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¿El regreso de los hippies?

Lulacruza, un duo colombo-argentino que lanza disco

Hay un nuevo movimiento musical en el mundo que busca conectarse con la naturaleza para crear. Son llamados freak folk y en Colombia ya hay un grupo que acaba de lanzar su nuevo disco. ¿Quiénes son estos extraños nuevos músicos?

Por: Manuel Kalmanovitz G.

Publicado el: 2010-06-30

A ratos, en los conciertos de Lulacruza, se oye como si la selva estuviera ahí, con aves y micos y árboles haciendo bulla cuando los mueve el viento. Suena el agua que corre. Y además, suena un tambor que sí tienen en el escenario y que es grande y potente, un tambor que, si uno quisiera imaginarse a Mercedes Sosa en su próxma vida como tambor, sería así, grandote, de voz profunda, con un aire digno y compuesto. Pero lo más interesante es esa selva que, increíblemente, cabe en un computador. O por lo menos la parte audible que llevan a sus conciertos.

Y esto de llevar la selva por ahí, a conciertos en parques y otros auditorios es cosa relativamente nueva y muy digna de mención. Porque es difícil describir la extrañeza de oir los susurros de la selva en un auditorio de Bogotá —y qué decir de un bar de Nueva York o San Francisco, o de un bosque nórdico en medio del verano.

“Utilizamos todos los instrumentos que tenemos a nuestro alcance, incluidos computadores y grabaciones de campo”, dice Alejandra Ortiz, quien, junto al argentino Luis Maurette, conforma Lulacruza. Ortiz y Maurette se conocieron en el 2004, cuando estudiaban música en Berklee College of Music, en Boston, y empezaron a tocar, dice ella, por pura necesidad.

“Sin pensar en qué género iba a ser o quién nos iba a escuchar”, dice. El punto de partida fue un alejamiento de todos los caminos conocidos: evitar los caminos de la música académica, pero también los de la música free, la música concreta, el noise y el jazz. La idea era buscar un espacio libre que permitiera centrarse en los sonidos en sí mismos.

Y en esa depuración, inesperadamente, terminaron haciendo canciones a árboles y ríos, a cosas que uno se imagina sin oídos pero que seguramente y a su manera viven los efectos del sonido (las ondas sonoras son, al fin y al cabo, físicas y se chocan contra lo que tengan al frente).

“Teniendo una postura adecuada, una cierta disposición [a la hora de hacer música], las cosas que se canalizan terminan siendo muy sanadoras… no solo para nosotros como intérpretes —dice Alejandra— También tienen una manera de interactuar con el mundo natural. Como si esos arboles estuvieran ahí sentados esperando a que les cantáramos y se alegraran de que esas voces antiguas vuelvan y recuerden que todo está conectado”.

El primer disco de Lulacruza salió de forma independiente en el 2006 y el segundo, titulado Soloina, está a punto de salir, también de forma independiente. Este segundo es menos de canciones y más atmosférico. Una característica que hace un par de décadas lo habría hecho difícil de presentar en público, pero que ahora, con computadores y controladores de midi, no presenta impedimento alguno.

Es un disco singular, denso y misterioso. Tiene que ver, dice Alejandra, con el proceso de grabación en Oakland, California, donde se reunieron músicos de varias procedencias buscando alejarse de sus formas acostumbradas de hacer música. Lo que encontraron fueron sonidos raros, profundidades desconocidas. “Había un interés por entrar a corrientes más allá de la personalidad, por explorar las voces internas”.

Suena un poco metafísico, como algo que podría encontrarse en un almacén de aromaterapia o de velas de colores. Pero Lulacruza tampoco quiere vivir en el gueto de la nueva era, de los colgandejos de ángeles, el pachulí y el inciencio. No, Lulacruza quiere vivir en medio de todo.

“No quería hacer música que se llamara para sanar —dice Alejandra— Porque la gente que iba a llegar a escucharla buscaba sanación y nada más. Con Lulacruza vivimos en medio de muchos mundos, con pies en el folk y en la música experimental y en la música ritual y en la sanación con sonido. Y no evitamos ninguno de esos mundos”.

Esto es parte de una tendencia secreta. Música al mismo tiempo pop y anclada a la tierra. No puede decirse que sea nueva, porque gente que le canta a la tierra ha existido siempre; gente que se conecta a la tierra, a lo que existe, con la música. Que canta a los árboles y cañadas (aunque no como Los Guaduales, de Jorge Villamil) porque con ellos comparte el mundo.

Pero aunque no es nueva, es una tendencia con una particular relevancia últimamente. El disco en solitario que Héctor Buitrago, de Los Aterciopelados, sacó hace dos años tiene cosas parecidas (una canción al ají, por ejemplo). Y luego está el mundo: en Finlandia hay todo un movimiento de música folk rara, mística y extática apoyada por el sello disquero Fonal.

Y en Estados Unidos está el apodado ‘freak folk’ con gente como Devendra Banhart , la arpista Joanna Newsom y el grupo Vetiver (aunque a Banhart no le gusta el nombre y ha tratado de hacerlo reemplazar, sin demasiado éxito, por el término ‘Naturalismo’ como un guiño al Tropicalismo brasileño de los sesenta).

Lo que hay detrás de todos estos movimientos es la intención de reencontrarse con una visión más básica de las cosas, reconocer que todo está interconectado, que los humanos no estamos por encima de la naturaleza. “Estamos en un punto de la historia donde necesitamos volver a una visión unificadora y borrar muchos de esos límites que nos hemos impuesto, que sirvieron para entender. Tenemos que volver a un entendimiento más general… para dejar de sentirnos aparte de lo que está sucediendo, porque es mentira que estemos aparte”.