Niños en la casa lúdica de Istmina, Chocó. Crédito: Juan Fernando Ospina.

La música, a pesar de la guerra

En corregimientos y pueblos marcados por la violencia, donde balaceras y rumores de “limpieza” han atosigado a la población durante décadas, la Fundación Nacional Batuta ha construido casas lúdicas de música, unos refugios donde niños -y adultos- han encontrado una alternativa al ruido del conflicto.

2017/02/06

Por Óscar Bustos B.

Música en las casas lúdicas*

Allá en El Bagre (Bajo Cauca antioqueño), los padres de familia, extasiados por la música que interpretaban sus hijos, rodearon el lugar donde ellos se encontraban, en un intento por protegerlo. Estaban encantados y contentos, porque al fin algo distinto del estremecedor ruido de las balas estallaba en su municipio. A 760 kilómetros de allí, en Fortul (Arauca), casi en la frontera venezolana, un grupo de niños traspasa una puerta transparente y entra como en un mundo nuevo para cantar las canciones de su tierra y abandonar por un par de horas los ruidos de la guerra. En una invasión de siete ranchos, en Istmina (Chocó), al otro lado del río San Juan, que baja rabioso con sus aguas amarillas, viven hacinadas varias familias desplazadas, entre ellas la de María Isabel García, cuyos niños pequeños están aprendiendo a cantar y a tocar flauta, mientras ella y sus hijas mayores lavan una montaña de ropa ajena. Entre los padres de familia de El Bagre, la puerta transparente que lleva a otro mundo a los niños fortuleños y la familia de niños desplazados en Istmina, hay algo en común: todos son lugares del conflicto colombiano donde la Fundación Nacional Batuta trabaja en las casas lúdicas construidas por la Cancillería para ofrecer capacitación musical y acompañamiento psicológico a niños vulnerables y víctimas del desplazamiento. Los grupos armados que acosan a estas poblaciones son distintos, pero las casas lúdicas son acogedoras, como oasis en medio del desierto, para que los niños víctimas del conflicto puedan soñar con un futuro mejor.

Bagre: una casa lúdica que es oro puro

En El Bagre hacen presencia grupos guerrilleros y paramilitares, que con sus acciones han afectado la vida cotidiana de los 50.000 habitantes del municipio.

—Aquí, cualquier estudiante es hijo de un paramilitar. «Mi hermano es paramilitar, se lo voy a echar encima», y con ese cuento amedrentan a los docentes cuando se les cuestiona o se les hace un reclamo —dice Luz Nelly Miranda, profesora del Instituto Interamericano.

La Casa Lúdica de El Bagre —la única en el departamento de Antioquia—, ubicada en la calle del Como-come y al lado de la pista del pequeño aeropuerto, está pintada con colores vivos y fuertes, y los estudiantes de música se agolpan junto a la puerta antes de entrar. El cielo está encapotado con nubes blancas y densas, pero la temperatura a las dos de la tarde está en 32 grados.

Allí mismo, Júnior José Ochoa, de nueve años, nacido en Caucasia pero criado en El Bagre —que parece un potrillo ansioso por entrar—, nos cuenta que está orgulloso de aprender música aquí.

—Soy percusionista y aprendí a tocar todas las flautas, menos la tenor —dice este principito con acento costeño.

Cuando Adriana Arango, la coordinadora logística, abre la puerta y hace sonar el manojo de las llaves, los niños ingresan entusiasmados. La mayoría son mestizos, pero también hay negros y mulatos, con la alegría natural de su sonrisa auténtica.

—De 170 niños que tenemos, apenas 20 provienen de familias estables —cuenta Adriana—. La mayoría viven con la madrastra y el papá, o con la mamá y el padrastro, o con una tía y otro familiar. Y no les gusta el ambiente que se respira en el hogar.

—Los niños son criados por los abuelos —interviene la profesora Miranda— porque los papás se fueron para Guamocó, en la serranía de San Lucas, a trabajar en las minas de oro.

