El grupo bogotano 1280 almas.

Entre la timidez y el desparpajo

Nada como cinco rockeros que se niegan a ser estrellas de rock. Nada como una banda que no se come el cuento de la fama ni de la internacionalización ni del manejo de la imagen. 1280 Almas regresa a una escena musical de la que nunca se ha ido con la paz de los que hacen lo que quieren

2010/02/28

Por Luis Daniel Vega

El viernes 26 de mayo de 1995, cuando se inauguraba la primera edición del festival Rock al Parque, los profesores del colegio en el que yo estudiaba percibían un nerviosismo singular en algunos de sus estudiantes. No era para menos. Los organizadores del provocador evento, contra toda lógica, habían decidido iniciar a las diez de la mañana. Muchos no tuvimos las agallas para escaparnos, pero nos dimos maña para llegar a tiempo. Salimos más temprano de lo habitual, tomamos un bus en la calle 170, llegamos al parque Simón Bolívar a las tres de la tarde y nos sentimos reyes por un día: habíamos coronado nuestra aventura con el concierto de 1280 Almas. El grupo apenas se alistaba para dar inicio a su presentación.

Ya han pasado 16 años desde que los vi por primera vez y recuerdo nítidamente que me regañaron cuando llegué a casa. Apestaba a cerveza, a cigarrillo, tenía los ojos rojos y no lo podía disimular pues las gafas se me habían roto en medio de un pogo brutal que se armó cuando las Almas se despacharon “Diablo”.

Hoy, por fortuna, la gente del grupo no huele a viejo. Allí, incólumes, los integrantes de 1280 Almas siguen tocando su repertorio con la misma naturalidad con la que lo hacían hace 19 años en garajes y pequeños bares. Allí está Alegría por encima de la tristeza, su más reciente grabación, para avisarnos que a los cuarenta se puede seguir siendo joven sin ser una caricatura, mucho menos una ridícula postal del tiempo perdido.

Sangre rebelde

La historia de 1280 Almas se remonta a los años de colegio. Por allá a finales de los ochenta, Leonardo López (percusionista), Juan Carlos Rojas (bajista) y Fernando del Castillo (cantante) se conocieron en las aulas del Inem de Kennedy, donde se destacaron no propiamente por su buen juicio y disciplina. Eran revoltosos y solían manifestar su descontento en obras de teatro y virulentos artículos que enviaban a un periódico estudiantil del que eran asiduos colaboradores.

Pero su rebeldía no era cosa de fin de semana. Su activismo no llegó a ser radical, no empuñaron piedras ni se enfundaron cobardes capuchas. Aparte de cualquier doctrina, eran, sobre todo, un combo de amigos dicharacheros, melómanos y desencantados que tomaban cerveza, bailaban salsa, escuchaban rock, además de escribir sencillas canciones que hablaban de malos amores o de la zozobra de una noche bogotana.

En 1992, cuando la luz se iba a las seis de la tarde y Pablo Escobar se fugaba impunemente de La Catedral, los tres compadres continuaban el camino. En la Universidad Nacional se toparían con el guitarrista Hernando Sierra y Pablo Kalmanovitz, quien sería el primer baterista. Kalmanovitz se iría a buscar suerte en otras geografías y su lugar lo tomarían, a lo largo de tres lustros, Urián Sarmiento, Damián Ponce de León, Tupac Mantilla y Juan David Rubio, cuatro bateristas (ilustres dentro de la escena bogotana del jazz y la música académica de vanguardia) que cualquier banda soñaría tener en sus filas.

Luego de bautizar la banda con el nombre, en la edición en español, de la clásica novela negra de Jim Thompson (Pop 1280), pronto entrarían a los estudios y en febrero de 1993 harían su debut.

