Kendrick Lamar durante su presentación en la versión 58 de los Premios Grammy . Foto: ROBYN BECK / AFP

¿A quién le importan los Grammy?

Para muchos, hoy parece anacrónico que una organización premie álbumes musicales cuando ya pocos los compran. Hay quienes dicen, no obstante, que el sistema se está adaptando a su propio ritmo a las nuevas dinámicas de la industria. Dos directores radiales responden a las quejas de quienes no le creen a los Grammys.

2016/02/16

Por César Rojas Ángel

David Bowie ganó su primer Grammy en 1985 por el video de Jazzin’ for blue jean. Para ese entonces ya habían pasado varios años desde Space Oddity (1969), The man who sold the world (1970), “Heroes” (1977) o Let’s dance (1983), por mencionar algunos. En 2006 recibió otro premio como reconocimiento a su vida y obra.  

En 1992 Nirvana estaba nominado a mejor canción por Smells like teen spirit, el primer sencillo del inolvidable Nevermind (1991). Pero la  la National Academy of Recording Arts and Sciences (NARAS), organizadora de los Grammy, le dio el premio a la versión acústica de Layla, la canción que Eric Clapton estrenó en 1970 con el grupo Derek and the Dominos.

Hay portales y algunos curiosos que se han dedicado a hacer listas de las grandes omisiones o tropiezos de los Grammys. Uno de los más recientes lo protagoniza Macklemore & Ryan Lewis, que en 2014 pasaron por encima de Eminem y Kendrick Lamar (el mismo Macklemore admitió que este último había hecho un mejor álbum de rap que el suyo).

Pero más allá de los deslices, crece de a poco el número de voces que desconocen la verdadera relevancia de estos premios en el mundo musical. “Pareciera que la organización está juzgando la música del siglo XXI con parámetros del siglo XX”, apunta Álvaro ‘El Profe’ González, director de Radiónica.

El peor momento para él llegó con el premio a mejor artista revelación en 1990 para Milli Vanilli, el dueto alemán cuyo fraude, que se rumoraba antes del premio,  se descubrió al final de ese mismo año.

En contraste, para ‘El Profe’ González uno de los mejores momentos en años recientes fue en 2011, cuando Arcade Fire se llevó el premio a mejor álbum del año por The Suburbs.

No obstante, dice El Profe que los Grammy se han anquilosado a la hora de descubrir nuevos artistas o buscar alternativas para reflejar las dinámicas actuales del mundo musical. El problema, dice él, empezó en la década de los noventa y desde entonces ha habido pocos momentos de brillo.

El director de La X, por otro lado, considera que no han perdido vigencia. “De pronto es que como ceremonia televisiva ya no son tan interesantes”, apunta Alejandro Marín.

Los Grammy premian artistas revelación, canciones o videos. Desapareció la categoría de metal y siguen premiando álbumes en un mundo donde se impone el streaming. Por eso puede haber dudas sobre qué tan sincronizada está la organización con las tendencias actuales. “Tratan de estar a la par, pero son una organización muy grande y están muy conectados a la música grabada, es decir, al negocio de la grabación, de los discos”, concluye Marín.

El director de Radiónica añade a lo anterior que quizá hace falta que la organización tenga en cuenta lo que está pasando en los festivales internacionales, en los escenarios alternativos donde la música ha empezado a crecer de otra forma.

Ayer, cuando Arcadia habló con los dos periodistas musicales, coincidían en una cosa. Ambos estaban muy optimistas con respecto a Kendrick Lamar. El rapero perdió el mejor álbum del año frente a 1989 de Taylor Swift, pero se ganó 5 Grammys: mejor álbum de rap por To Pimp a Butterfly, mejor canción de rap y mejor actuación de rap, mejor colaboración de rap y mejor video musical.

Quizá para muchos estos no son más que unos premios estadounidenses. Pero también es la oportunidad para que artistas como Bomba Estéreo o Monsieur Periné se abran a otros públicos, como lo señaló el Profe.

Además, premios como los Grammy sirven como registro. Como señaló hace unos años un artículo de The New York Times, los Grammy y la industria discográfica están aliados, y si se premian los trabajos menos reveladores o innovadores, quedará la impresión, a futuro, de que el pop nunca trató de revolucionarse.

Marín lo pone en sus propios términos:

“No veo a nadie cantando canciones de Taylor Swift en 10 años, pero en ese orden de ideas, tampoco veo a nadie cantando nada de Kendrick. Probablemente este extraño momento por el que pasa la música —un momento de completa irrelevancia frente a otras características definitivas de la personalidad como la tecnología o la movilidad— no exime a artista alguno de su incapacidad de cambiar el mundo con una canción, como solía suceder cuando la música lo definía todo hace un par de décadas, tres o cuatro”.

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