Humberto Moreno ha estado a la cabeza de las compañías discográficas más importantes de Colombia.

El hombre que supo escuchar

La nueva música colombiana vive un momento estelar. Pero detrás de todos los fenómenos artísticos siempre hay alguien que tomó el riesgo de creer en los grupos, grabar su música y lanzarlos al mercado; que nos sacó del tedio de la música comercial y nos puso a bailar al ritmo de otros sonidos. Helo aquí.

2010/11/18

Por Luis Daniel Vega

No es una coincidencia que la oficina de Humberto Moreno se caracterice por la austeridad. No estaba de trasteo, ni había señas de una remodelación reciente. Es simplemente así, discreta y apacible como ese hombre silencioso que responde con amabilidad correos y que, cara a cara, se abstrae de su celular para atender la visita de un periodista impertinente.

 

No hay afiches, tampoco esas odiosas placas con discos de oro, ni diplomas con títulos universitarios. Se destaca la ausencia de fotos con personajes importantes pero sí es posible ver por allí, ordenados con afecto y respeto, los demos de artistas incipientes que a diario le hacen llegar sus maquetas.

 

En un ambiente donde la vanidad está a la orden del día, el caso de Moreno es una excepción. Aunque sea difícil de creer, este hombre que durante cuarenta años ha estado detrás de algunas de las compañías discográficas más importantes de Colombia y cuya intuición ha marcado tendencias y estilos de la música popular local, no contesta con libretos premeditados, mira a los ojos, charla con generosidad y cuenta con familiaridad su historia, una de tantas, atrapada en los surcos de los discos.

 

Y este tipo, ¿quién es?

Para muchos de los que andamos pescando información acerca de la música colombiana, Humberto Moreno es un coloso. Para otros, es un perfecto desconocido, dado que muy cauteloso ha permanecido en la retaguardia de algunos de los fenómenos más trascendentales de nuestra música: editó gran parte de la raspa en los setenta; se involucró con hitos de la música bailable como Los Hispanos y Los Graduados; tuvo la osadía de grabar por primera vez a Jorge Velosa y los Carrangueros; sacó del olvido a Totó La Momposina, a Petrona y a Sofronín Martínez; cuando nadie daba un peso por el jazz en Colombia entre 1994 y 2000, editó cinco discos de Antonio Arnedo; tuvo la delicadeza de reimprimir el disco con el que los Gaiteros de San Jacinto ganaron el Grammy en 2008 y, actualmente, se ha dado la pela por nuevos sonidos como La Cumbiamba eNeYe, Mojarra Eléctrica, Toño Barrio, Banda La República y Puerto Candelaria.

 

Revisar su carrera es ver pasar frente a los ojos gran parte de la historia musical reciente de un país desmemoriado.

 

La escala musical

 

En los sesenta media humanidad andaba enloquecida por el rock; solo para algunos el asunto no fue la simple banda sonora de la vida: era la vida misma la que se rompía en mil pedazos en el momento en que Bill Haley o Elvis Presley tronaban roncos, como por un tubo, tanto en las emisoras de onda corta como en los traganíqueles de los cafés que pululaban en Bello, la pequeña ciudad antioqueña donde el futuro productor nacería en 1942.

 

Cuando mira para atrás, parece que todo lo que le ha pasado hubiese salido de la chistera de un mago. Pero no fue de repente. No heredó ningún emporio discográfico y en su familia no existió tradición musical alguna, salvo su padrino quien lo persuadió para cantar en el coro de la iglesia.

 

Tocado por el rock y la música tropical colombiana, Humberto Moreno, con tan solo 20 años, no quedó embelesado con el baile y junto a un viejo amigo de infancia, decidió abrir una tienda de discos.

 

En 1962, año de apertura del local, Bello albergaba un poco más de 95.000 habitantes, coyuntura demográfica aprovechada con ingenio por los jóvenes promotores. “Nos fue muy bien pues era la única que existía”, dice con risa al recordar La Escala Musical, un pequeño e incómodo local que regentaron durante dos años hasta el día que se la vendieron a Jaime Rincón, el mismísimo compositor de “La cuchilla”.

 

Apostada en las escaleras de un edificio que nunca se terminó de construir (de allí su nombre), en La Escala Musical aprendieron del negocio. Atendieron, escogieron los repertorios y promocionaron los artistas en las heladerías, además de enviar esporádicos informes de prensa que comenzó a publicar el periódico El Colombiano.

