La Plaza de la Paz, en el barrio Boston, es el lugar de reunión de los 'breakers' en la ciudad.

Instrucciones para quebrarse los huesos

La primera ola de breakdance sacudió a Barranquilla a comienzos de los años noventa. Desde entonces, esta competencia de baile, ha permeado la cultura local al punto que hace tres años la Secretaría de Cultura inició un programa de formación. Crónica.

2015/12/11

Por Paul Brito* Barranquilla

Quedo en encontrarme con Diego Aguirre en la avenida Circunvalar a la altura del cementerio sur de Jardines de la Eternidad. Diego es profesor de breakdance de las Casas Distritales de Cultura de Barranquilla. Vive en el barrio Siete de Abril y tiene 25 años. Es delgado y fibroso. Viste sudadera, camiseta y tenis.

Se sube al auto y me indica cómo llegar a su casa. Accedemos por una calle pequeña y luego avanzamos por una larga. Me comenta que es la misma que apareció hace poco en los noticieros, como escenario de una batalla campal entre dos grupos de pandillas. Piedras, cuchillos y hasta pistolas portaban los dos bandos de muchachos con edades entre 13 y 20 años. De un lado estaban los Tasmania, y del otro, los Rastas y los Pensionados.

—¿Por qué pelean? —le pregunto.
—Por venganzas viejas y nuevas, por costumbre, por fronteras invisibles… Pero no te preocupes —añade, advirtiendo que estoy intranquilo—, las batallas se forman solo cuando llueve.
—¿Y por qué precisamente cuando llueve? —inquiero mirando de reojo el cielo y advirtiendo que está nublado.
—Es una especie de ritual. Además, así hay menos gente en la calle y menos policías.

El break en la paz

El breakdance fue desde sus inicios una forma de desarticular la violencia y articularla en forma de baile. En los años setenta resolvió peleas entre pandillas del Bronx y de Brooklyn, en Nueva York. Por eso no es gratuito que la Plaza de la Paz sea hoy el lugar donde se reúnen desde hace algunos años los grupos de breakdance de Barranquilla, en especial los Miércoles de Plaza. El evento es organizado por Seres Vivientes, una fundación que trabaja de cerca con la Alcaldía y que tiene más de 600 miembros que giran en torno al hip hop.

La idea de una Plaza de la Paz nació en 1986 con la visita del papa Juan Pablo II a la Catedral de Barranquilla. Para que la multitud pudiera recibirlo, demolieron las casas de una manzana y crearon un espacio grande delante de la Catedral. Ese lugar es el ombligo de la ciudad, el punto donde termina el sur y comienza el norte.

Como es martes, hay reunidos pocos b-boys, entre ellos Jair “el Cibernético”, que es el más antiguo y activo de la ciudad. Tiene 37, años pero no aparenta más de 25, como pasa con todas las personas que se dedican a domar el tiempo a través del compás de su propio cuerpo. Comenzó a bailar cuando entró la primera fiebre en la ciudad, a comienzos de los años noventa. Lo hizo en las discotecas de moda de la época: Sexton, Tropic y Lime Light. Concursó en algunos torneos que organizaban los almacenes Vivero, y ganó algunos. Hoy sigue bailando, pero se gana la vida realizando actos de magia en los semáforos y en eventos privados. También da clases de aeróbicos y de tae bo, y practica otras danzas.

“El breakdance es una disciplina abierta —afirma Jair—: contiene influencias de todo tipo. Tiene elementos de la capoeira, de Bruce Lee, de la Fania, de la gimnasia olímpica, de James Brown. Y hoy cada quien le añade lo que quiere; yo hasta le pongo magia”, y sonríe con picardía.

Transmitir y transformar

Diego Aguirre me guía hasta la esquina de su casa en el barrio Siete de Abril. La calle no está pavimentada y hay un desnivel pronunciado en la entrada, así que dejo estacionado el vehículo y camino 20 metros hasta su casa. En la fachada de enfrente hay ropa colgada secándose; un león estampado en una toalla, me mira fijamente. El padre de Diego sale a recibirnos con varias sillas plásticas que ubica en la terraza. Es vendedor ambulante de rosquitas, diabolines, pan de yuca y casadillas. La madre y los hermanos también salen a saludar, lo mismo hace la esposa, embarazada de seis meses.

Diego baila breakdance desde hace seis años y es profesor hace dos y medio. Desde la edad de 10 ya trabajaba. Al igual que su padre, también fue vendedor ambulante y, además, carnicero, albañil y chatarrero. Cuando conoció el breakdance, se dedicó de lleno a él. “Practicaba todo el día —apunta su madre—, hasta se saltaba las comidas”. Con seis amigos conformó un grupo llamado The Bad Boy Dancer Crew, animados por tres películas: Breakin’, Ritmo salvaje y Step Up, y muchos videos que encontraban en internet. Al principio, sus padres no lo apoyaron; querían que estudiara una carrera técnica y pensaban que estaba perdiendo el tiempo, pero él estaba seguro de lo que quería: “Bailar y enseñar, que son para mí la misma cosa: transmitir y transformar”.

En esos momentos, una brisa eléctrica me transmite la sensación de que va a llover en cualquier momento, y de que las calles se van a transformar en campos de batalla no propiamente de breakdance. Diego está tan animado hablando que no parece darse cuenta.

Huesos que estorban

Jair usa un gorro al estilo del Chavo del Ocho con el fondo mullido para protegerse la cabeza al momento de girar sobre ella; también emplea un protector en el codo donde más se apoya. Parece que estuviera jugando Twister a gran velocidad sobre un tablero en movimiento. Se me acerca luego de una secuencia de pasos y le pregunto cuál es la parte del cuerpo que más se resiente.