Agrega que es recurrente que los grupos armados ilegales se tomen el pueblo:

—De repente, los grupos se agarran. Un grupo viene y se mete a El Bagre, y amanecen jóvenes muertos en las afueras del pueblo. Algunos son exalumnos de nuestro colegio reclutados por ellos y asesinados por otros grupos. Llegan los estudiantes y dicen: «Hoy amaneció un muñeco», o «Por ahí hay un muñeco tirado». Les parece normal.

La Casa Lúdica se inauguró en 2015, y al profesor Gabriel Jaime Arango —hermano de Adriana— le correspondió recorrer los colegios para inscribir a los niños. Él venía de coordinar el Centro Musical de la Fundación en Moravia y había dirigido la Orquesta Sinfónica de Batuta en Antioquia.

—Todos los miedos, las dudas y dificultades personales que pude haber sentido pasaron a segundo plano cuando los niños y jóvenes empezaron a responder con entusiasmo, y después vinieron sus logros personales y musicales —dice.

Tres días sin música

La música que salía de la Casa Lúdica y embriagaba a los habitantes de El Bagre como olor a pan recién salido del horno dejó de sonar durante tres días, por lo que el pueblo se vio sumido en un silencio intimidante. El comercio, el transporte en busetas o motos hacia los barrios y toda otra actividad pública quedaron paralizados por el paro armado que decretaron los grupos paramilitares durante los dos últimos días de marzo y el primero de abril de 2016. Los estudiantes de Batuta no sólo no pudieron asistir a clases, sino que vivieron experiencias que quisieran olvidar.

El primer día del paro, Kevin Carrascal, de once años, quien ya había sido devuelto a su casa por los profesores, estaba viendo videos con una prima cuando sonaron unos disparos.

—Yo logré distinguir que eran sonidos de bala —relata—; entonces me paré, le avisé a mi prima, salimos corriendo hacia mi habitación y no sé cómo nos metimos debajo de la cama. Después salimos asustados y vimos que del techo habían caído pedazos de pañete, porque también había estallado un petardo cerca de mi casa.

—Sonaba como pólvora, pero varias veces seguidas —interviene Franchesca—, y luego les responden. Entonces tú estás como stop, es plomo, y todo el mundo se queda quieto. —Después llegó mi primo —recupera la palabra Kevin— y me contó que en su colegio había una amenaza de que iban a tirar un petardo adentro si no lo evacuaban —agrega.

Ese día, Valentina desestimó la orden de su abuela de que no asistiera a la Casa Lúdica. Cuando llegó, el profesor Rafael Gaviria estaba afuera con otra estudiante, avisando a los que llegaban que se devolvieran. En la misma moto que la trajo se devolvió rápido a su casa.

Isabela recuerda que aquel día los policías se enfrentaron con un grupo de paramilitares, allí mismo en las afueras del coliseo.

—Estábamos reunidas en mi casa con Dayana y Sara, dos amigas, viendo una película y oímos un ruido. Nosotras no prestamos atención, pero Valentina nos llamó y preguntó si habíamos escuchado la balacera. Entonces salimos a mirar y vimos gente corriendo como loca para todos lados, guardando las motos. Era que un petardo había estallado, y hubo balas y heridos también. Las mamás de las otras chicas vinieron por ellas a mi casa y se las llevaron, porque eso estaba muy feo. Y ya al siguiente día todo el comercio estaba cerrado, no se oía una bulla.

—Uno lo cuenta, pero vivirlo es traumatizante —dice Franchesca—. Después vino la Marina y empezaron a enfrentarse con todos.

—Eso suena seguido, tan-tan-tan —dice una, refiriéndose al sonido de las balas. —No fue un solo disparo sino muchos, como ráfagas —agrega otra.

—Fue como un enfrentamiento, unos daban y otros respondían —remata otra niña.

