Chucho Valdés, hijo del mítico pianista Bebo Valdés, ha grabado 87 discos y recibido siete premios Grammy.

Jazz desde La Habana

En el marco del Festival Barranquijazz llega a Colombia el virtuoso pianista cubano Chucho Valdés. Un recorrido por su vida y los orígenes del jazz afrocubano.

2010/09/09

Por María Paula Laguna

Cada vez que a Chucho Valdés le preguntan si es verdad que empezó a tocar el piano a los tres años, cuenta la misma historia. Un día a su papá, Bebo Valdés, por entonces miembro de la orquesta Tropicana, se le quedaron unas partituras en la casa, por lo que tuvo que regresar a recogerlas. Al entrar escuchó una melodía y cuando encontró a su hijo sentado frente al instrumento, inmediatamente le preguntó a su esposa, cantante y maestra de piano, “¿y esto cómo es?, ¿tú le enseñaste?”, a lo que ella respondió: “no, yo nunca. Siempre que tú tocas él está atrás viéndote”.

El episodio era inevitable. Durante la década de los 40, Chucho no solo tuvo a su papá como maestro, sino a cientos de músicos cubanos que vivían cerca de su casa, ubicada en Santa Amalia, un barrio de La Habana. La música popular cubana era la banda sonora de todos los días, pero los domingos escuchaba sagradamente a las 11 de la mañana un programa de jazz conducido por el trombonista estadounidense Glenn Miller. No es extraño entonces que la música le venga de forma natural. A los nueve años, poco después de empezar a estudiar piano formalmente, dejó boquiabierto al público de un famoso cabaret de la isla cuando interpretó en una sola noche un danzón, una sonata de Mozart y un chachachá.

Su virtuosismo, combinado con una intensa formación académica, lo han convertido en uno de los pianistas más importantes del jazz afrocubano en el mundo. Al país viene en compañía de los Afro-Cuban Messengers, grupo integrado en su mayoría por jóvenes intérpretes, con el que grabó su más reciente producción titulada Chucho’s Steps. El músico, de 68 años, hace tiempo dejó de vivir bajo la sombra de su papá y cuando lo comparan con él, simplemente responde con una alegoría: “dicen los yoruba que la carreta nunca se va adelante de los bueyes. Yo soy la carreta, el aprendiz, y no creo que seré mejor que él”.

Chucho se la pasa viajando de un lado a otro, pero su vínculo con Cuba es muy estrecho. Sabe que la música es el alma de la isla, “históricamente, es el pan nuestro de cada día. Es lo que respiramos”. No en vano el pianista Eddie Palmieri dijo alguna vez durante un concierto que los cubanos son autores de “los ritmos más complejos y excitantes del planeta”. La historia de cómo nacieron comprende una larga lista de nombres, grabaciones, fechas… y en el caso de la unión entre la música popular cubana y el jazz fue un proceso complejo de transculturación que aún hoy es objeto de debate por parte de académicos y especialistas en el tema.

De entrada se sabe que ambas corrientes musicales derivaron en lo que hoy se conoce como jazz afrocubano y tienen un ancestro en común: África. La llegada de esclavos provenientes del continente negro marcó para siempre el destino de América y sigue siendo una referencia histórica ineludible. En el caso de Cuba y el jazz las migraciones son artífices de todo un movimiento artístico que empezó a gestarse desde finales del siglo XIX, cuando llegaron a Cuba los primeros músicos estadounidenses y viceversa. En su libro Raíces del jazz latino el periodista Leonardo Acosta recuerda, por ejemplo, la historia de un músico de blues norteamericano que viajó por primera vez a la isla en 1898 y quedó tan encantado con sus playas que se cambió el nombre por Santiago, en alusión a la ciudad ubicada al sureste.

Jelly Roll Morton, el autodenominado “creador del jazz”, solía decir que este género provenía de “Italia, Francia, España, Cuba y de mi propia invención”. Un híbrido que a la mayoría de puristas todavía inquieta, a pesar de que varias investigaciones han demostrado que la influencia latina en la música norteamericana es innegable. W.C. Handy, a quien muchos califican como el padre del blues, visitó la isla cuando apenas arrancaba su carrera como compositor y se llevó una copia de su himno nacional que luego adaptó a su grupo. También se sabe de la existencia de Manuel Pérez, un cornetista cubano que se radicó en 1890 en Nueva Orleáns, donde creó un conjunto de jazz llamado Imperial Band.

Las coincidencias entre ambos países son asombrosas, tanto así que en la década de los 20 ya había bandas de jazz en las provincias de la mayor de las Antillas. En los hoteles, cabarets, clubes nocturnos y casinos de La Habana ocurrieron los primeros encuentros entre músicos cubanos y estadounidenses. Durante los años siguientes el auge de las comunicaciones aceleró la entrada del swing a la isla y los nombres de grandes directores de orquesta como Duke Ellington, Fletcher Henderson y Benny Goodman dejaron huella en los intérpretes locales. Fue un proceso que tardó bastante tiempo y culminó en lo que la mayoría de especialistas tilda como el nacimiento del jazz afrocubano.

