Edy Martínez, abajo a la izquierda, durante el conicerto en el Teatro Libre.

Una noche de latin jazz junto a Edy Martínez

El pianista, una de las leyendas musicales del país, se presentó con seis músicos en un concierto cargado de tributos, ritmos latinos e improvisación.

2015/09/23

Por Revistaarcadia.com

Todo indicaba que sería un concierto importante. Se trataba, en últimas, de la presentación de uno de los pianistas más emblemáticos del país, que por décadas vivió en Nueva York y que volvió hace apenas un año a Pasto, la ciudad donde creció. Del hombre que, tras radicarse en Estados Unidos en la década de los sesenta, no solo participó en las bandas sonoras de cintas como Señor 007 y Tango en París, sino que además trabajó de la mano de personajes como Tito Puente, Dizzy Gillespie, Tito Rodríguez, Eddie Palmieri, Larry Harlow, Louis Ramírez, Mongo Santamaría, Gato Barbieri, Ray Barretto, Willie Colón o Celia Cruz.

El escenario del Teatro Libre, frente a un aforo casi completo, fue organizado para resaltar su presencia: sus pianos (uno eléctrico y uno de cola), ubicados en la parte delantera de la tarima, enfrentaban al resto de los músicos: el saxofonista Juan Benavides, el bajista Luis Guevara, el trompetista Zeynel Díaz, el trombonista Edilberto Liévano y los percusionistas Luis Pacheco (congas) y Jorge Guzmán (percusión). El arreglo de luces también privilegiaba al pianista que ganó, junto a Palmieri, Harlow y Puente, tres premios Grammy. Todo estaba dispuesto para recibir al célebre compositor.

La emoción del público no tardó en hacerse sentir cuando, vestido con un blazer violeta y una boina negra, Martínez apareció en escena y se dirigió al público para comentar que el concierto comenzaría con un tema propio titulado Celebration. Se trataba de una mezcla de salsa artística y latin jazz. Así, sentado en una pequeña butaca, sin partitura en frente, el cuerpo inmóvil y con la espalda un tanto jorobada, el pianista concentró toda su energía en las manos. Unas manos que en cuestión de segundos se dispersaron con soltura sobre el teclado eléctrico para luego, por momentos, elevarse y tararear el ritmo de la canción o bien enseñar a sus colegas el paso a seguir.

Celebration fue sucedida por varios temas: homenajes contemporáneos a maestros como Miles Davis, Louis Armstrong, Charlie Parker o Pedro Flores, además de un breve compendio de piezas propias. Los tributos emocionaron al público, pero sobre todo a Martínez, quien en más de una ocasión se levantó de su piano para bailar, con un paso acompasado, las distintas melodías. En otros momentos, e igual de entusiasmado, el maestro inculcó al público con sus palmas a acompañar los solos de sus colegas, entre los que cabe destacar los de Luis Pacheco.

La agilidad del percusionista descrestó al auditorio en varios instantes. Frente a cuatro bongas, y acompañado de un pañuelo blanco al que recurría después de cada canción para limpiar el sudor de su frente, Pacheco se desenvolvió con una energía más intensa que los demás, quizá por el puro ímpetu con el que arremetía sus palmas contra los tambores, a veces a velocidades desorbitantes. Aunque, valga decirlo, sus improvisaciones mejoraron cuando se juntaron con Guzmán. Esos fueron, quizás, los momentos más destacados de la noche, cuando la música se redujo al leve carraspeo de los platillos y al sordo abombado de las congas, cuyo juego rítmico parecía, por alguna razón, contener más fuerza que cuando todos los músicos tocaban juntos.

Sería injusto, sin embargo, no resaltar el impresionante tributo que le hizo el saxofonista Juan Benavides a la canción Gypsy de Charlie Parker. Se trató de una pieza cargada de tristeza, liderada por un saxofón que parecía querer llevarse todo por delante. Hacia el final de la pieza, el piano de Martínez acompañó a Benavides en lo que sin duda fue el momento más clásico de la noche.

El concierto fue, ante todo, enérgico. Aparte de Gypsy, no hubo mucho espacio para el jazz acompasado: fue una noche de latin jazz y de ritmos que por momentos desconcertaban en su calculada complejidad. Hacía el final, después de un intervalo de 15 minutos, los músicos se soltaron. Algunos, incluido Martínez, se quitaron el blazer para dar pie a una tanda de prolongada improvisación. Así, la noche concluyó con una ronda de solos que se llevó una merecida ovación del público bogotano.

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