Y los niños, que deberían estar hablando de do-re-mifa-sol, hablan de tan-tan-tan, el sonido de la guerra.

Fortul: una casa lúdica como un oasis

En Fortul, en el centro del pueblo, la estación de Policía es una trinchera desolada, rodeada de garitas siniestras y protegida por un laberinto de alambradas y bultos de arena. Detrás de las garitas están los policías, apertrechados, incómodos en sus trajes de fatiga, moviéndose como tigres al acecho. A pocas cuadras de allí, por un sendero de árboles de sombra que crecen a un lado de la vía, está la Casa Lúdica, construida durante el primer semestre de 2014 con aportes de la Cancillería y la Fundación Colombiana para el Desarrollo (Fucolde), en un terreno que cedió la administración municipal y que lleva por nombre Refugio de Ilusiones. Este nombre no podría ser más certero, pues chicos de todas las edades se la han tomado como espacio para su recreación, sea en el área de la cancha deportiva, en la sala de cómputo —a veces habilitada como zona de ensayos de baile— o en el aula de Batuta. Ésta, con puerta corrediza y transparente, y dotada de ventiladores suspendidos del techo para disipar el calor, recibe a diario y por turnos, en horas de la mañana, a grupos de unos cuarenta muchachos de todos los cursos del colegio Alejandro Humboldt, que ingresan felices a recibir las clases de música. Son mayoritariamente mestizos, tal vez la réplica infantil de sus padres y abuelos campesinos, pues son hijos y nietos de colonos santandereanos, cesarenses, tolimenses y bolivarenses. Algunos son descendientes de indígenas araucanos.

Ramón Rincón, profesor de música oriundo de Pamplona (Norte de Santander), que parece un adolescente más, pide al primer grupo de estudiantes que ha ingresado en el aula que se pongan de pie. Son niños entre los once y los trece años; las chicas sonrientes, con el pelo recogido con trenzas o colas de caballo; los chicos más serios, apenas entrando en la mañana. Enseguida les pide desperezarse y ellos estiran los brazos lo más que pueden, como si fueran gatos; les dice que hagan como si cargaran una maleta muy pesada; luego, que se imaginen un duchazo y que abran la llave del agua y se enjuaguen… se enjabonen… se bañen, y los niños lo hacen, divertidos. Entonces, el profesor toma la guitarra y canta, y los niños lo acompañan en coro: De La Habana ha llegado un barco cargado de elefantes… El mismo barco ha llegado cargado de gorilas… canguros… violines… tambores… guitarras y otros objetos que los niños representan con mímicas, siempre sonriendo. Afuera comienza a llover y el ambiente se refresca.

Ruth Mery Vargas, asistente administrativa de la Fundación Batuta en Fortul, una trigueña, alta y fuerte —cuya presencia en las clases proyecta la autoridad que al joven profesor se le va en dedicación y nobleza—, recuerda que en la inauguración de la Casa Lúdica iba a estar presente la canciller, «pero a última hora el presidente la llamó y no pudo asistir» y que en su reemplazo envió a sus asistentes.

El primer niño escogido para pasar al frente a tocar el xilófono es Gerónimo Bedoya Muñoz, de diez años, uno de los estudiantes de música más antiguos de Fortul, pues asiste a Batuta desde 2015. El niño nació en Medellín, pero vive en este pueblo hace tres años, junto con su madre. Ella, Yenny Leandra Muñoz, que esta mañana lo trajo a la Casa Lúdica pedaleando en su bicicleta, es mamá soltera y dice que llegó a Arauca con su madre y sus tíos, que son comerciantes. Cuenta, con una voz en la que se mantiene el dejo paisa, que su familia ya tiene casa propia aquí, sueño que nunca pudieron realizar en Medellín. Recuerda que cuando era niña sufrió en la capital paisa la guerra narcoterrorista de Pablo Escobar, pero precisa que esa violencia es distinta de la que se vive a diario en Fortul, la que describe con periodos de calma y, de repente, cuando menos lo esperan, un acto terrorista.