 

Sin tener idea de los terrenos que estaban pisando, presenciarían el surgimiento de grupos como los Teen Agers, los Falcons, los Golden Boys, los Be Bops, los Bobby Soxers y los Black Stars, entre muchos otros que darían origen a la raspa, estilo desdeñado por intelectuales y puristas, quienes vieron con malos ojos el hecho de que a grupos citadinos de rock se les diera por tocar música tropical.

 

De promotor a gerente: Codiscos y Discos F.M

 

La radio fue el siguiente paso y fue el lugar idóneo donde pudo asimilar secretos y estrategias del enrevesado universo de la industria discográfica. En Medellín, Radio Ritmos y Radio Armonía le cedieron sendos espacios, también presentó el programa “Juventud aquí estamos” (que llegó a tener 36.000 afiliados), viajó a Manizales para hacerse cargo en la Transmisora Caldas de la versión manizalita del famoso “Club del Clan”, y en Todelar fue, además del narrador de la legendaria radionovela “La ley contra el hampa”, conductor del programa “Discos Mundo”.

 

Si bien fue uno de los periodistas musicales más renombrados de su tiempo, ingresó a Codiscos donde empezó de cero en el papel de promotor.

 

En una escalada meteórica de doce años, Moreno pasó de convencer a los programadores de las emisoras a vicepresidente Artístico de esa empresa por donde pasaron leyendas de la talla de Fausto, Jimmy Salcedo, Pablus Gallinazo y Alfredo Gutiérrez a quien Humberto le guarda un respeto particular: “Innovador, versátil, creativo y único. Es el mejor exponente del artista integral que se ha proyectado desde el pasado hasta estos días”.

 

Así, como con Alfredo Gutiérrez, la perspicacia del productor ha sido tan afilada que por encima del simple propósito comercial, siempre ha existido en él un ánimo estético muy depurado y de buen gusto que lo ha hecho tomar riesgos como sucedió a finales de los setenta cuando fundó Discos F.M.

 

Como gerente de esta discográfica, Moreno se atrevió a editar a Jorge Velosa y los Carrangueros, la Orquesta Filármónica de Bogotá y Macumbia de Francisco Zumaqué, tres momentos estelares de la música colombiana del siglo XX y un acto de ?desobediencia ejemplar si tenemos en cuenta que por esa época Discos F.M se la jugaba toda por Los Bukis y maquinaba el andamiaje mediático de Menudo.

 

La peripecia final: MTM

 

Después de Discos F.M. Humberto Moreno se preparó para montar una empresa que le permitiera hacer unos discos poco usuales, dirigidos a un público más especializado, pero no por eso aburridos y crípticos.

 

En 1991 MTM inició labores; pero no sería sino hasta 1993 cuando de nuevo la astucia de Moreno se pondría del lado del talento local reeditando “La candela viva” de Totó La Momposina y produciendo a la banda local EX 3 con su éxito “Mi verdad”.

 

“Lo innovador siempre ha tenido obstáculos”, dice con la tranquilidad de haber confrontado los paradigmas mercantilistas de una industria colombiana más bien mediocre. De esta manera se ha dado el lujo de ofrecer extravagancias como “Chapinero Gaitanista” (de Eduardo Arias y Karl Troller), rock de avanzada con Catedral, la bellísima colección “Cien años de vallenato”, la voz de Liliana Montes y, recientemente, una espectacular reedición de la extinta banda bogotana Hora Local.

 

Casualidad o no, en los 19 años de actividad con MTM Humberto Moreno ha perfilado de alguna manera novedosas formas de asumir la música colombiana y en eso también ha sido visionario al marcar con el rótulo “Nueva Música Colombiana” (NMC) una serie de seis compilaciones donde el rock, el jazz, la música andina, la salsa y la electrónica evidencian lo que él considera es el mejor momento que vive la música colombiana en su historia.

 

Coda

 

A pesar del tiempo, su memoria es minuciosa, pero se le escapan algunos nombres y llama a algún viejo amigo para que le recuerde cuál fue el primer disco que compró. Parece que fue uno de los Teen Agers o uno de Elvis Presley; la verdad, no está muy seguro. Por lo pronto, mientras no piensa en ellos, en esos discos que son su vida, prefiere otras aventuras: retorna a la inocencia y relee con pasión a Verne y a Salgari.

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