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De rasqa en rasqa

No es absurdo afirmar que este músico santandereano sea una de las propuestas más atractivas del año. ¿Quién es el personaje? ¿De qué se trata su propuesta?

2010/03/15

Por Daniel Pardo

A media hora de Bucaramanga, en la vía a Bogotá, está Piedecuesta, un pueblo panelero y tabacalero que reúne dos fenómenos difícilmente localizables en el mismo municipio: un ambiente bohemio, de grupos teatrales, enanos con zancos y bandas musicales; y un parque dominguero, de fiesta y feria, donde se encuentra el único balneario del poblado, Los Troncos. Ahí hay una piscina que hoy se ve desolada y algo sospechosa, sin embargo, en realidad es un símbolo popular donde los niños aprendieron a nadar y se metieron sus primeras borracheras.

Lo anterior define a Edson Velandia, el diminuto músico (1,57 m) que puede revolucionar la historia patria aunque ese no sea, ni más faltaba, su objetivo. Allí nació, ahí creció y cerca se formó, en la Universidad Autónoma de Bucaramanga, con Mario Gamboa como tutor. Y digo que desde este extraño contexto Velandia puede revolucionar el sonido nacional porque su proyecto más personal, Velandia y La Tigra, tiene todo para ser una ruptura: música inédita, letras originales y estilo propio.

Velandia, sin embargo, no es un descubrimiento. Ha pasado por la música de cámara, tiene una obra para sinfonía, ha compuesto música para teatro y cine y recientemente grabó un álbum para niños titulado Sócrates (ver Arcadia 30). En el 2004 fundó Cabuya, una atrevida banda de porro que fusionaba rock con ritmos de la costa atlántica y la región central del país. Sin embargo, este hincha rotundo del Atlético Bucaramanga no sentía que esto fuera su gran faena. Y, tras su salida, creó La Tigra, un proyecto mucho más maduro y subjetivo, pues aunque es una banda, es muy personal.

En la tierra de los comuneros, pues, nació Velandia y La Tigra. Y en el sonido se nota: no solo porque repica el ritmo de carranga y guabina, géneros propios santandereanos, sino porque se diferencia tajantemente de las resonancias que tanto abundan por estos días: ese rock-pop-electrónico-tropical que, a pesar de estar empezando y en proceso de consolidación, a veces redunda. La clave es que, con La Tigra, Velandia inaugura su obra maestra. Guitarras y bajos fuertes y una métrica de tres cuartos, son los componentes de esta nueva especie que se inventó: la rasqa. Inspirado en el payaso de circo al que le dicen rasqa, haciendo referencia a una borrachera incomprensible, pensando que no quiere tener la connotación de fusión, Edson le dio nombre a su hija. Que, como una borrachera, no debe ser teorizada y mucho menos explicada, pues más que describirla, uno tiene que vivirla para entenderla (o desentenderla). De eso se trata Once Rasqas, el primer álbum de La Tigra: porque parece ser que se trata, literalmente, de una rasqa; y no en sentido peyorativo.

Sin ser un erudito, creyéndose campesino, con su pinta de hippie y siempre con una sonrisa, Velandia podría graduarse de poeta; aunque ese no sea, otra vez, su objetivo. Con algo de ironía y surrealismo, pasa de plantear que se le amaña la nigua, a pedirle a rasquita, la soberana de su trocha, que no lo vaya a dejar solo. En inglés, en español, en santandereano, en jerga campesina, las once rasqas son un abigarrado conjunto de sonidos que se conjugan bien gracias a las guitarras y sintetizadores que, de manera intermitente, dan ritmo y armonía a una variedad extraña de instrumentos y palabras. Esa asombrosa forma de manejar el lenguaje –que parece, como decía Juan Carlos Garay, “una bofetada a tanta rima fácil y tanta frase de cajón que inunda hoy nuestra radio”– es otro argumento para no comparar a La Tigra con la fusión. Esto sí es nuevo: no es fusión, es rasqa: música subjetiva, sin etiqueta y popular. Ahora bien, ¿de dónde rayos sacó Velandia, este showman por naturaleza, semejantes conocimientos líricos y esa sangre de humorista? De su padre, Gérman Velandia, el repentista y humorista dos veces campeón de Sábados felices: con él creció, con el aprendió y hoy en día lo visita cada vez que puede.

De todo esto se deriva el estilo de La Tigra, su forma de presentarse al campesinado. En vivo, en su acto de presentación, se llevan a cabo la estética, la sutil crítica política y todos esos detalles que hacen a Velandia y La Tigra un grupo satisfactoriamente original. Es emocionante, por la música; es divertido, por el acto; y es interesante, por la propuesta, ver el show de La Tigra (conformado por un ruso, dos cartageneros y dos bumangueses). Llega el burro, con tono despechado y alborotado, y complementa el discurso en ruso del trompetista. Un par de canciones, un par de rasqas, y Velandia se quita su máscara de burro y dice: “Bueno, ahora sí en serio”. Sin embargo, lo que ahí empieza es una joda, una mamadera de gallo, una improvisación que, siempre bien argumentada, logra un equilibrio llano entre el sarcasmo, el humor y la poesía. Y que “si quiere aguacate que le den dos pepas”, dice al final de una canción, y “que viva Narcolombia”, dice la banda municipal. Al terminar, el burro, ahora con cintilla de alcalde arribista y corrupto, da su discurso de despedida: “Brindemos por el fracaso”. Así, no hay por qué pensar que la obra de Edson Velandia sea desordenada y difícil de entender. Por el contrario, su carrera, sin afán de protagonismo, creó un género, literalmente genérico, que demuestra que aquí sí hay por dónde. Bien por Velandia.

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