El grupo canadiense Arcade Fire.

Fuego de invierno

Todo comenzó con el encuentro fortuito entre una estudiante de música medieval y un tipo con apariencia punk. De allí salió Arcade Fire, la banda que prueba que hacer rock indie con instrumentos desconocidos puede ser tan interesante como Lady Gaga.

2011/03/30

Por Catalina Holguín Jaramillo

Era invierno y llegamos al bar para oír el grupo de nuestro compañero de trabajo, Tim. A duras penas cabían en el escenario los siete músicos de Arcade Fire, mientras que al frente de la tarima un modesto grupo de espectadores miraba con asombro este vendaval rockero de violines, acordeones, coros desaforados, tambores y otros instrumentos imposibles de identificar. Ocho años después, este mismo grupo de músicos canadienses, que empezó tocando modestamente en bares, se subió a brincos y en desorden a la tarima de los Grammy para arrancarle el premio al mejor álbum del año a los pesos pesados de la industria musical norteamericana: Eminem, Jay-Z, Lady Antebellum, Katy Perry y Lady Gaga. Fue la clásica y siempre emocionante victoria de David sobre Goliat.

 

Arcade Fire—que traduce algo así como “incendio en la galería” o “fuego en la sala de juegos”— se funda sobre la mítica historia de amor de Régine Chassagne y Win Buttler. ?Ella, estudiosa de música medieval se lo encuentra a él, un tipo altísimo con pinta de punketo, en la cafetería de una universidad de Montreal. Durante su primera cita componen la canción “Headlights look like diamonds”; luego consiguen otros músicos—Tim Kingsbury, Jeremy Ga-ra, Sarah Neufeld, Will Butler, Richard Reed Parry— y graban de forma casera su primer disco, en el que aparece esa primera composición conjunta. Al poco tiempo, en 2004, graban con el sello independiente Merge el álbum Funeral; en 2007 sacan Neon Bible y a mediados de 2010 The suburbs, el disco del Grammy, que es una oda nostálgica y rebelde a la vida en esos barrios periféricos norteamericanos de casas idénticas, familias idénticas y jóvenes con ganas de escapar.

 

Las ventas del grupo ya superan el millón de discos. A pesar del caudal económico y mediático, la banda todavía mantiene su independencia: han grabado todos sus discos y videos con sus propios fondos, son dueños de los derechos de todas sus composiciones y tienen su propio estudio de grabación, localizado en una iglesia abandonada a las afueras de Montreal. Además, como reconoce el músico canadiense Salvatore Ciolfi de la banda Code Pie, la atención que ha recibido Arcade Fire ha servido para realzar una importante movida de rock independiente canadiense, que incluye grupos como Broken Social Scene, New Pornographers, Destroyer, Leslie Feist, Caribou, Land of Talk, Think about Life, Black Mountain y Wolf Parade.

 

La fama acumulada le ha servido a la banda para cultivar su sensibilidad social. Con la boletería de sus conciertos han logrado recoger más de un millón de dólares para una ONG fundada por Régine y otra activista que lucha por garantizarle seguridad económica y de salud a trescientos familias haitianas. También han sabido aprovechar Internet para captar la atención de hordas de jóvenes, produciendo videos interactivos exclusivos para la red (por ejemplo, el maravilloso video de We used to wait) y contenido de alta calidad para Youtube. Su presencia en la red y las reseñas elogiosas publicadas en influyentes medios digitales como Pitchfork se ha traducido en astronómicas ventas, pero también en blogs, foros y páginas web que literalmente exudan cariño por este grupo. Para completar el mito de la banda independiente y feliz, los miembros del grupo sostienen que aunque Win y Régine son los líderes, todos aportan con su música y sus ideas, y que la pasan muy bien en los conciertos en los que siempre tratan de inyectarle originalidad y frescura a la presentación: cambian de instrumentos y saltan de aquí a allá con cascos de moto en la cabeza. Como dice Darcy Frey en un artículo para el New York Times, un show de Arcade Fire es como una extraña mezcla del Circo del Sol con The Clash.

 

Pero más allá de los mitos, y del altruismo y de la soñada independencia, Arcade Fire suena que da miedo. Críticos y periodistas usan sin pudor sucesiones de adjetivos y metáforas para describir su música: que tocan un rock post-punk con fuertes dejos orquestales; que su música se expande como el mar; que sus canciones son himnos nostálgicos y emocionales que van desde el punk más casero hasta la nueva ola electrónica; que la banda es como un manchón excéntrico de energías dispares y colores tonales. En fin. ¿Es necesario sumar más metáforas cojas a una lista que crece cada día más para describir su música? Es necesario oírlos y ya.

 

 

 

 

 

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