El pionero de este género es el clarinetista y compositor Mario Bauzá, quien se trasladó de La Habana a Nueva York en 1930. Harlem, el barrio donde se instaló, además de ser el centro de los mejores shows musicales de la ciudad, era un paraíso para los músicos negros que no se sentían discriminados, a diferencia de lo que sucedía en Cuba por esa época. Fue así como, luego de participar en algunas orquestas, Bauzá fundó junto a su cuñado el cantante Frank Grillo ‘Machito’ la banda Los Afro-Cubans, un paradigma de la música latina que revolucionó la forma de hacer jazz y que hoy Chucho rememora con su nuevo grupo. Durante su estadía en la Gran Manzana, el clarinetista se hizo amigo de varios músicos estadounidenses y, a finales del 40, le sugirió al trompetista Dizzy Gillespie, originario de Carolina del Sur y precursor del estilo bebop, que contratara al percusionista cubano Chano Pozo.

Hay quienes señalan que el encuentro de estos dos personajes dio la puntada final al jazz y la música popular cubana. Pozo hacía vibrar el suelo con su forma de tocar las congas, mientras Gillespie soplaba la trompeta con desenfreno. Se entendían muy bien en el escenario y por eso el percusionista solía decir que, si bien ninguno de los dos entendía el idioma del otro, ambos hablaban “africano”. Durante el período que trabajaron juntos crearon un estilo que se conoce como el ‘cubop’ y todavía muchos se preguntan qué habría sido del género si a Pozo no lo hubieran asesinado en 1948, apenas un año después de haber conocido a Dizzy.

De ahí en adelante las asociaciones entre cubanos y gringos se volvieron cada vez más recurrentes. La década de los 50 fue decisiva para la consolidación del jazz en la isla, pero el punto de quiebre llegó cuando Fidel Castro y sus rebeldes derrocaron al dictador Fulgencio Batista en 1959. La revolución no tardó en tildar el jazz como un producto imperialista, lo que provocó que varios músicos prefirieran el exilio. Un año después, Bebo se radicó en Suecia y desde entonces no ha regresado. Su hijo sí se quedó, porque, como ha dicho en varias ocasiones, Cuba es su principal fuente de inspiración. Con su papá casi nunca habla de política, pero todavía hoy muchos recuerdan que Chucho fue uno de los firmantes de la carta que escribieron artistas e intelectuales en apoyo a Castro, cuando la prensa internacional criticó duramente la detención de 75 opositores al gobierno en 2003.

Con todo y las dificultades que ha representado el embargo en la isla –una de las cosas más complicadas para los artistas ha sido conseguir novedades discográficas–, Chucho logró que el jazz cubano despegara definitivamente en los 70. Tras participar en diferentes conjuntos, el pianista creó Irakere en 1973, grupo con el que se ha presentado en los más prestigiosos festivales del mundo. El músico hizo que el público volcara los ojos hacia Cuba y, por eso, pocos años después de su fundación, arribó a sus costas un crucero con jazzistas legendarios como Gillespie, el saxofonista Stan Getz, el pianista Earl Hines y hasta el guitarrista Ry Cooder, quienes estaban impacientes por conocer La Habana. Fue entonces cuando la disquera Columbia records invitó a Irakaere a participar en el Festival de Jazz de Newport del 78, pese a que ninguna compañía norteamericana tenía contacto con músicos cubanos. En un hecho sin precedentes, la banda se presentó en Estados Unidos en la sala del Carnegie Hall de Nueva York, donde el evento se celebró en esa oportunidad.

Fue justamente allí cuando se reencontró con su papá, a quien no veía desde su partida a Estocolmo. Y aunque todavía viven en lugares separados —hoy Bebo vive en Málaga, en España, y Chucho en La Habana—, pareciera que el piano fuera una extensión de sus cuerpos. Ambos respiran música y ninguno de los dos se atreve a dar por cierta la frase del cantante Benny Moré, quien alguna vez le dijo a Bebo, después de ver actuar a su hijo, “oye, ese chico va a tocar mejor que tú”. Chucho no cree en esa profecía, pero las cifras dan por sentado el éxito de su carrera: ha grabado 87 discos y ha recibido siete Premios Grammy; tiene un doctorado ‘Honoris Causa’ de la universidad de Victoria, Canadá, y hace unos años le entregaron las llaves de Nueva Orleáns, distinción que hace honor al poderoso vínculo que siempre ha existido y perdurará entre Cuba y el jazz.

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