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El famoso Anónimo

¿Un bar de música que les huye al vallenato y al tropipop? Fracaso seguro, dijeron casi todos. Pero el bar donde se cocina lo más novedoso de la música colombiana cumple seis años en Bogotá. ¿Cómo ha sido posible semejante hazaña?

2010/03/16

Por Jorge Patiño

En la calle 106 con avenida Suba, en Bogotá, hay una estación de Transmilenio, una estación de gasolina, un hospital con poca actividad, casas enormes que alguna vez albergaron familias numerosas y una iglesia de fachada triangular incrustada –como una ficha de Tetris– en los dos primeros pisos de un edificio de apartamentos. No hay restaurantes como los de la zona G, ni carros de perros calientes con sombrillitas y un bombillo debajo de ellas, ni tipos con cachucha repartiendo volantes, ni trancones, ni parqueaderos llenos. No hay nada que invite a la vida nocturna. O casi nada, porque allí funciona El Anónimo y en una noche de viernes está lleno.

No es porque sea muy difícil llenarlo –ocupa dos locales del centro comercial Puente Largo, cada uno del tamaño de una panadería de barrio–, pero por tratarse de la noche del sexto aniversario en la que toca Sidestepper, hay más gente que de costumbre.

Casi ninguno de los grupos que suelen tocar allá suena por la radio comercial, casi nunca salen en artículos de prensa y, por supuesto, ninguna de las cuatro grandes disqueras del mundo tiene que ver algo con ellos. La mayoría son grupos de jazz, de folclor y de fusión. Definitivamente, no es el tipo de música que uno puede descargar como un ringtone.

Hace seis años, a Santiago Gardeazábal y a Mauricio Espitia no les faltaron los escépticos que les decían que si sobrevivían un año era mucho, y luego aparecieron los que les decían que el segundo año era el más difícil, y así sucesivamente. Pero han pasado más de 300 viernes, y El Anónimo está lleno. Por supuesto, nada de esto ocurrió de la noche a la mañana. El día de la inauguración, había 200 botellas de Coca-Cola, tres de aguardiente, dos petacos de cerveza y un trío de jazz que tocaba en un escenario apenas más grande que una mesa de billar. Santiago y Mauricio también leyeron poesía y tuvieron que ir a Carulla a comprar más bebidas porque se les acabó lo que tenían. El local tenía la mitad del tamaño actual y aún había madera sin cortar y herramientas a la vista de los asistentes.

El lugar carece de un diseño preconcebido y es fruto del empirismo de los dueños, que con sus propias manos hicieron las mesas y una barra en guadua. Cuando el local creció, la nueva sección fue hecha sin madera y la pintaron de negro y no le pusieron prácticamente ninguna decoración. Pero lo mejor es el baño de hombres que durante mucho tiempo fue unisex a falta de un segundo espacio para recibir a las mujeres. Se trata de un cuarto diminuto enchapado en baldosas azules, en el que un orinal y el lavamanos están a una altura normal, mientras que el sanitario queda a la altura del pecho de quien entre. Quien quiera usarlo, debe subir un par de escalones para poder sentarse. Originalmente, el baño quedaba prácticamente al lado de la barra, así que por razones de higiene fue puesto en el sótano, donde se para el público que va a oír a las bandas. Pero este lugar tenía un problema, porque al estar por debajo del nivel del suelo, no tenía como evacuar las aguas negras. Santiago y Mauricio consultaron con amigos ingenieros y arquitectos y sugirieron poner una bomba. Pero no había plata para comprarla. La solución llegó de la mano de un obrero raso, quien simplemente miró el lugar y sentenció: “Ahí lo que toca hacer es un trono”. Y así fue instalado un sanitario desde el que el usuario puede divisar sus dominios de azulejos desde un trono de porcelana.

Pero una cosa es el espacio físico del lugar y otra, muy distinta, el espacio musical que ocupa El Anónimo en Bogotá. A mediados del 2003, Tocata y Fuga en la calle 32 con carrera 5, había cerrado sus puertas. Era el lugar de remate no oficial de las presentaciones de los artistas invitados a Jazz al Parque o al Festival de Jazz del Teatro Libre, que pasaban por allá e improvisaban con los asistentes, entre los cuales solía haber profesores y estudiantes de música. Santiago y Mauricio supieron esto mucho después de haber inaugurado su negocio.

Pero así fue sucediendo, gracias a que El Anónimo cuenta con muchos socios espirituales, como Luis Daniel Vega, un melómano que hace cinco años llegó allí por invitación de una amiga con la que fue a tomarse una cerveza, pero que se quedó poniendo música, sobre todo jazz y discos de grupos como La Mojarra Eléctrica y Curupira. Luis Daniel fue llevando más música pero, sobre todo, más músicos. Y así fueron llegando los de La Distritofónica, Asdrúbal, Primero Mi Tía, Comadre Araña, La 33, Paíto, Sismo, La Revuelta, Puerto Candelaria, Velandia y la Tigra, Cabuya y muchísimos más, entre ellos la cantante y laudista Basya Schecter y el pianista Jason Linder, a quienes Luis Daniel convenció por correo electrónico de que se dieran una pasada por la 106 con Suba después de que terminaran un concierto en la Universidad Nacional.

El éxito del lugar está en su relación gana-gana. Ha sido bueno para los músicos, que tienen un lugar para tocar a sus anchas y pueden quedarse con todo lo de la entrada. El bar se queda con lo de la barra. Nadie se ha hecho rico con él, pero nadie está quebrado. El público tiene una alternativa al eje musical salsa-rock-vallenato-electrónica y tropipop del resto de la ciudad. Y sus dueños pueden desafiar seis años después a algunos profetas de desgracias que anunciaban el cierre antes de doce meses. “Algunos”, porque Santiago recuerda el día en que llegó un guajiro a preguntar en cuánto le vendían el negocio. Nadie sabe qué pasó con el guajiro, pero sí con Santiago y Mauricio, que siguen allá, cobrando la entrada y atendiendo a la gente.

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