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Dos hombres con atributos

Tras nuestro artículo sobre el nuevo jazz colombiano en Nueva York, los lectores de Arcadia protestaron por la ausencia de dos grandes (enormes) jazzistas del país que han hecho una carrera extraordinaria en Manhattan, compartiendo escenario con figuras de la talla de YoYo-Ma, Diana Krall, Ray Barreto y David Bowie. Pues bien: aquí están. Complacidos.

2010/03/15

Por Lorenzo Morales

Edmar Castañeda tiene la garra de un león. Sus uñas son tan fuertes y afiladas que con ellas podría pelar una piña. “Si se rompen, para tocar hay que pegarse las postizas que venden en las droguerías,” explica. Con esas manos y un arpa llanera, Edmar Castañeda ha dejado marcas en la escena del jazz latino. Las revistas especializadas no ahorran elogios y en Italia rompió los buenos modales según los cuales los teloneros no deben robarse el show.

Edmar ha tocado joropos con John Scofield y ha estado en la tarima junto a Yo-Yo Ma, Romero Lubambo y Paquito D´Rivera. Este último destacó “el enorme talento, versatilidad y el carisma de quien, sacando su arpa de las sombras, se ha convertido en uno de los músicos más originales de la Babel de Hierro.” Arcadia habló con él en Nueva York.

¿Cómo empezó en la música?

Yo nací en Bogotá y comencé en la música a los siete años. Mi madre no tenía quien nos cuidara a mi hermana y a mi los sábados y entonces mi tía que estudiaba joropo consiguió una beca en el Centro Cultural Llanero en Bogota. Ahí empezamos a bailar y fue cuando vi el arpa por primera vez. A los trece empecé a tocarla, pero nunca tuve realmente un profesor. A los dieciséis vine a los Estados Unidos. Mi papá, que es pianista, ya estaba aquí y me trajo para que estudiara. Fue difícil, pero fue bueno al mismo tiempo. Yo entré al “high-school” sin hablar una palabra de inglés y tal vez por eso me refugié en la música. Los colegios aquí tienen muy buenos programas de música y me metí a la banda. Luego entré a la universidad a estudiar música y me dediqué a la trompeta, un instrumento que yo conocía de mi época de primaria en el INEM del Tunal. Fue aquí en Estados Unidos donde descubrí el jazz, una música que nunca antes había oído. Cuando terminé de estudiar, lo que había aprendido de trompeta lo pasé al arpa. Esa es la mezcla que me ha permitido sacar un nuevo sonido.

¿Cómo logró meter el arpa al jazz?

Yo estudiaba todo el día y por las noches trabajaba en Mesón Olé, un restaurante español en Long Island. De eso vivía. Yo digo que esa fue mi gran escuela. Todas las noches tenía que tocar durante cuatro horas. Tocaba de todo: tangos, boleros, música brasilera, pero también improvisaba mucho, que era lo que a mí me interesaba.

¿Pero cómo brincó del restaurante español al Carnegie Hall?

Empecé a tocar mucho en “descargas” afrocubanas, gracias a la invitación que me hizo mi profesor de teoría Alfredo Valdés Jr., un gran pianista y compositor cubano. Llevé mi arpa y simplemente hice lo mismo que hacía en el restaurante. Les gustó y me seguían llamando. “¡Inviten al niño del arpa!”, decían.

Un día Paquito D´Rivera me oyó tocar y se me acercó. Me dijo: “La próxima semana hay una fiesta de flautas en mi casa, ¿por qué no vienes? ” Yo fui y quedé impresionado. Ahí estaban Johnny Pacheco y otros flautistas más. A las dos semanas me invitaron a participar en un concierto en el Beacon Theater de Nueva York con la gente de Calle 54. Ese día cambió mi carrera. Fue increíble. Estaba Michel Camilo, Gato Barbieri y Jerry González, entre otros. Realmente Paquito D´Rivera ha sido el que me ha subido a los grandes escenarios.

¿Qué es lo que tanto gusta de la forma en que usted toca el arpa?

Hay muchas clases de arpas. La que yo toco es el arpa llanera, diferente al arpa clásica de pedales. Como yo siempre tocaba solo en el restaurante empecé a independizar las manos y a usar la izquierda como un bajo mientras con la derecha improvisaba la melodía y buscaba nuevas escalas. Es como tocar dos instrumentos a la vez. Eso es bastante inusual en el arpa.

Hace poco dimos un concierto con mi trío –arpa, trombón y percusión– en el Umbria Jazz Festival en Perugia, Italia. El arpa fue la revelación del festival, donde había figuras de la talla de Wayne Shorter y Diana Krall, a quien le abrimos el concierto. Fue un bombazo. Nunca habían visto tocar un arpa de esa manera.

¿Qué espera la gente de un arpa en el jazz como la que usted toca?

Mucha gente cree que sólo sirve para tocar música clásica; cosas muy suaves. Nunca habían visto un sonido fuerte, con improvisación y sobre todo con mucho groove.

¿Qué lo diferencia a usted de un buen arpista llanero?

De pronto que me salí de ese medio. Ahora que estuve en Colombia vi arpistas muy buenos. Niños, incluso, que tocan increíble. Pero se quedan encerrados en ese medio. Allá el más virtuoso es el que toque más rápido. Yo me abrí al mundo y empecé a recoger músicas de todas partes y a aplicar la música llanera a eso. Para mí, virtuoso es el que toca de todo y sabe hacerlo funcionar en la situación en la que esté.

¿Cuáles son sus influencias?

Yo escucho de todo menos reggaetón. Es difícil escoger unos cuantos, pero creo que los que más me han influenciado son Piazzolla, Paco de Lucía, Chopin, Chick Corea y Hermeto Pascual.

No precisamente arpistas...

Es verdad. No oigo a muchos arpistas. Y si los oigo no me influencian. Siento que no puedo coger mucho de ahí. Prefiero oír otros instrumentos y aplicar lo que escucho al arpa.

¿Y de música colombiana?

La música de Lucho Bermúdez es increíble. Ahora que pasé por Medellín estuve oyendo muchos porros. Es impresionante la riqueza musical que hay en Colombia, pero no se le presta mucha atención. Los pasillos son maravillosos: las melodías, el vocabulario... es como si estuvieran improvisando en jazz. Aquí casi nadie conoce eso.

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