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Dos hombres con atributos

Tras nuestro artículo sobre el nuevo jazz colombiano en Nueva York, los lectores de Arcadia protestaron por la ausencia de dos grandes (enormes) jazzistas del país que han hecho una carrera extraordinaria en Manhattan, compartiendo escenario con figuras de la talla de YoYo-Ma, Diana Krall, Ray Barreto y David Bowie. Pues bien: aquí están. Complacidos.

2010/03/15

Por Adolfo González Henríquez

"Se lo llevaron, se lo llevaron a Nueva York”, cantaba Matilde Díaz en los años cincuenta. Un mensaje que marca también la vida de Jay Rodríguez, barranquillero y músico de jazz. Nacido en un típico asentamiento de clase obrera, el barrio El Carmen de Barranquilla, el 17 de septiembre de 1967, siendo niño se lo llevaron a Nueva York y por ello carga una nostalgia permanente. Con razón, porque nadie es inmune a la experiencia de pasarse la niñez en el barrio volando cometa o sentado en un charco cantando La piragua. Como resultado, la obsesión por su tierra, los intentos fallidos de conectarse con la gente. Cosas de muchacho: a los diecisiete años de edad quiso venir a la Feria de Cali tocando con la orquesta de Henry Fiol pero en vano, le advirtieron que si venía se lo llevaban para el cuartel a prestar el servicio militar.

Una vez instalados en Boulevard East (Nueva York) sus padres quisieron “distraerlo” con una flauta dulce primero y luego con un clarinete. Comenzó a recibir clases particulares con un amigo y escuchó un disco de John Coltrane. Listo, el jazz es lo mío, decidió desde muy temprano. Captó la atención de uno de sus vecinos cubanos, el viejo Francisco ‘Tito’ D’ Rivera, quien asumió su educación musical en forma gratuita, lo mismo que luego su hijo, el mundialmente famoso saxofonista Paquito D’ Rivera, convencidos de estar ante un fenómeno. A continuación tuvo una educación formal de alto nivel: School of the Performing Arts, Manhattan School of Music, Departamento de Jazz y Música Contemporánea del New School for Social Research, Escuela de Comunicaciones de Benetton (Venetto, Italia). Una educación costeada con sus ingresos como músico, pues ya a los quince años ganaba tanto o más que su padre, el viejo Ángel, un antiguo funcionario de la tradicional Óptica Garavito en Barranquilla.

Más importante aun: “Estudio la música a través de la vida y la vida a través de la música”. De niño, armado con saxo y clarinete y acompañado por su hermano mayor, Angelito, se iba los sábados por la tarde al Village Gate a tomar gaseosa y tocar con los grandes de la salsa que allí se presentaban. Y en medio de las tutorías privadas (Phil Woods, George Coleman, entre otros) maduró al adquirir experiencia de trabajo con la mayor diversidad posible del lado del jazz (Dizzy Gillespie, Miles Davis) y del lado Caribe (Chucho Valdez, Irakere y Henry Fiol) y aun del rock (Prince, David Bowie) y el soul (James Brown). Hasta tocó con una filarmónica juvenil en Carnegie Hall. Y en nombre de la nostalgia, de voluntario con cuanto grupo colombiano se presentara en Nueva York. Rodríguez tiene capacidad de manejar el toque callejero y también la atmósfera sofisticada y eso le ha permitido darle la vuelta al mundo varias veces. Además lo ha convertido en un ídolo en Israel, Líbano y Grecia. A lo cual contribuye su destreza con la flauta ney, un antiguo instrumento sufí, del misticismo oriental que introduce en el contexto del jazz y el Caribe de manera verdaderamente maravillosa como se aprecia en su CD Live al the Fez, grabado con un sello disquero independiente. Un instrumento que considera conectado por muchas vías con la música del Caribe: “Las raíces de la música árabe y la del Caribe están conectadas de muchas maneras, tienen su origen en la experiencia humana”. Un concepto sorprendente que destaca en el Caribe, no las formas arbitrariamente fijas que usualmente se manejan, sino los procesos fluidos de mezclas y migraciones que lo han convertido en la región más dinámica de la historia, al igual que el Mediterráneo de nuestros ancestros. Por cierto que no le gustan los términos “fusión” y “world music”, le suenan a mercadeo, a pesar de que él mismo es una fusión ambulante: “Soy un ciudadano del mundo en cuerpo y alma, la música del Caribe es parte de mi ser, desde que me levanto, cuando toco jazz, funk o clásico... la fusión es algo natural, está en la vida misma, es algo distinto a mezclar industrialmente para vender con la etiqueta de fusión”. Algunos críticos lo definen como mezcla de voces de África con armonías de Debussy y Stravinsky.

El pasado 11 de febrero, Rodríguez estuvo, por tercera vez, nominado a un premio Grammy. Dos nominaciones anteriores en categorías que suelen ser dominio norteamericano exclusivo como mejor solista de jazz y mejor compositor de jazz: “En el 2000 fui nominado en la categoría de mejor solista de jazz por un número titulado Sabrosona, que compuse para Groove Collective, y en 2002 en la de mejor arreglo y composición por Mrs. Strangelove, una pieza corta concebida en el espíritu de Gil Evans y Ravel”. Ahora quien recibe la nominación es su grupo, Groove Collective, en la categoría de Mejor álbum de jazz contemporáneo por People, People, Music, Music.

Groove Collective es un conjunto con una filosofía vanguardista y comunitaria “en parte experimento social, en parte experiencia musical”, que recuerda a los grandes utopistas sociales del siglo XIX (Cabet, Owen, Fourier) pero en jazz. Se mantiene fiel a un “colectivismo” original que no destaca figuras individuales y permite la rotación de integrantes, aunque de hecho hay actores centrales, entre ellos Jay Rodríguez, fundador y director musical del conjunto. Unos locos medio anarquistas que interpretan salsa y jazz de excelente calidad.

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