Rufus Wainwright siempre se ha caracterizado por su audaz sentido de la moda. Aquí con una camisa Dior en un tributo a Sting en el 2003.

El niño que quería ser Judy Garland

Elton John lo bautizó como “el más grande compositor de canciones del planeta”. Reconocido como memorable cantantautor, audaz reinventor de Judy Garland y Liza Minelli, llevó a escena en Berlín, junto a Bob Wilson, su musicalización de algunos sonetos de Shakespeare y acaba de estrenar su primera ópera.

2010/06/22

Por Gloria Esquivel

Loudon Wainwright III nunca se sintió cómodo con su hijo. Cada vez que el pequeño Rufus tomaba el delantal de su abuela, se lo ponía como una falda y comenzaba a imitar a Dorothy, la protagonista de El mago de Oz, su padre (un cantante folk parecido a un Bob Dylan cowboy, que confesaba abiertamente que era un mujeriego y hasta interpretó a un muy viril doctor en la serie M*A*S*H) agarraba un trago de whiskey y huía del niño, quien comenzaba a mostrar un increíble talento musical.

Menos mal a su esposa, la también cantante Kate McGarrigle, le parecía adorable que a su hijo le gustara cantar y tocar piano y tal vez por esta razón lo incluyó como parte fundamental de su grupo de folk “The McGarrigle Sisters and Family”, quienes grabaron con cantantes como Joan Baez y Emmylou Harris. Desde los trece años Rufus se convirtió en el centro de atención y desarrolló la increíble capacidad de entretener indistintamente a los invitados de sus padres con una versión muy personal de “Somewhere over the rainbow”; a sus primos frente a quienes recreaba escenas de la ópera Tosca como si se tratara de la telenovela del medio día; o al público hippie que acudía a verlo como parte del grupo de su madre.

Así, el escenario, la representación, el “razzle dazzle” del cabaret se convirtieron en una parte importante de Rufus Wainwright, quien a sus 23 años decidió grabar su primer disco como solista y convertirse en una de las primeras estrellas del espectáculo en admitir abiertamente su homosexualidad. A ese primer disco le seguirían otros nueve (el más reciente “All Days are Nights: Songs for Lulu”, lanzado a principios de 2010), una ópera, una serie de conciertos en homenaje a Judy Garland y hasta un pequeño papel en El aviador de Martin Scorcese. También llegaría el éxito con la crítica y un pequeño pero muy fiel grupo de fanáticos que han convertido a Wainwright en un cómplice, en una especie de trovador barroco a quien se le ha concedido la posibilidad de escribir las letras más sobrecogedoras sobre amores difíciles, sobre Tadzios que pierden su rumbo en relaciones con hombres mayores, sobre lo angustioso que puede resultar intentar bailar Britney Spears cuando se espera la llamada del amado o sobre ese impulso enfermizo que nos lleva a comer una bolsa de caramelos de una sola sentada.

Son esas canciones en donde las confesiones más íntimas se ponen al servicio de melodías complejas que son interpretadas por su piano desde donde se puede entrever que la historia de Wainwright, al igual que la de sus heroínas Judy Garland, María Callas o Salomé, la protagonista de la ópera de Strauss , está llena de momentos oscuramente dramáticos. A sus 14 años, mientras intentaba descifrar las dinámicas del coqueteo homosexual o “gay cruising”, fue violado en Londres por un hombre mucho mayor. A sus 27 años tuvo que dejar su adicción a la metafentamina porque casi se queda ciego. A sus 36 años perdió a su madre después de una angustiosa batalla contra el cáncer.

A través de sus canciones Wainwright ha dignificado su dolor pero, sobre todo, ha demostrado que a pesar de las circunstancias lo que prevalece detrás de un gran compositor es el constante respeto a la labor de crear música. Tal vez por esta razón, de una manera muy histriónica, ha dicho en repetidas ocasiones que la ópera le salvó la vida, que en Verdi y Puccini encontró grandes genios que también tuvieron que pasar por situaciones difíciles para, finalmente, poder ser los grandes compositores que fueron.

Es ahí, en ese dramatismo lírico, en donde ha encontrado una forma de componer, de presentarse frente a su audiencia, de tomar riesgos que han desafiado a los más escépticos. Este es el caso de “Prima Donna” una ópera de su autoría en la cual narra la historia de una actriz que planea su regreso a los escenarios y que fue recibida con gran emoción por sus fanáticos, o la idea de reinterpretar un concierto que hizo Judy Garland en el Carnegie Hall en 1961. Wainwright dedicó este espectáculo a aquellos hombres que fueron a ese concierto escondiendo su homosexualismo porque en esa época era considerado como un delito. Él, que jamás ha escondido su orientación sexual, aparece vestido como Garland, con un blazer, medias veladas y zapatos rojos de tacón, y logra conmover a su público, una vez más, con su muy personal versión de “Somewhere Over the Rainbow”.

En una entrevista a El País de España, Wainwright declaró: “Uno de los grandes privilegios de ser gay es que, durante siglos, fuimos maestros en la promoción de la cultura, como una especie de refugio. Es importante mantener ese nivel de exigencia siempre”. Y es esa honestidad consigo mismo, con su música y con su audiencia la que lo ha llevado a ser considerado en un ícono, una especie de “mesías gay” que ha ayudado a muchos a través de su arte. Sin embargo, Wainwright tampoco se toma esto muy en serio y les pide a todos, en la letra de su canción “Gay Messiah”, que lo llamen Rufus, el Bautista, porque él será quien entregue su cabeza por ese mesías gay que vendrá a redimir a aquellos que, cuando niños, querían ser en secreto como Judy Garland en El Mago de Oz.

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