El cantante puertorriqueño Robi Draco Rosa

Jíbaro vanguardista

Ante el anuncio de que el cantante puertorriqueño Robi Draco Rosa tiene un tumor cancerígeno cerca de su hígado, fanáticos de todo el continente han alzado su voz de solidaridad. A continuación un perfil de este rocanrolero criollo, mulato indie y poeta explosivo.

2010/04/21

Por Vanessa Rosales

En el 2005, Robi Draco Rosa subió al escenario del Coliseo de Puerto Rico, frente a unas 20.000 personas. La función quedaría consignada en un film documental, Draco al natural, cuyo propósito era retratar la crudeza del espectáculo, estridente y acústico, además del respectivo tras bambalinas. Allí se observa a un Draco con aspecto usual: un mulato ligeramente andrajoso, bien plantado y corpulento, con mejillas hundidas y profusa barba.

Frente al micrófono ostenta un rocanrol depurado –vocales roncas y desgarradas, muecas de trance abismal– que se cruza con la sabrosura inevitable de su condición boricua. Allí también alcanza niveles de música violenta y decadente que no excluye tintes más tersos: flamenco, balada y un after taste a pop. El concierto es una metáfora de su temperamento.

Después de todo, el lado más jugoso del músico, nacido en Nueva York y criado en Puerto Rico, es la mixtura. Un coctel poderoso de grunge con aires que pueden recordar a Joy Division, rock ‘espacial’, psicodelia, poesía maldita, filosofía alucinógena y beatnik, visos jazzísticos y sabrosura guajira. Todo lo cual se resume en un término que él mismo ha denominado ‘jíbaro vanguardista’.

Draco Rosa es ­­—como dijo a mediados de los noventa Rolling Stone—, mezcla de salsa con Zeppelin. Pero no siempre fue así. Los que conocen su historia saben que se trata de un ex Menudo que renunció cuando no lo dejaron escribir canciones propias para el grupo juvenil, y se fue a Brasil. Allí se convirtió en ‘Robi’, un agitado teeny bopper saltarín, melenudo y con un repertorio musical cursi. Luego, en 1988, pasaría a ser ‘Rico’, eje en la historia floja de la película Salsa, una lamentable versión criolla de Grease, donde lo más rescatable fueron las apariciones de titanes del género y haber conocido a Ángela Alvarado, su mujer hasta el sol de hoy y directora de muchos de sus videos.

El que se asome a ese lamentable pasado comprenderá, viéndolo ahora, que Draco es la prueba de que la esencia suele primar sobre las formas. Y que las máscaras antes adquiridas trazaron la senda para convertirse en uno de los únicos músicos latinoamericanos auténticamente indie, capaz de ser tanto de Puerto Rico como de Nueva York. Capaz también de ser desgarro y brío, desasosiego y exaltación. Sus letras están bañadas de angustia e imágenes bizarras, estados taciturnos y dulzones, bajones ásperos, soneos espontáneos.

De ‘Robi’ y ‘Rico’, pasó a ser ‘Ian Blake’ –aludiendo a uno de sus poetas favoritos, el inglés William Blake– el responsable detrás de algunos de los hits más notorios de su ex colega, Ricky Martin. Draco, que vive entre una hacienda, en Isabella, Puerto Rico y Los Ángeles, donde ancla su estudio de grabación y cuartel de operaciones, Phantom Vox, explica que escribir para otros brotó de una coyuntura muy específica: en ese entonces vivía en un apartamento de una sola habitación, con su mujer y su primer hijo.

Pero rebasar el universo indie en el que se sumergió a partir de los noventa le aseguró la capacidad material para canalizar proyectos como su celebrado disco de 2004, Mad Love. La historia: luego de grabar casi 60 canciones, cayó preso del escepticismo: nada parecía lo suficientemente bueno hasta que tomó un carro viejo, y en la carretera, bajo el influjo de Bitches brew, de Miles Davis, todo cobró sentido de nuevo. Los demonios, los fantasmas y los altibajos extremos son parte del discurso de Draco, no exento de clichés, pero sí auténtico debido a su lucidez lírica y consistencia musical.

Antes de eso, en 1996, vendrían estrofas de la siguiente naturaleza: “Lenguas de sol, beber a tragos el placer, sentir la boca del miedo, fui yo, arena y escorpión, en un mar de fuego, bajo el beso de la noche. Rodando por el mundo camino, camino, pregunto a la quimera el enigma del destino, nómada, loco, noctámbulo, soñador, un vagabundo”. Vagabundo era además el nombre del disco que en 1996 mereció ser considerado por la revista musical Spin como uno de los mejores discos de todos los tiempos de rock en español.

El disco denota también la lucha de Draco contra los abismos de las drogas y el peligro de la demencia melancólica. Un garbo que se observa también en sus presentaciones en vivo. Hoy, sin embargo, con diez producciones discográficas a cuestas, emerge con su nuevo disco, Amor vincit omnia (el amor todo lo vence), fruto de una fiebre reumática que lo asedió durante cuatro meses. La atmósfera para aquellas composiciones proviene de su hacienda, en la que Draco, además de vivir con su mujer y sus hijos, ha escogido la siembra de árboles y café.

De la poesía maldita y explosiva ha hecho un salto que lo arrima a ser realmente una especie de ‘jíbaro’. En Puerto Rico, esta figura remite al campesino que habita en las entrañas de la tierra y que puede ser también un trovador. La figura traspasó los confines del campo y se instaló en cantores como Héctor Lavoe y Daniel Santos. De muchas maneras, el presente de Draco tiene destellos de una canción del gran Maelo Rivera: “Yo dueño de mi jaragual me siento, cantándole mi canción al viento, un cacique patriarcal, viendo mi perro guardar, a mi tesoro y mi mujer, qué inmenso, qué inmenso ser el dueño de la finca y la mujer”.

 

 

 

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