Con el casete Háblame de horror (Hormigaloca, 1993), 1280 Almas alborotaría el ambiente rockero en Bogotá junto a bandas como Marlo Hábil, Catedral, La Derecha y Aterciopelados, convirtiéndose, al lado de las dos últimas, en las tres únicas agrupaciones que por esa época entrarían a formar parte del catálogo alternativo de disqueras multinacionales. Algo ingenuas, las Almas sucumbieron al encanto y probaron el desengaño. Claro, si al cinismo, el humor corrosivo y los amores sin final feliz de sus canciones le sumamos un temor irremediable a convertirse en figurines de moda, era seguro que al lado de BMG (la discográfica que los fichó) las cosas iban a resultar, de seguro, tortuosas.

De todas maneras, el romance fallido con BMG dejaría para la posteridad, además de cuadernos y otras maniobras mediáticas, tres discos considerados hoy en día como piezas de culto y tesoros envidiables de aficionados meticulosos. Por un lado, Aquí vamos otra vez (BMG/ Culebra, 1994), fue una pintoresca declaración de principios y una afrenta para los más reaccionarios que se sorprendieron al escuchar, por ejemplo, “Flores en las cortinas” (con su punzante golpe de cencerro arrastrando un pegajoso riff de guitarra a lo Fugazi), la ingenuidad sicodélica de “Los planetas”, una versión desquiciada de “Mi tristeza” (clásico de Leonardo Favio) o agresivas miniaturas punkeras como “Rata muerta”.

Luego vendría La 22 (BMG, 1996), con el que de alguna manera lograron visibilidad en otros medios gracias al éxito inesperado de la muy bailable “Marinero”, que contrastó dramáticamente con “Platanal”, la desconsolada fábula del cuerpo de un hombre asesinado por manos paramilitares. Ya finalizando los noventa llegaría Changoman (BMG, 1998), obra en la que ese espíritu contradictor no se dejaría domar a pesar de las pretensiones del mentado sello. Para la muestra, el controvertido video de “Te veré allá afuera”, grabado en una cárcel distrital de Bogotá y el nihilismo convencido de “La ruta del venado”.

Tras cinco años de silencio retornarían al estrado con el EP Bombardeando (Independiente, 2003), seguido de Sangre rebelde (La Coneja Ciega, 2004), un disco curtido con el que consolidaron ese sonido original que permanece en la memoria de coleccionistas, periodistas y una fiel fanaticada capitalina de adolescentes furiosos y treintañeros nostálgicos.

Por encima de la tristeza

Muchos se han preguntado por qué las Almas no trascendieron las fronteras locales y se fueron a conquistar otros públicos, nichos más populares o la fama. La verdad es que eso no los inquieta en lo más mínimo y no se sienten nada frustrados.

Prefieren el anonimato, dictar clases, montar tranquilos en un bus y darse el lujo de disponer su tiempo para planear proyectos tan personales como Alegría por encima de la tristeza (La Coneja Ciega, 2011), un disco doble (CD y DVD) grabado en cuatro conciertos realizados en febrero, julio, septiembre y diciembre de 2008.

Privilegiando el bar como espacio idóneo para descargar esa energía juvenil inagotable, Alegría… es la crónica de unos tipos tercos y honestos que han asumido la música como un acto fraternal (entre ellos y el público), más allá de las concesiones comerciales de siempre, las sonrisas prefiguradas, las fotos maquilladas, el profesionalismo aséptico y esa idea tan arribista de que el músico es un personaje intocable, custodiado por los gorilas amenazantes de turno.

A medio camino entre la timidez y el desparpajo (en el DVD se les puede ver muertos de la risa cuando la embarran en una de esas canciones que han tocado cientos de veces hasta el cansancio), 1280 Almas vuelve a la escena con un documento real y perdurable. Es también, por lo menos para el que esto escribe, la certeza de que a pesar de los años todavía hay guardados algunos alientos para entrarle a un pogo salvaje, gritar en el delirio “la vida vale poco si no te la has jugao”, estallar de la alegría y, si es el caso, salir de nuevo con las gafas hechas pedazos.

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