—Fortul es tranquilo, pero a veces hay enfrentamientos entre los soldados y la guerrilla, por ponerle bombas al batallón. Otras veces devuelven a los niños del colegio por alguna amenaza de bombas en la vía, cerca de la institución educativa.

Cuando esto ocurre, el profesor del curso llama por teléfono a los padres de familia, les anuncia que sus hijos van a salir más temprano y les pide que estén pendientes de ellos, para que no se queden por la calle. Yenny Leandra dice que luego se sorprende cuando su hijo llega del colegio y tranquilamente le cuenta:

—Mamá, buscamos la bomba por toda la escuela y no encontramos nada.

Otra niña espera que el profesor la pase al frente a tocar el xilófono. Es Dacnny Daza, de nueve años, oriunda del corregimiento de Santo Domingo. Cuando dice que nació allí, hago cuentas mentales y me digo que por su edad no puede ser una niña sobreviviente de la bomba clúster que lanzó un helicóptero de las Fuerzas Armadas, supuestamente para eliminar a guerrilleros de las farc, y lo que pasó fue que mató a diecisiete personas, incluidos seis niños, y dejó heridas a otras veintisiete, entre ellas diez menores. Era el 13 de diciembre de 1998.

—Cuando sonaban las bombas, yo temblaba —dice, bajando la voz, como si entrara en otra dimensión de su recuerdo—; nosotros nos fuimos muy lejos con otra gente de Santo Domingo y todavía sonaban las bombas, pero ya no sonaban tan duro.

Comprendo entonces que después de la bomba clúster la guerra siguió igual, sin dar tregua a los pobladores, y que el hecho al que se refiere Dacnny es más reciente. Tan actual como los asesinatos de cinco jóvenes, cometidos casi a la vista de todos.

Yenny Leandra, la paisa y madre de Gerónimo, dice sin tapujos:

—Trajeron a un joven amarrado y lo mataron frente al colegio, a la una de la tarde, cuando salían los estudiantes.

Según el alcalde, Lenin Pastrana, las hipótesis apuntan a todos los actores armados ilegales que tienen presencia en Fortul: el ELN, las FARC o alguna bacrim. El burgomaestre resume los resultados de la investigación policial:

—De los cinco asesinados, cuatro eran menores de veintiocho años y sólo uno vivía en Fortul. Los otros eran de Saravena y Tame y vinieron a asesinarlos aquí en el municipio. Cayeron víctimas de una mal llamada operación de limpieza social, pues al parecer eran jóvenes que pertenecían a algunas bandas o distribuían sustancias psicoactivas —dice.

Natalia Merchán, de veinticuatro años, coordinadora de la Casa Lúdica e hija del primer alcalde que tuvo Fortul, recuerda que cuando era estudiante de primaria los profesores hacían salir a los estudiantes por la puerta trasera del colegio, para esquivar algún artefacto explosivo que hubieran dejado los hombres armados. También se acuerda de que los guerrilleros se atrincheraban en los muros del colegio para disparar hacia el batallón del Ejército. Dice, volviendo del recuerdo como quien espanta un mosco, que la Casa Lúdica y las clases de música de Batuta han sido lo mejor que le ha ocurrido a Fortul. “Aquí los niños se sienten seguros, y además de la música hacemos refuerzo escolar, recreación y les presentamos películas”, detalla.

Istmina: una casa lúdica en la antigua loma del miedo

Si por alguna casualidad Vincent van Gogh hubiera dibujado a Istmina, seguramente le habría puesto un sol muy amarillo y el río San Juan rompiendo en dos el paisaje, bajo un cielo con espirales luminosas. Es el calor que abrasa este ya no tan pequeño municipio chocoano, situado en el occidente de Colombia, al que no dejan de llegar cada día familias desplazadas negras, mestizas e indígenas, que huyen de múltiples violencias. Según el último censo, Istmina tiene 25.351 habitantes, de los cuales 20.111 viven en el casco urbano.

