Valencia se formó en el Conservatorio de la Universidad de Antioquia. Foto: Federico Ríos.

“Uno sigue siendo la periferia”

Productor, arreglista, académico, músico popular. Este año, el antioqueño Juancho Valencia, el cerebro detrás del proyecto Puerto Candelaria, se llevó un Grammy Latino en la categoría de Mejor Álbum de Música Clásica. Hablamos con uno de los artistas más polifacéticos del país.

2016/12/20

Por Mateo Navia Hoyos

Los periodistas, en su afán por acercar a los artistas a la multitud, suelen compararlos entre sí. De Juancho Valencia se ha dicho, por ejemplo, que es el Lucho Bermúdez de nuestra época, que tiene a Thelonious Monk enredado entre sus crespos, o que es el Piazzola colombiano. Pero Juancho Valencia no es otro que Juan Diego Valencia Vanegas, un músico que se formó académicamente en el Conservatorio de la Universidad de Antioquia y en la Carrera de Música de la Universidad EAFIT –con Teresita Gómez y Andrés Posada–, y popularmente en los bares de la ciudad de Medellín, de la mano de su padre y su madre, Luis Fernando Valencia y Gilma Vanegas, y de los amigos de la casa Sergio Santana Archbold y César Pagano. Juancho Valencia es músico, con todos los sentidos que alberga esta palabra: intérprete de piano, compositor y arreglista; productor, gestor cultural y director musical, escénico y audiovisual.

Estoy seguro de que Juancho no sabe en cuántos conciertos ha participado. Para mí, él creció, en sentido biológico, en el escenario, y en sentido metafórico, continúa creciendo. Yo lo conocí cuando él tenía siete años. Ese año -tengo la fotografía impresa inserta en un álbum- se disfrazó de astronauta. Él, que entra y sale de la Tierra con facilidad, que la observa desde afuera y desde adentro, un hombre sideral, en sentido metafórico y literal.

He tenido la oportunidad de asistir a algunos de los probables miles de conciertos en los que Juancho ha participado. Recuerdo que aún imberbe tocaba el piano en Siboney, y comenzó a dirigir su propia agrupación de timba –forma expresiva de la salsa cubana–, Timbalaye. Con Siboney, me impresionó el respeto que los demás músicos adultos le prodigaban al muchacho que aún no tenía cédula de ciudadanía, y bailé en el primer concierto de Timbalaye en la Cámara de Comercio de Medellín a finales de 1990. Años después vi a Juancho compartir escenario con Chick Corea, Óscar De León, Andrés Cepeda, Pala, Crew Peligrosos, Alfredo de La Fé, la Orquesta Filarmónica de Bogotá y la Orquesta Sinfónica EAFIT, y dirigir musicalmente La República, la Trópico Big Band, la Red de Escuelas de Música de Medellín interpretando “Latinoamérica” con Calle 13, El Guayacán Amarillo: Una historia de Medellín, entre otras presentaciones.

Me alegré al verlo como presentador del programa de televisión Festivaliando de Señal Colombia, y al enterarme que el pianista español Chano Domínguez manifestó públicamente que admiraba su talento después de escuchar una de sus composiciones. Recientemente realizó el arreglo del Himno Antioqueño que generó controversia, compartió escenario con Wynton Marsalis y Gonzalo Rubalcaba, dos gigantes del jazz, y el puertorriqueño Willie Rosario grabó una de sus canciones.

El nombre de Juancho Valencia suele asociarse con el de Puerto Candelaria, el grupo musical del cual es director y productor, y del que el periodista Daniel Rivera Marín dijo no saber si se trata de “la propuesta más arriesgada de la música colombiana o un chiste”. Pero su nombre también debe asociarse con Merlín Producciones, la casa disquera en la cual figura como director artístico y productor musical, junto a Juan Felipe “Coco” Arango (productor ejecutivo y mánager) y Gabriel “Gabo” Vallejo (ingeniero de sonido, grabación y audio en vivo). Desde Merlín, Juancho se ha destacado en procesos educativos como invitado a clases maestras en el Berklee College of Music, el Conservatorio de Música de Rotterdam, el Conservatorio de Música de Beijin, la Universidad de Guadalajara y en el proyecto LaSofónica del Ministerio de Cultura de Colombia.

