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El efecto pelanga

Una nueva escena musical parece estar tomándose los bares bogotanos: artistas plásticos que ofician de músicos hacen un revival nostálgico de los viejos éxitos del chucuchucu colombiano. Los escenarios siempre están llenos, y con su ritmo de otro tiempo bailan punks, chicos electrónicos o rumberos de más de treinta años.

2010/03/15

Por José Alejandro Cepeda

Se suben al escenario y cualquier desprevenido diría que se trata de un grupo de rock n’ roll de los años cincuenta. Visten trajes, van peinados como chicos buenos, y podrían parecer a The Beatles en sus inicios. Son cuatro y a veces tienen uno que otro invitado. Serios, casi sin mediar palabras con el público, se miran y comienzan a tocar. Y lo que suena, sí, señores, no es rockabilly de los años cincuenta sino... ¡cumbia colombiana, chucuchucu y música raspa! Y uno no se lo cree: Luis Fernando Ramírez, Alejandro Mancera, Guillermo Cáceres y Jaime Tarazona, cuatro artistas plásticos colombianos, cantan a coro: “Tus ojos son, son como caramelo, me hacen llegar al cielo, me hacen hablar con Dios” y la gente no para de bailar movida por la nostalgia de la música que quizá bailaron sus padres. Se llaman La Pelanga Ligera, un cruce de palabras basado en la idea de que la pelanga, popular plato cundiboyacense compuesto de cuajo, espina o menudo, huesos de marrano, y que tiene un color amarillo eléctrico gracias al achiote, puede ser light y moderna.

Así la pelanga no es solo un plato popular en el que sus ingredientes se contraponen sin reticencias, sino también es un proyecto creativo. Un grupo musical que tiene acogida entre artistas, universitarios que se reúnen en céntricos bares bogotanos. Basada en la cumbia y una actitud rockera, sus responsables –todos sobre los treinta– son profesionales y artistas. Aunque apelan a instintos primarios, cotidianamente utilizan el lenguaje arquitectónico o fotográfico curando exposiciones, haciendo docencia o recorriendo el país. Desdoblados proponen un goce irónico que tributa a representantes del género tropical como Los Hispanos, Los Corraleros del Majagual, Lisandro Meza o Pastor López; pero también a The Ventures, Nat King Cole, Los Speakers o Jaime Llano. Instrumentalmente su influencia es Afrosound (célebre banda de sesión de Discos Fuentes).

Quizá el género musical de la Pelanga sea “Cumbia Surf”, como su éxito “Cumbia hawaiana”, versión tropical del tema de la serie Hawai 5-0: Cáceres es estudioso del ritmo: el surf proviene de una alta conciencia escénica (aunque disimulada), que cruza la nostalgia por los discos de acetato con una elegante imagen desgastada. El sonido es sencillo y limpio: la guitarra eléctrica apenas se apoya en la reverberación, mientras el bajo marca intervalos claros, como en las fiestas populares donde se reconoce el instrumento a cuadras de distancia. La sofisticación reside en el acordeón de Guzmán quien, además de su maestría de la Kunstakademie de Düsseldorf, trajo un Hohner de teclado alemán con el que ha estudiado desde polka hasta vallenato (acompañado además por un Casiotone, reliquia electrónica del siglo pasado y uno de los primeros teclados portátiles masificados).

Sus conciertos, que son perfomance, recuerdan sin problemas a los Recochanboys de Jimmy Salcedo o a los personajes de Pulp Fiction, de Quentin Tarantino. Al no ser músicos graduados tal vez tienen menos restricciones: “Vimos que la gente estaba saturada de música electrónica, que necesitaba divertirse con ritmos y gente reales. Por eso resucitamos el repertorio tropical clásico. Tocamos canciones que cruzan estratos y edades, y somos tan capaces de animar un bar como la inauguración de una bienal. Incluso tengo un personaje, El diplomático, mezcla de pregonero de San Victorino y pastor religioso que invita a bailar y relajarse mientras suena ‘La porra caimanera’ o ‘Caliventura’”, aclara Mancera.

Luis Fernando Ramírez, que trabaja en el Banco de la República, anota: “Somos artistas plásticos, pero nuestra misión aquí es musical. Cansados del rock necesitábamos revitalizarnos, la cumbia ofrece eso mostrando que esa cultura popular que ha llegado a considerársele ‘de mal gusto’ no lo es, y que sus artistas son patrimonio”. “Fueron los primeros en urbanizar e incluso electrificar una tradición de más de dos siglos esencialmente colombiana que ha llegado a México o Argentina. La prueba de su importancia no es solo que exista cumbia chicana o villera en Buenos Aires. También que nosotros hemos puesto a bailar al más negado, hecho sacar a su pareja después de años de no hacerlo al amargado, y divertirse al futurista por encima de la figura del dj. Este poder de la cumbia es el efecto pelanga”, agrega Guillermo Cáceres.

¿Escena en formación?

La relación entre artistas y músicos no es nueva: la sombra de Andy Warhol sobre Velvet Underground, el Instituto DiTella y la segunda generación del rock argentino o Andrea Echeverri en Aterciopelados. Además de El Bodegón del barrio Germania, una variada escena con técnicas transversales se concentra desde un par de años frente a la plaza de toros en el bar ¡¡¡Socorro!!!, que ha apoyado festivales y grabaciones independientes con músicos intercambiables. Como lo precisa Humberto Junca (Malas Amistades), “es gente fuera del negocio musical y la carrera que la ve como medio de comunicación. No idealizada, sino más libre, la música encuentra su propio mensaje y valor”. Recuerdan la Movida Madrileña de los años ochenta en España, irreverente y subterránea, pero también al recién desaparecido Fari, cantaor de coplas populares que había sido revitalizado por las películas Torrente de Santiago Segura.

En Colombia estos elementos –tradición, sofisticación y diversión– están presentes. Se puede corroborar cuando, cuarenta años después, en una noche dominada por el cerro de Monserrate, es posible escuchar gracias a un grupo como La Pelanga en una versión eléctrica surreal el siguiente verso de “La Pava Congona” –tema con el que Andrés Landero ganó el Festival de Sincelejo en 1966–: Yo en la tarde en la montaña oí cantar el corcovao/ y vi tejiendo la araña su redes sobre dorao.

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