Durante 16 años, Luz Stella de Páramo estuvo al frente de la sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango.

Elogio de la discreción

Durante años, los melómanos de Bogotá han podido ver en la sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango a los más deslumbrantes intérpretes. Este privilegio ha sido posible por la labor de una gestora excepcional: Luz Stella de Páramo.

2010/09/21

Por María Paula Laguna

Durante los 16 años que estuvo al frente de la sala, Luz Stella siempre se sentó en la última fila del recinto ovalado. Para la mayoría de los asistentes pasaba inadvertida. Procuró ser una observadora a la distancia y, hoy cuando deja su cargo, se enorgullece de haber mantenido un bajo perfil. “Soy una persona muy tímida y tal vez por eso tengo una resistencia casi que enfermiza a figurar”. De allí que rara vez aceptara una entrevista y que en los medios prácticamente no se conozca su cara.

Lo que casi nadie sabe es que estaba pendiente de cada detalle. Según cuenta Diana Restrepo, la asistente que la acompañó durante nueve años, si los músicos llegaban a Bogotá a las cinco de la mañana Luz Stella iba a esperarlos al aeropuerto. “Estaba al tanto de todo. ¡Incluso se aseguraba de que no estuviera fundido ningún bombillo en el auditorio!”. Es una trabajadora incansable y le molesta la tendencia a personalizar las instituciones. “Se trata de un vicio colombiano frente al cual me he rebelado siempre. Por ser la figura más visible me llevo los aplausos pero yo sola no hubiera podido. Tuve a mi lado personas extraordinarias que hicieron una labor disciplinada y silenciosa”, dice Luz Stella.

También reconoce que es obstinada. Si no lo fuera no habría conseguido que el violista catalán Jordi Savall se presentara en la capital el 13 de noviembre de 2000. El artista ya había estado en el 70, cuando apenas despegaba su carrera. Luz Stella se empeñó en traerlo a Colombia por segunda vez, justo en el momento en que ya era calificado como uno de los intérpretes de música antigua más importantes del mundo. Recuerda que al principio su agente de prensa ni siquiera contestaba los mensajes. Luego respondía con un displicente “Jordi no tiene planes de ir a Suramérica”. Tardó siete años en convencerlo y al final accedió. El músico quedó tan feliz que desde entonces ha venido al país en dos ocasiones más.

Sin embargo, Luz Stella no se conformó con incluir únicamente “figurones” en la programación. Porque además de terca es visionaria. “Quienes hoy gozan de gran prestigio alguna vez fueron jóvenes y si lo lograron fue porque hubo promotores que creyeron en ellos”. Con esa idea en mente siempre trató de estar muy bien informada. Devoraba publicaciones periódicas especializadas y viajaba por lo menos una vez al año a las salas de concierto de Europa en busca de nuevos talentos.

Fue así, por ejemplo, como descubrió al violonchelista holandés Pieter Wispelwey. Vio su nombre entre un listado de artistas de los Países Bajos y cuando escuchó sus grabaciones no dudó ni un segundo en traerlo. Le parecieron alucinantes. En 2006, durante su segunda visita al país, tocó de memoria las seis suites para chelo de Bach y Luz Stella recuerda que varias personas del público lloraron. A ella la conmovió tanto que si la pusieran a hacer una lista de los diez recitales más maravillosos que haya escuchado en su vida, ese la encabezaría. Hoy día Wispelwey es un invitado frecuente de la sala y cada vez que lo llaman acepta con gusto porque creyeron en él cuando todavía nadie lo conocía. “La profesión de músico es sublime pero tiende a ser frivolizada. La gente suele pensar: ‘Usted tan de buenas; ganarse la vida tocando el piano’. Nadie se imagina cuán dura y despiadada resulta ser. Una pianista colombiana dice con tino que es lo más parecido que hay al toreo. Lo sé porque soy música frustrada”.

Lo curioso es que su amor por ese arte no lo heredó de su familia, sencillamente fue una inclinación natural. “Tengo recuerdos tempranos de mi fascinación por la música. Suena a lugar común, pero siempre ocupó un lugar importante en mi vida”. Se presentó a sociología, pero tiempo después prefirió seguir su instinto y se cambió de carrera. A los 18 años ingresó al Conservatorio de la Universidad Nacional: toda una proeza, considerando que nunca había estudiado música formalmente. Hizo algunos cursos en Estados Unidos y al final descubrió que jamás sería una buena chelista.

Fue entonces cuando entró a trabajar al centro de documentación musical del entonces Instituto Colombiano de Cultura. Allí pasó siete años hasta que le sugirieron postularse para el cargo de asistente de la sección de artes musicales de la Luis Ángel Arango. Presentó las pruebas y varios meses después le dieron el sí. A la Biblioteca llegó el 1º de octubre de 1992, fecha que recuerda con precisión porque aún hoy, 18 años después, le parece increíble. “No estaba entre mis planes. Fue como si alguien hubiera movido los hilos por allá no sé dónde”.

En el 94, un año y medio después de haber ingresado, fue nombrada directora. En ese entonces el auditorio tenía casi tres décadas de haber sido fundado y ya era considerado uno de los más prestigiosos de la ciudad. La misión de Luz Stella era mantener una programación de primer nivel, pero no se conformó con eso y se propuso fortalecer el componente pedagógico.

Aunque no le gusta hablar de logros personales, acepta que durante el tiempo que estuvo como directora consiguió sacar adelante varios proyectos, entre los cuales destaca el convenio con la Schola Cantorum de Basiliensis para que artistas consagrados dicten cursos de música antigua de corta duración. También se consolidaron los talleres de interpretación de órgano y la Semana de la Guitarra, presente en otras ciudades. Sin olvidar además la comisión de obras a compositores nacionales, la publicación de siete discos con piezas inéditas de músicos colombianos y, recientemente, la producción Encuentro con el órgano.

Y tal vez, lo más importante de todo, es que con el tiempo el auditorio le abrió sus puertas a otras expresiones. Ellie Anne Duque, musicóloga de la Universidad Nacional y miembro del comité asesor de la sala, dice de Luz Stella que “tiene un gran criterio y unos amplios intereses musicales. Durante su administración se exploraron varios espectros de la música de cámara y su labor fue siempre muy intensa”.

De eso no cabe duda. Asistió al 90% de los recitales y muchas veces trabajaba los fines de semana. “Quien se sienta a disfrutar de un concierto no se imagina todo lo que hay detrás”. Ahora que se retira, a sus 58 años, confiesa sonriendo que nunca pensó que se fuera a alegrar tanto de estar a punto de poder disfrutar los descuentos que ofrece la sala para las personas de la tercera edad.

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