Wynton Marsalis tocando en Nueva Jersey en 2009. Crédito: Eric Delmar.

Jazz, música para la paz

Pasados los recientes festivales de jazz en Bogotá y Barranquilla, el crítico musical Juan Martín Fierro ahonda en la historia de un estilo musical que, según él, puede rehabilitar a la sociedad.

2016/09/19

Por Juan Martín Fierro*

“La música incorpora una lucha por la libertad que es a la vez intensamente personal y ampliamente social” - Vincent Colapietro

¿Puede el jazz convertirnos en mejores personas? ¿Puede el jazz ayudarnos a una mejor convivencia en sociedad? Claro que puede. Y puede porque más allá de los prejuicios que lo encasillan como un privilegio de élites y festivales especializados, el jazz es el lenguaje musical que mejor define y expresa dos valores fundamentales para el ser humano: libertad y tolerancia. Libertad, porque es en sí mismo una invitación a encontrar nuestra propia voz y a dejarla salir desde lo más profundo de nuestra individualidad. Y tolerancia, porque al permitir la interacción de muchas voces, el jazz constituye un maravilloso ejemplo de respeto por las ideas y las formas de ser de otros.

En el jazz, los músicos se expresan en total libertad y al mismo tiempo logran una conexión asombrosa con sus pares. ¿Cómo lo hacen? En primer lugar, aceptando que los demás puedan disfrutar de esa libertad que cada quien ha experimentado, es decir, haciendo una concesión mental que los pone de inmediato en el lugar del otro, y lo más importante, los induce de un modo consciente y natural a respetar las reglas implícitas en el proceso de creación colectiva. El jazz es entonces la mejor forma de musicalizar en simultánea la libertad y la capacidad que tenemos todos los seres humanos de ceder parte de esa libertad en la búsqueda de un bien común.

El jazz, no es ese género musical intimidante y complejo que nos exige leer muchos libros y aprendernos una lista interminable de nombres para sentir que somos dignos de él. ¡Absolutamente no! El jazz es un lenguaje universal que está al alcance de todos, es una constante lección de vida, una compañía, una filosofía, un sistema de pensamiento que partiendo del reconocimiento de nuestra individualidad, nos da la posibilidad de participar en un diálogo colectivo en el que se respetan ideas y se toleran diferencias. Eso es el jazz, música que nos enseña a acatar las normas, a disentir, a dialogar. Música con el poder de transformar individuos y comunidades. “Al igual que nuestra constitución, la música nos llama a usar la razón y el compromiso en la búsqueda de la armonía. Nos muestra cómo equilibrar libertades y responsabilidades, cómo hacer la transición sin obstáculos entre liderazgo y obediencia, y cómo confiar en el instinto para intentar, nutrir y mantener el bienestar común”, afirma Wynton Marsalis, uno de los más prestigiosos músicos de jazz estadounidenses.

Por supuesto, el jazz es también la música que disfrutamos con los sentidos, esa que nos transporta a diferentes estados de ánimo, que nos llena de nostalgia en una puesta de sol y nos aligera la existencia en medio del eterno trancón bogotano. Es, además, una constancia histórica de lo que hicimos y hacemos mal, como sucede con el pasado esclavista y el racismo todavía imperante en Estados Unidos, el país donde nació. Pero incluso en sus sonidos más beligerantes, el jazz ha preferido siempre la reflexión y la acción positiva a la violencia. Como dijo recientemente el presidente Barack Obama durante la gala del Día Internacional del Jazz en la Casa Blanca: “el jazz ha sido testigo de la lucha por la libertad e innegable protagonista en la historia del progreso de nuestra nación”.

De modo que cuando alguien le pregunte si le gusta el jazz, no se asuste por no saber la diferencia entre hard bop y bebop. Diga que sí y diga que le gusta porque es la banda sonora de la libertad y la tolerancia, y porque es la música que lo ha convertido en mejor ser humano y en mejor ciudadano. Diga que en un momento histórico como el que atraviesa Colombia, a las puertas de sellar un acuerdo de paz, es el jazz la música que mejor representa a quienes la creemos posible; y diga, volviendo a Marsalis, que “los beneficios del jazz son los mismos para quienes lo interpretan y para quienes lo escuchan, porque la música, en su conexión con los sentimientos, con la singularidad personal y con la capacidad para improvisar juntos, proporciona soluciones a los problemas básicos de la vida”.

Hoy más que nunca, por la reconciliación con nosotros mismos y por la transición que atravesamos como sociedad, Colombia necesita oír más jazz. Solos o acompañados, en la intimidad del hogar o en los festivales que anualmente se realizan en Bogotá, Cali, Medellín, Barranquilla, Mompox y Pasto. Vamos a disfrutarlo al vuelo y sin pretensiones. Sin importar cuan imperfectos seamos, en el jazz y en la paz siempre tendremos la posibilidad de ser mejores.

*Abogado, periodista e investigador musical

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