vendría, rompió en carcajadas el incrédulo silencio en el que había entrado tras el comunicado y cada quién se puso a añadir algo al chiste. Por un momento todos olvidaron lo que significaba la noticia: habría que cancelar itinerarios aéreos, reclamar de vuelta los cinco mil dólares del adelanto girado a la cantante, informar a la prensa, hacer, de alguna forma, que la prensa informara al público, detener la contratación de los instrumentos solicitados por los músicos de Cassandra y rehacerlo todo una vez más después de conseguir un nuevo artista, necesariamente una mujer, que estuviera a la altura de la anterior, que se encontrara disponible y que aceptara venir a Colombia. Y que no cobrara más dinero que el que Cassandra cobraba, claro.

En quince años de historia no oficial, ningún artista había cancelado su presentación a dos semanas de su llegada. Hubo, sí, decepciones como cuando el conguero Poncho Sánchez, oriundo de Laredo, vino a dar un concierto en 1996 y la organización del evento no consiguió vender más de cuatrocientas entradas debido a que el Júnior de Barranquilla jugaba un partido por la Copa Libertadores de América ese día, o la mucho más reciente, este mismo año, cuando Bobby Hutcherson, vibrafonista y marimbero nacido en Los Ángeles tuvo complicaciones médicas por un enfisema pulmonar y debió cancelar su gira de conciertos por Colombia. En ese momento, a cuatro semanas de iniciarse el festival, los organizadores de Jazz al parque en Bogotá anunciaron que tendrían a Cassandra Wilson. Dado que septiembre se ha establecido como el mes del Jazz en Colombia y que durante ese mes se realizan festivales en Medellín, Cali, Barranquilla y Bogotá, la Red de Festivales de Jazz del país permite a los organizadores de cada ciudad compartir artistas, que según sean contactados y contratados viajan mediante convenios a los otros festivales. Fue así como se dio la posibilidad de que Cassandra viniera a Barranquilla.

Las negociaciones para traerla se hicieron, al parecer, a la ligera. Si bien la versión oficial dada por Jazz al parque no va más allá de decir que su cancelación se debió a motivos de última hora, lo cierto es que el desembolso de dinero para Wilson se hizo con cuatro meses de retraso y nunca hubo un contrato de por medio. Money talks, bullshit walks, dice el adagio en inglés. Algo de lo que en Bogotá parecieron olvidarse. Molesta por el retraso en los pagos, la artista canceló irrevocablemente su visita al país. Sin embargo, Antonio “Tony” Caballero consiguió un reemplazo para ella en menos de dos días. Cómo lo hizo es un misterio. De él pocas cosas se saben. Se dice que se exilió en Paris durante un año cuando estaba muy joven por razones oscuras y que allí afinó y consolidó su gusto por el Jazz, que tiene un perro que adora por sobre todas las cosas y que continúa viviendo en Rebolo, el barrio donde por primera vez se interesó por la música.

Una de las deliciosas ironías de este festival, que para algunos se enfoca en una música “demasiado elaborada” o “muy culta” es precisamente que nació, al igual que “Tony” Caballero, en Rebolo. Separado de la Zona Franca por el Caño de la Ahuyama y cruzado por uno de los arroyos más peligrosos de la ciudad (el Arroyo de Rebolo ha sido denominado durante años como el “Arroyo de la muerte”), el barrio es uno de los más tradicionales de Barranquilla y en la actualidad se ha convertido en una de las zonas que registra los más altos índices de inseguridad en la ciudad debido a las pandillas que allí operan. En el imaginario de cualquier barranquillero que viva de la calle 72 hacia el norte, ser “rebolero” ha equivalido durante décadas a pertenecer a un mundo iletrado, de mal gusto, reprochable socialmente y cada vez con mayor frecuencia criminal. En términos barranquilleros, ser “rebolero” es ser corroncho, por no decir cosas peores. Nativo y aún hoy habitante de ese barrio, Antonio “Tony” Caballero se aficionó al rock antes de dar el salto al Jazz y poco a poco convenció a su amigo Samuel Minski, con quien compartía la afición, de que hicieran un programa radial especializado en el género.

Caballero es un camaleón. De baja estatura, aspecto desaliñado y calzado con unas sandalias eternas, entra y sale de las oficinas de Barranquijazz al ritmo de su antojo o de sus necesidades. Se sienta ante el primer computador que encuentra libre, envía un e-mail, pregunta por algún asunto que requiere atención inmediata y sale nuevamente. En su agenda lleva un registro detallado de los promotores internacionales, de Europa y Norteamérica, cuyo contacto es necesario para traer a los artistas que le gustan. A simple vista no parecería que es él quien se encarga de sugerir artistas, de contactarlos, de asegurarse de que están disponibles. Lo que sí resulta fácil es imaginárselo hace treinta años, viajando en bus desde Rebolo hasta la oficina de Minski, exactamente como lo hace hoy, con la misma agenda debajo del brazo, con los mismos ojos verdes huidizos, entrando en la oficina sin previo aviso con la intención de convencerlo de que montaran el programa radial. Y lo consiguió. Tras una negociación que en aquella época se resolvió exactamente igual a como se resuelven hoy las negociaciones en Barranquilla, Caballero le dijo a Minski que hacer el programa costaba ochenta mil pesos y éste le respondió que lo consiguiera en sesenta y le daría el patrocinio. Fue a partir de ahí que todo comenzó. Con el tiempo fueron dos los programas: Afrosidades y Tiempo de Jazz. Más adelante decidieron traer artistas, uno a la vez, y dar conciertos.