A las ocho de la mañana el calor es inclemente, y mientras abren el Centro Musical la sombra de un gigantesco árbol nos salva de morir carbonizados. Llega la profesora Iris Quesada, alta, de piel negra, pero de rasgos fuertemente indígenas. Abre el salón de clase, que se ve deprimente, oscuro y húmedo. El piso, de baldosas oscuras, ostenta una capa de lama.

—Cuando llueve, caen goteras por todo lado —explica.

Desde que se abrió el programa Batuta, hasta este lugar administrado por la Alcaldía vienen a recibir clases de música, todas las mañanas, cuarenta niños del colegio Gustavo Posada. Dos de los niños viajan en canoa desde La Mojarra, un caserío ubicado a orillas del río San Juan. Son Iván Gil, de ocho años, y Yeny Torres, de doce, ambos afros, pero por las lluvias el río se desbordó ayer y ésta es la razón por la que hoy no se han hecho presentes. Iris intenta comunicarse por celular con sus papás, pero las llamadas se van a correo de voz.

—Quizás se les inundó la casa —dice.

El río, al pasar por el pueblo, se metió por las alcantarillas, afectando la zona comercial, donde los dependientes, cubriéndose boca y nariz por el mal olor, trataron de sacar la mugre de los locales a punta de baldes y escobazos.

Un grupo de escolares irrumpe en el salón. Ellas, morenas, con trenzas y chaquiras ceñidas al cabello que les adornan la sonrisa colmada de entusiasmo; ellos, con su alegría natural y sus dientes blanquísimos, llegan a abrazar a la profesora con afecto. Cuando están sentados, es tanta la fuerza que proviene de su rostro y tanta la alegría de su sonrisa auténtica que la estancia se ilumina y nos hace olvidar que faltan bombillos y que la humedad causa estragos en las cosas.

Iris y su asistente, Francia Mosquera, saben que trabajan con víctimas desplazadas de Sipí, Nuanamá y Condoto, donde a diario hay enfrentamientos entre las guerrillas y los paramilitares. Aquí están los hijos pequeños de María Isabel García, a quien desplazaron de La Pintada y que en su rancho se dedica a lavar ropas ajenas. La profesora les pide silencio y luego les dice que, de pie, suban los brazos… los pongan en la cabeza… los bajen, ahora en los hombros… después en la cintura. El calor se hace sentir, pesado y húmedo, y no hay un ventilador. Los niños se echan aire batiendo las cartelas sobre su rostro brillante. Iris toma la guitarra y pide a sus estudiantes que canten en coro:

Se murió mi gallo tuerto / Qué será de mi gallina / A las cuatro de la mañana / Le cantaba en la cocina. Y luego: Co-co-ro-yo, cantaba el gallo / Co-co-ro-yo, a la gallina.

La profesora escoge a los estudiantes que van a tocar las placas. Éstos pasan adelante y con los golpeadores acompañan la canción, mientras el resto repite los versos en coro.

—Por ahí como que quiere sonar algo —dice la profe.

Del miedo al hambre

Diez minutos antes de las dos de la tarde, la profesora sale del Centro Musical y, en un mototaxi, esquivando los charcos de la vía, llega al sector de Barranquillita, a la Casa Lúdica, ubicada en la llamada hasta hace poco la Loma del Miedo. Le dieron este nombre porque el sitio es alto y desde allí se puede ver una buena parte de Istmina, así como porque estaba en manos de una banda delincuencial que hacía y deshacía, convirtiéndose en la única autoridad. Cuando la Cancillería decidió retomar el lugar para construir el edificio, hubo más presencia de la policía y la banda se cambió de barrio.

