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El rockero se nos puso triste

El cantante británico se lanza al ruedo con un disco que recupera la figura del compositor renacentista John Dowland. ¿Logrará resonancia un disco de canciones tristes en estos tiempos en los que sólo la alegría vende?

2010/03/15

Por Juan Carlos Garay

¡Cómo ha cambiado la interpretación de música antigua en menos de un siglo! Cuando salió la primera grabación del Orfeo de Monteverdi, en 1939, nadie pensaba en usar técnicas de voz distintas a la tradición operística del Romanticismo. Luego vino la obsesión por los instrumentos de época y las ejecuciones históricamente rigurosas. La grabación de 1969 de la Misa en Si menor, de Bach, dirigida por Nikolaus Harnoncourt, fue pionera en ese sentido: en vez de sopranos utilizaba un coro de muchachos. Actualmente, la actitud parece ser más libre. El mercado se ha extenuado de tanto historicismo y acude a disciplinas paralelas, como el rock, para oír qué pueden aportar.

En esas nuevas búsquedas, la figura del compositor John Dowland es un referente magnífico. Dowland, que era el laudista del rey Carlos I, atestiguó los inicios de la ópera pero desconfiaba de ella; compuso unas pocas obras sacras más por obligación que por gusto y jamás escribió una sola nota para el teclado (aunque sus contemporáneos se encargaron de hacerle transcripciones). Nada de eso. Lo suyo era el arte de la canción, así de simple. Canciones de entre dos y cinco minutos de duración en las cuales, como escribió en 1597, “la dulzura propia de los instrumentos se suma a la vívida voz del hombre”. Como en el rock.

Y con un género tan simple, rayano en lo popular pero altísimo en letras y armonías, los músicos han demostrado a través de la historia aproximaciones tan diferentes como valiosas. Tal vez el primero en explorar las canciones de John Dowland fue el contratenor Alfred Deller. Sus grabaciones de los años setenta para el sello Harmonia Mundi (reeditadas ahora en un álbum doble con el nombre de Lute Songs) fueron durante años el referente de una “interpretación correcta”. Pero entonces vino, en 1999, un disco del tenor John Potter llamado In Darkness Let Me Dwell que incluía instrumentos modernos como el saxofón y el contrabajo. En una entrevista para la revista Gramophone, Potter defendió la tesis de que “estas canciones no se deben abarcar como música antigua sino como música, punto”. Y la interpretación histórica se vino abajo. Esa grabación fue tal vez el mejor antecedente para que apareciera, ahora sí, un músico de rock dispuesto a probar su suerte con Dowland.

Entra a escena Sting, ex líder del grupo The Police, de quien conocíamos sus coqueteos con el reggae y su gusto por el jazz, pero no su fascinación por la música antigua. Su disco Songs from the Labyrinth, que sale a la venta a mediados de octubre, parece una carta de presentación de Dowland al público de rock adulto. El cantante ha dicho: “Para mí, éstas son canciones pop de comienzos del siglo XVII, y me relaciono con ellas de ese modo: tienen melodías hermosas, letras fantásticas, grandiosos acompañamientos... Espero brindarles algo de frescura”. Y en eso parece haber acertado. El cantante inglés no busca sonar como sus ilustres precursores, Deller y Potter. No. Con el acompañamiento exclusivo de un laúd renacentista, Sting suena como Sting en los momentos más íntimos de su discografía. Su voz recuerda esa combinación de dulzura y tristeza que nos mostró antes en temas como “Fragile” y “They Dance Alone”.

La pregunta por el éxito o el fracaso de esta grabación está directamente relacionada con ese segundo elemento: tristeza. ¿Está el mercado preparado para un disco de canciones melancólicas? Para los conocedores no es un secreto que Dowland exploró la estética de la melancolía como ningún otro de su época, y posiblemente de la historia. Había descubierto que su apellido procedía de la voz romance doulant, que quiere decir doliente, y fascinado con la idea de la tristeza firmaba sus documentos como Johannes Dolandi: Juan el Doliente. El punto más alto de esta exploración aparece en una canción llamada “Flow My Tears”, publicada en 1600. A la aflicción del texto (“Brotan mis lágrimas, caen de mis ojos, se exilian para siempre, me dejan en mi lamento”) la música le corresponde perfectamente: la pieza está diseñada con base en una escala descendente, es decir que va de notas agudas a notas más graves. La figura es fácilmente comparable con la de una lágrima que se derrama. Ahí Dowland aporta una obra emblemática en el arte de la melancolía.

En una época en que abundan las noticias trágicas y el desasosiego, la respuesta, en principio, parece ser que al disco no le irá muy bien. Sin embargo, hay luces que provienen del mismo Renacimiento inglés. En su obra Anatomía de la melancolía, publicada en 1621, Robert Burton puntualizaba: “Para aquéllos que sienten descontento, angustia, miedo o dolor, la música es un remedio que aleja en un instante las preocupaciones”. Pareciera recoger la gran enseñanza de Dowland, la misma que abraza Sting cuando dice que “sería injusto denominar a Dowland, en la terminología reduccionista de hoy, un tipo depresivo”. Y es que meditar sobre una expresión de tristeza es el camino que conduce a la sensación de consuelo.

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