Hoy, el festival ha conseguido establecerse como uno de los más importantes del país y del Caribe, a pesar de que el resto del año la oferta de conciertos de Jazz es casi nula. Algunos de sus críticos sostienen que la ciudad no tiene público para una música que resulta “demasiado elaborada” o “muy culta”, dada la complejidad armónica que presenta. En ese sentido la salsa, que por su consistencia rítmica favorece el baile —actividad imprescindible en Barranquilla— conserva un público fervoroso que asiste regularmente a los cuarenta y dos establecimientos registrados como netamente salseros contra un solo bar de Jazz en toda la ciudad. Sin embargo, la salsa que suena rara vez se hace en vivo y el circuito salsero se mueve al ritmo de no más de cien discos que satisfacen las ortodoxas exigencias de los salseros de Barranquilla. Tal vez esa sea la razón por la que Barranquijazz tenga una cara amorfa, aunque su intención sea la de mantenerse fiel al Jazz. En el aparente reino del vallenato y el reggaetón, de la ortodoxia salsera y el eclecticismo general de la ciudad, la presencia de Rosario Flores en un festival de Jazz no termina de encajar, así como el puente tendido hacia la salsa con la presencia de la Spanish Harlem Orchestra, heredera de la pasos de la Fania All Stars, resulta conmovedor.

La pregunta de si hay público para el Jazz queda entonces abierta, pues si bien la organización de Barranquijazz 2009 registró una asistencia de 16500 personas durante cinco días de actividades, debe por fuerza estimular la demanda y hoy le apuesta a la formación de público movilizando en autobuses a los estudiantes de colegios públicos y privados del distrito a los conciertos gratuitos de Barranquijazz a la calle.

Cada año la rutina se repite. Una vez termina el festival de turno, Samuel Minski, Antonio “Tony” Caballero y Mingo De La Cruz se reúnen a pensar a quién les gustaría traer a Barranquilla durante el mes de septiembre, luego “Tony” viaja a Europa entre los meses de junio y julio y a partir de una red de contactos que han establecido a lo largo de quince años comienzan a diseñar la programación. Dos meses antes del festival la pequeña oficina comienza a llenarse de gente que trae consigo sus propios computadores personales, sus contactos, su agenda de trabajo. Para algunos de ellos organizar un festival de Jazz en una ciudad como Barranquilla es una necesidad y al mismo tiempo un despropósito. Lo cierto es que en una urbe cuyas iniciativas culturales son eclipsadas por el Carnaval, llevar a cabo esta empresa no resulta nada fácil. Recientemente, los organizadores de Barranquijazz pidieron públicamente una explicación a las autoridades locales puesto que desde 2009 se les ha negado la posibilidad de ser exonerados de pagar el impuesto distrital exigido a espectáculos públicos. Si bien no se niegan a pagar dicho impuesto, la incomodidad está en que a otras empresas culturales de la ciudad sí se les ha exonerado de pagarlo. La pregunta que resuena en las calles es por qué a unos sí y a otros no.

Ajenos a estas circunstancias algunos barranquilleros de a pie tienen problemas para pronunciar el nombre del festival. “Barranquiyá” es el nombre más común dado al festival por quienes no lo conocen. Para otros, el Concurso Regional de Bandas de Jazz organizado por la Fundación Nueva Música (gestora de Barranquijazz) les ha permitido darse a conocer. Es el caso de Dave Pacheco, un joven músico de 21 años que a fuerza de prostituirse grabando temas champeteros conoce muy bien el circuito de músicos y este año logró consolidar una banda que se alzó con el primer lugar del concurso, por lo que tendrá la oportunidad de cerrar la programación de conciertos de Barranquijazz a la Calle.

En la pequeña oficina de cinco metros de ancho por ocho de largo las preocupaciones se centran en conseguir tres tambores Batá. Los ha pedido Chucho Valdés para sus Afro Cuban Messengers. Los Batá son tambores consagrados a los ritos de la religión Yoruba y a algunas ceremonias de santería cubana, puertorriqueña y nuyorican. En Barranquilla no los hay disponibles. Alguien dice socarronamente que por qué no se conformarán con un tambor alegre. Imposible, Chucho Valdés no puede esperar hasta mañana.

 

Barranquijazz se llevará a cabo del 8 al 12 de septiembre. Vea acá su programación completa.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.