En 2014, fue nominado a los Grammy anglo en la categoría Best Latin, Rock, Urban or Alternative Album con Behind The Machine de ChocQuibTown, –el cual produjo con Tostao–, y a los Latin Grammy en la categoría Mejor Álbum de Salsa con Déjame así de Maite Hontelé –en el que además de producir, compuso la mayoría de los temas. En aquella época, Juancho manifestó en una entrevista, refiriéndose a haber compartido la nominación en salsa con Marc Anthony: “Yo no he hecho películas, no soy gringo, él tocó para la reelección de Obama, nosotros tocamos para Alonso... la diferencia es muy grande y estar en la alfombra al lado de él es entender que uno es increíblemente insignificante en esa industria, incluso no haces parte de esa industria”.

Reflexión que, pensé, tendría que corregir en 2016 al ganar el Latin Grammy en la categoría Mejor Álbum de Música Clásica con El hilo invisible de Jaramar y el Cuarteto Latinoamericano. Sin embargo, él mismo me respondió: “Yo creo que la industria sigue igual; sino que este año Marc Anthony no se ganó un Grammy, fue el artista del año para esos premios. No tuvo que ganarse nada, ya le dieron todo. En ese orden de ideas, ganarse un Grammy sigue siendo igual que una nominación al lado de alguien que se gana cinco o nueve. Uno sigue siendo la periferia”.

Juancho fue invitado al proyecto El hilo invisible. Cantos sefaradíes de la artista mexicana Jaramar Soto, por el también mexicano productor Gerardo Rosado. “Gerry”, como se le conoce en el circuito artístico, quien con su disquera Intolerancia ha grabado “alrededor de 200 álbumes, de casi 150 artistas diferentes”, vio la necesidad de añadirle al disco un arreglista con potencia melódica, y pensó en Juancho Valencia.

Sobre los artistas del disco, Juancho relata: “A mí Jaramar me la había presentado musicalmente Antonio Arnedo hace quince años, y el Cuarteto Latinoamericano, que tiene más de 70 discos en los que ha grabado toda la música latinoamericana de cámara, era referente en la universidad. Para mí fue… wow… ”.

Saúl Bitrán, el primer violín del Cuarteto, dijo en un documental sobre El hilo invisible: “son arreglos nuevos, algunos hechos con mucha imaginación, mucha libertad. Los arreglistas le han puesto su propio toque. O sea, hay momentos en que son solamente producto del arreglista”. Comentario que puede ser matizado por lo que para Juancho fue el epicentro de su trabajo: el sentimiento y la intuición: “Para el compositor la intuición lo es todo. Para tomar la decisión de qué voy a hacer, uno tiene que tener la confianza absoluta en su intuición, y en su oído. Digamos que el oído es la regla, es la razón; es el que te está diciendo: ‘ojo: error’. El oído es el que te va dictando la regla, la razón, pero la intuición es la que te va llevando”.

Juancho Valencia no puede ser definido, me parece, por los géneros musicales en los que ha incursionado, y asociarlo con Puerto Candelaria o Merlín Producciones, permite solo un acercamiento parcial a su arte. Sin embargo, cuando se le escucha hablar sobre su participación en El hilo invisible, es claro y contundente en comunicar lo que deseaba expresar: “Estas canciones hablan de despedidas. Están hablando de las tristezas del que se queda, no del que se va. Son canciones femeninas, porque el que se va es el marinero o el guerrero. Yo sentí siempre que es la mujer la que espera. La mujer que se queda en la casa, con su hijo, y no sabe si su marido volverá, porque se fue para una guerra, o se montó en un barco no se sabe hacia dónde. Es esa espera que se vuelve tediosa. Siempre me imaginaba esa mujer española que está con su hijo, esperando a su marido que se fue y no volvió”.

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