“Los hombros —dice—, porque el 90 % de los movimientos se hace con el cuerpo invertido”.

Y, en efecto, muchas de las piruetas parecen las de un gimnasta sobre un potro de madera. Para otros breakdancers, como Diego Aguirre, el músculo más recurrente es el abdomen, porque sirve de bisagra entre los movimientos de arriba y los de abajo. De hecho, el vientre de los b-boys parece el pasador de una tijera o el eje de una máquina centrípeta.

“Te vas a partir un hueso”, le han dicho muchas veces a Jair. “No creo —responde él—, porque los b-boys no tenemos”.

“De hecho —agrega—, siempre tratamos de caer sobre las partes blandas”. Los huesos parecen estorbar en este baile. El mismo Jair parece que no tuviera articulaciones o que tuviera una en cada centímetro del cuerpo, como los ciempiés. De ahí que la fluidez sea uno de los criterios más importantes a la hora de elegir el ganador en un torneo: no deben notarse las costuras entre un movimiento y otro, toda la secuencia debe parecer un solo y complejo movimiento.

Me pregunto si la danza se llama breakdance por la cantidad de contorsiones y quiebres que deben ejecutar. Pero, al parecer, no es propiamente por romper el cuerpo en muchas fracciones dinámicas. En sus inicios, el baile empezaba durante los ‘breaks’ de una canción, es decir, en la parte instrumental en que la voz descansaba. La otra teoría de peso sostiene que la palabra procede del término de argot ‘breaking’, que alude a estar arrebatado o lleno de electricidad, y que se relaciona con otra expresión inglesa: ‘To have a breakdown’, que significa ‘sufrir una crisis mental’.

Sin embargo, no es cuestión de volverse loco ni de sobresalir como un gran acróbata. Igual que en cualquier otro baile, lo que más importa es desarrollar un estilo propio y una forma individual y distintiva de apropiarse del ritmo.

El liderazgo es la responsabilidad

El programa de breakdance de la Secretaría de Cultura comenzó en 2012 después de que en el año anterior el grupo de Diego Aguirre llamó la atención en una fiesta de la Casa de Cultura, donde pidieron permiso para presentarse. La demostración llamó tanto la atención del público y de los organizadores que enseguida nació la idea de incorporarlo a sus programas de enseñanza. Hoy, cinco profesores, incluido Diego, se reparten 21 Casas de Cultura y dictan clases semanales. No es el único programa de este tipo en la ciudad. La Alcaldía promueve también desde hace tres años el proyecto Jóvenes con Propósito (Soy Pro), que tiene entre sus actividades principales el breakdance.

Diego ha tenido toda clase de pupilos, entre ellos, muchachos de ambos sexos con cicatrices en las muñecas y jóvenes que intentan salirse de las pandillas. “Son personas que necesitan afecto, atención y, sobre todo, una meta, un compromiso con ellos mismos —señala Diego, atusándose los flecos que provienen de su nuca—. El problema es que vienen con muchas barreras mentales. El breakdance les enseña a superarlas poco a poco. Si yo pude aprender, les digo, ellos también”.

—¿La Secretaría de Cultura les imparte alguna orientación sobre liderazgo—le pregunto.
—Sí, nos da capacitaciones, pero uno va aprendiendo por sí solo. El liderazgo no es el poder o la autoridad que uno tiene sobre el alumno, sino la responsabilidad de ayudarlo.

Me levanto de la silla acuciado por la eminencia de la lluvia. Diego me acompaña hasta la esquina. No se sube al vehículo, porque supone que ya sé cómo regresar a la Circunvalar. En todo caso, me recuerda que debo tomar la tercera calle a la izquierda. El cielo está totalmente negro. Avanzo rápidamente contando las calles para poder doblar. Por fin desemboco en la Circunvalar y meto el pie en el acelerador. Comienzan a caer las primeras gotas.

Una cabina en la cabeza

El miércoles a las 7:00 de la noche encuentro un “cypher” en la Plaza de la Paz: un círculo de espectadores rodeando la primera batalla de la noche entre un grupo venezolano y otro local. El jurado está conformado por dos integrantes del crew barranquillero Three for One: ‘Heroica’ y Milton, y por uno de Seres Vivientes Crew: ‘Poeta’. Se enfrentan grupos de tres contra tres. Como una forma de apabullar a sus contrincantes, los venezolanos emplean gestos que representan pistolas, patadas y golpes. Los otros solo atinan a ponerse el dedo en los labios y señalar el suelo, como pidiendo que gesticulen menos y bailen más.

Daniel Martínez Betancourt, director de Seres Vivientes, me aclara que la fundación prefiere no amparar ese tipo de gestos con los que tradicionalmente el breakdance ha tratado de conjurar la violencia, porque a veces puede provocar peleas. “Aquí hay miembros de barrios rivales y es mejor evitar cualquier provocación. Los Latinos Crew Venezuela lo hacen desprevenidamente —explica— porque tienen poco tiempo en la ciudad. Por eso, el presentador les pide a cada momento que bajen el voltaje y les den más espacio a sus rivales”.

Crew significa tripulación. Me gusta que esa palabra designe a los grupos de breakdance, pues no puedo dejar de relacionarla con los robots gigantes de los dibujos animados japoneses que tenían una cabina en la cabeza, desde la cual varios pilotos manejaban coordinados todo el mecanismo. La palabra me parece oportuna, porque alude a mantener el control y porque marca una diferencia con aquellas personas que solo son pasajeros de un vehículo, que no se mueven por sí solos sino que apenas se dejan llevar.

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