La Casa Lúdica tiene dos plantas y el constructor aprovechó la inclinación del terreno para hacer una cancha de microfútbol en la parte trasera, al lado de una biblioteca. Abajo, tiene dos salones y el área sanitaria. La profesora encuentra a sus estudiantes finalizando un taller de pintura con acuarelas, coordinado por la asistente logística de Batuta en la Casa Lúdica, Leonisa Murillo. Son niños entre los diez y los trece años, la mayoría negros y algunos mestizos. Felices, muestran sus dibujos.

Una canción anima la clase y la profesora acompaña con la guitarra:

Anteanoche y anoche / parió la luna, eh / veinticinco luceros / y una lunita, eh / Anteanoche y anoche / parió la luna, eh / veinticinco blanquitos / y una potranca, eh / Anteanoche y anoche / parió la negra, eh / veinticinco negritos / y una culebra, eh / Anteanoche y anoche / parió la chola, eh / veinticinco cholitos / y una cholita, eh.

La canción es repetida muchas veces. Luego distribuyen las cartelas, escogen a los niños que van a tocar las placas y marcan el ritmo de las notas con aplausos y golpes en las piernas.

—Hagan una fila —pide la profesora al finalizar. Los niños la hacen, dichosos. Saben que les darán dulces y agua en bolsas, como merecimiento a su esfuerzo.

Leonisa cuenta que los niños llegan a las dos de la tarde y dicen que tienen hambre, que no han almorzado. “Ellos se van sin desayunar para la escuela y allá en las horas del descanso les dan un refrigerio, pero hay ocasiones en que no, o sea que se quedan con el estómago vacío todo el día”.

El paro armado paró la música

Un rumor pasa voz a voz, a través de las redes sociales. En el último paro armado, convocado por un grupo paramilitar, una voz masculina decía con acento paisa y tono altanero:

—Póngale cuidado cómo es la vuelta, canela. Que no quieren ver a nadie andando en moto, trabajando mañana. No quieren ver a nadie andando en carro, no quieren ver a nadie andando en bicicleta.

Que compren la comida hoy porque si no que se atengan a las consecuencias. Que pueden ser muy amigos y todo. Pierden moto, pierden cicla, lo que tengan. Que la güevonada es en serio, ¿oyó?

Aquel día, la profesora Iris escuchó el mensaje y un estremecimiento la recorrió de pies a cabeza.

—No salí de la casa —dice—. No tuvimos clase, no había actividad de ninguna índole. Todo el mundo resguardado en la casa. Se les informó a los niños que no había clases por lo del paro.

Francia Mosquera, la espigada asistente logística, cuenta:

—No había una tienda abierta, no había una moto por la calle. Los paramilitares marcaron algunas casas con grafitis, que eran las iniciales de su grupo armado, y prohibieron a los dueños que los borraran.

En Istmina todo el mundo sabe quiénes son los paramilitares, pero nadie los denuncia. Sin embargo, todos señalan el barrio donde viven y cuáles son las fronteras invisibles que nadie puede atreverse a pasar, pues su vida correría peligro. Las voces de un coro colectivo no cesan de denunciar:

—Quemaron motos y carros.

—Mataron un policía entre Istmina y Cértegui.

—En Iró mataron un soldado.

Recuerdan que por temporadas los paramilitares hacen correr el rumor de que va a haber “limpieza” y que, preciso, a los quince días comienzan a aparecer los muertos, tirados por ahí.

—No hay fechas establecidas sino cuando a ellos les da la gana —dice una mujer, y un relámpago de rabia se le asoma en los ojos.

***

A pesar de la guerra, y contra ella, la música tiene un poder incontenible. Tanto en Fortul como en Istmina y El Bagre, en medio del ruido de las balas que funciona como un fondo siniestro, los niños y sus profesores, con sus cantos en coro, demuestran que la resistencia y la resiliencia son posibles, y que un país mejor está a la vuelta de la esquina.

*Este reportaje hace parte del libro El inicio de una revolución musical. 25 años de Batuta, publicado en noviembre de 2016.

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