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El historiador del rock

El rock colombiano tiene antecedentes difusos en la memoria de los colombianos. Un libro revela cómo en los años cincuenta los rebeldes con causa hacían de las suyas...

2010/03/15

Por Humberto Junca

Las aventuras de un puñado de jóvenes decididos a cambiar la música de una capital gris en un país tradicionalista es el tema del curioso libro Bogotá: epicentro del rock colombiano entre 1957 y 1975, recientemente publicado y escrito por Umberto Pérez. Esta historia, que ha debido imponerse al escepticismo académico, nació el día en que su autor se encontró en un bar bogotano con Miguel Durier, un reputado músico “miembro de Los Pelos y luego de Los Flippers, tan bueno que fue reclutado por Los 4 Crickets de México. Estaba en mala forma, tocando su guitarra sin que a nadie le importara. Eso me impactó. Ahí entendí que escribir esta historia era un asunto de justicia”.

Su investigación mereció el primer lugar en la convocatoria de la Secretaría de Cultura, Premios en Investigación en los Campos del Arte, la Cultura y el Patrimonio de la Ciudad de Bogotá. Este estudio fue, además, su tesis de grado que se impuso en un medio terriblemente académico y conservador: la carrera de Historia de la Universidad Nacional. Al respecto, comenta Pérez: “Mi asesor, el profesor Mauricio Archila, muy ligado a la historiografía del movimiento obrero en Colombia, se mostró un poco reticente al principio; se había atrevido a dirigir una tesis sobre la música protesta y no tuvo buenos resultados. Pero se convenció cuando leyó el proyecto. El verdadero problema fue el consejo académico del departamento; a los miembros no les pareció muy importante una tesis sobre el rock en Bogotá; sin embargo ya habían aprobado, hace unos años, una tesis sobre el fútbol en Colombia que gustó mucho y por ahí cedieron”.

Además de apoyarse en una tesis de Félix Riaño —“Historia del rock colombiano, memorias de un fenómeno cultural”—, Pérez buscó y clasificó durante un año información respecto al origen de la música moderna en el país. Debido al poco material disponible decidió ir a las fuentes primarias. Así, entrevistó a muchos de los personajes que hicieron parte de esa movida que comenzó en 1957, cuando Jimmy Reisback, un joven norteamericano apasionado por el rock’n’ roll, comenzó a programar en la emisora Nuevo Mundo temas de Elvis, Chuck Berry y Little Ritchard. El éxito de este programa llamó la atención de Carlos Pinzón, quien copió su estilo en 1.020, una emisora de música tropical que cambió su programación por rock mexicano y argentino, y ocupó el primer lugar de sintonía en Bogotá, y transformando para siempre su música, costumbres y gustos.

Esta fiebre repentina por el rock, por las actitudes contestatarias de los personajes de películas como Rebelde sin causa o El Salvaje, y por la aparición de grupos como Los Dinámicos, Los Danger Twist, Los Caminantes, Los Silver Thunders, Los Electrónicos (todos activos en 1959 y que desaparecieron sin dejar grabaciones), fue definitiva para el impulso de un movimiento que estaba en el olvido. “Antes que hacer un texto académico o crítico, quise contar lo que pasó y casi nadie sabe y hacer visibles a esos jóvenes que no teniendo más, usaban los micrófonos de los teléfonos públicos para amplificar su guitarra acústica. Claro, hay empresarios como Alfonso Lizarazo (Radio 15), La familia Di Agostino (quienes trajeron a Bill Haley en 1960) o Guillermo Hinestroza (el inventor del Club del Clan), pero los verdaderos protagonistas son los músicos como Roberto Fiorilli, Humberto Monroy o los jóvenes que intentaron cambiar los prejuicios de una sociedad pacata y cerrada, como los que organizaron en 1966 la Marcha de Los Melenudos, en protesta por las burlas y el maltrato de que eran objeto por llevar el pelo largo”.

Pero como todo auge tiene su caída, la crónica de Pérez termina en un capítulo en el que se muestra el contraste con el mediático y espectacular inicio del rock. Luego de su progreso durante los años sesenta, de decenas de bandas, discos, eventos y giras, todo se desvaneció en el aire. Quebraron las tiendas y los sellos independientes. Algunos músicos se fueron del país, otros se dedicaron a la publicidad o a vender seguros. Unos criticaron a tal grado la sociedad consumista, que terminaron en comunas fuera de la ciudad; otros fueron internados en sanatorios por abusar de las drogas. Mientras tanto, la generación adolescente de la época fue arrastrada masivamente por los nuevos consentidos de los medios, la salsa y el disco. “En 1975 los empresarios les cerraron la puerta en la cara a los jóvenes que estaban haciendo una música diferente (experimentos y fusiones) o que pensaban diferente; treinta años después, el error de las bandas bogotanas es que siguen esperando apoyo. Quien no conoce la historia está condenado a repetirla.”

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